Entre más mayor es el ser humano, más discrepancias aparecen en sus historias.
Resulta que yo ando por la vida muy contenta con mi dije morado, convencida de que era de mi abuela porque así me lo había dicho mi mamá. Ayer le comenté algo sobre el dije y me respondió: «¿Yo te dije eso? No, ese dije lo mandé a hacer yo».

No es la única vez que sucede. Con el paso de los años, las historias cambian. Lo peor es que todas las versiones se dicen con tal confianza y seguridad que ya no sabes cuál es la real. Es claro que, entre más mayor se es, la memoria empieza a hacer de las suyas, y no la culpo: mientras más tiempo pasa, más grande es el catálogo de sucesos. Supongo que ahí se cuatrapean los millones de recuerdos posibles, sumado al lenguaje y al filtro inconsciente que existe al pasar de lo pensado a lo dicho. El resultado es que cada vez que abres la boca, la historia cambia un poco. Basta con elegir un elemento del catálogo (el dije morado) y, a partir de ahí, quién sabe qué parámetro entra en juego para construir una nueva versión.

Así pasa también con los traumas. En mi memoria se quedaron frases fuertes de personas que amo y que, precisamente por eso, se quedaron en mí. Ahora que son mayores, he comprobado que genuinamente no recuerdan haberlas dicho. La memoria es una hija de puta: guarda como trauma lo que quiere, pero muy convenientemente, con la vejez, lo olvida.

SPOILER ALERT: no hay que traumarse demasiado con lo que dicen las personas que consideras importantes, porque cuando llegan a cierta edad, ni siquiera se acuerdan de haberlo dicho. El trauma, al final, es totalmente tuyo.

Entonces, ¿cuál versión es la real, mamá? Le pregunté, y sabiamente me dijo: «Ay, hija, ya ni yo lo sé. Con trabajos me acuerdo de lo que hago últimamente; quédate con la que más te guste».