Hay objetos que me cuesta soltar sin saber bien por qué. Mi bolsa verde compacta es uno de ellos. Se hace un bultito mínimo, casi un llavero, pero al abrirla ocurre el milagro: le cabe todo.

Esa bolsa ha ido conmigo a todos lados. Al Tepe, en Querétaro, donde estuvo llena de verduras o semillas del molino. A la Casa Ley de Puerto Vallarta, llena de hielos, protector solar y despensa.

Ahora me acompaña al Aurrerá, al súper naturista de Balderas, a las 3B de Morelos. Ya no puede más. Sus asas están a punto de romperse, cada vez está más transparente. Aun así, me aferro a llevarla conmigo, a no tirarla. He comprado otras parecidas, pero ninguna me acomoda como ella.

Hoy la lavé. Y mientras se secaba, pensé que quizá no quiero deshacerme de la bolsa, sino de la idea de que las cosas que nos acompañan tanto tiempo se puedan reemplazar así, sin más.

Fotografía por Larren Lee // Rev/Scan en Foto Hércules