Mendelevio (101)

Un cuento. La vasta región geográfica nombrada Siberia. Rusia Asiática. De los Montes Urales hasta el Océano Pacífico. En mi imaginario, el reino de Putin. El Ártico, Kazajistán, Mongolia, Corea del Norte y China. Peste a conflicto nuclear. De nuevo Putin pero ahora montado en un oso. Torso al descubierto. Machismo que coquetea con sensualidad. Desprecio su homofobia pero su existencia me excita. 76 por ciento del territorio ruso. En turco: tierra dormida. El Yeniséi y el Lena. Taigas. Círculo Polar Ártico. El Obi y el Irtish. 1834 en Tobolsk. Nace Dimitri. Es el menor de 17 hermanos, aunque dice Pavel, su hermano, que solamente 14 vivieron lo suficiente para ser bautizados. La realidad es que el número de vástagos varía de acuerdo al biógrafo.

Como a mí, a su hija le gustan los poetas (Neptunio). Fue la esposa de Blok, a quien comparan con Pushkin. Pienso en el parque en la Roma Norte. Calle: Colima. Número: 25. La casa de Diego, en frontera con la Doctores. De vuelta a Dimitri. Se apellida Mendeléiev. Ahora lo ubicas. Era mi tipo: el rumor oxidado anuncia que solamente se afeitaba una vez al año. Barbón. Desaliñado. Como Diego. Aquel que con su barba lijaba mi piel. Un recuerdo. Él lamiendo mi labia mientras yo succiono su pene. Sixty nine. Ag, Ag, Ag. ¡Argentum! La vida se mide en orgasmos desde que fui desterrada de Estocolmo 69, planta alta, en la San Miguel Chapultepec. Ese número también marcó la vida del químico. 1869. Año en que publicó la primera versión de la tabla periódica. Luego una interpretación mejorada. Actualidad: el acomodo de los elementos muestra tendencias periódicas, como elementos con comportamiento similar en la misma columna. He hecho yo lo mismo con mis amantes. Para honrar a Dimitri le han dedicado un asteroide, un elemento que se abrevia Md y un cráter en la cara oscura de la luna. Yo he decidido homenajearlo de forma distinta. Homage. Mi acomodo de amores me convierte en adivina. A sus contemporáneos les pareció soberbio que dejara espacios vacíos, aventurando que algún día serían ocupados por elementos para los que describió propiedades fundamentales. Justamente en eso radica su genialidad. El tiempo estuvo de su lado y con el hallazgo de los elementos previstos su química dejó de ser alquimia. Su metodología acreditó el carácter predictivo de las leyes naturales. ¡Ciencia!

Con mis amigas sucede lo mismo que con sus colegas científicos. Les parezco una necia intentando convertir patanes en oro. Escépticas a mi método, no comprenden que aún hay huecos en mi tabla. Yo: alquimista. No se agota la fe en el amor. Oro. (79) Au.

Au. Au. Au. ¡Aú!

(Fragmento de la novela “Elementos Impares“)
Fotografía por Abel Ibáñez G.