Mi casa, ¿cuál casa? ¿Qué casa? ¿Mi casa quién? ¿Mi casa dónde?
Todavía no entendía por qué corría tan desenfrenada y sin gritar.
¿Mi casa quién? ¿Mi casa dónde?
A vos te costaba la poesía y a mí me costaba el poema.
Yo solo quería saber ¿dónde estaba mi casa?
¿En quién estaba mi casa?
Se daba la casualidad de que mi casa se encontraba en las personas momentáneas, en un giro sin rumbo, en el alto neón, el pico más absurdo y profundo de felicidad.
Aquellos instantes donde no podés describir con palabras la sensación.
Pusiste las manos en el fuego sabiendo que tarde o temprano te vas a quemar.
Se notaba que mi casa no era cómoda, tenía las patas robustas del sillón, espejo escarchado y un pasillo rosa que al dar los cinco pasos se terminaba.
Pero es que allá afuera todo me resultaba muy aburrido, se me cansaban los párpados y me temblaban los pies.
Ella era mi casa, era la casa que solía conocer.
Esa se te escapa de las manos, aquella que no querés soltar.
Quería escaparme con vos a cualquier lado.
Éramos ridículas, ¡no nos podíamos despegar!
Es esa la sensación cuando sabés que te queda poco.
Se te desliza de las manos.
Todo me gustaba de ella, su pelo, su cuerpo.
Me gustaba cómo me tocaba, a veces no podía parar de pensar en eso.
Se me ponían los pelos de punta.
Quería sentir su piel de crema.
Photography by Michelle Rozenmuter.

Actress and poet from Buenos Aires. Lesbian and feminist, she writes from personal experience, sensitivity, and a critical perspective on contemporary life.
