Vendetta

Leónidas caminaba de un lado a otro, yo estaba sosteniendo la perilla de la puerta, evitando que entrara a la otra habitación; estaba impaciente, quería ir al otro lado; no lo dejé, primero tenía que tranquilizarse y tornarse frío para hacer el interrogatorio, pero no lo conseguía.

—Ese bastardo asesinó a mi esposa, Ulises. ¡Déjame entrar! —me tomó de la camisa.

—Dame tu arma y te dejo entrar.

Varios minutos después de discutir, entramos. La habitación estaba un poco oscura y goteaba del techo; la única luz que la iluminaba era la del poste que había en la esquina de la calle. Busqué el interruptor para encender la bombilla.

—Empecemos con esto de una buena vez —dijo Leónidas, arremangándose la camisa.

—Primero quítale el trapo de la boca, sino no te va a responder nada.

Leónidas golpeó la bombilla y, ésta, hizo de péndulo luminario. El interrogatorio comenzó con unos golpes sobre la cara y las costillas de Adriano.

Media hora después, se detuvo. Tenía los nudillos manchados de sangre y goteaba sudor de su frente. Se acercó a la ventana y me dijo:

—Hazme el favor de quitarle esa cosa de la boca.

—No creo que sirva de algo. Tal y como lo dejaste ni siquiera podrá responderte algo, ni siquiera podrá hablar. Ya lo habrás matado a puñetazos.

—¡Cof, cof! ¿Terminaste, Leónidas? —dijo Adriano.

—Detective Leónidas para ti, bastardo —se acercó a golpearlo en las costillas.

—¿Para qué hacer esto, detective? El daño está hecho.

—Cierra la boca, sólo responderás lo que Leónidas te diga. ¿Quedó claro? —le dije.

Leónidas salió de la habitación y regresó con una silla. La colocó frente a Adriano, se sentó, sacó unos Marlboro de su camisa y encendió un cigarrillo.

—Entonces dime —dio una bocanada al cigarrillo—, ¿por qué lo hiciste? Ella no era parte del juego.

—Tú ayudaste a matar al jefe, ¿creíste que su hijo se iba quedar así sin hacer nada?

—Esperaba que viniera por mí. ¡No tenía que meter a mi esposa en esto! —hundió el cigarrillo en el cuello de Adriano.

—Él dijo que tenía que hacerlo. Lo de su padre ya estaba hecho, así que él quiso vendetta. ¿Sabes lo que eso significa, no?

—¡Malditos italianos de mierda! La vendetta…Entonces iré por el hijo también. Pero antes de eso…

—Si esto es vendetta —le dije—, él y los otros también tienen que morir. Más él.

—¿Yo?

—¡Fuiste tú el que asesinó a mi esposa!

—¿Por qué crees eso? Estás más perdido que nada, Leónidas. Piénsalo bien. ¿Por qué mataría a tu esposa?, ¿qué ganaría con eso?

—Te vimos salir por la puerta principal del edificio esa noche, te pusiste el sombrero y caminaste hacia el barrio chino. Te seguí —le dije—. Al llegar con los Chuang, vendiste el collar de perlas de la señora Hortense.

—Yo entré al edificio y encontré tu rosa en mi departamento. Eres el único de tus hermanos que la deja cuando termina un trabajo. Lástima que no estaba ahí cuando la asesinaste, sino… ¡Te hubiera atravesado con una bala de mi Nambu!

—Sí, Adriano. Luego te vi celebrar en el bar de Ottis esa victoria junto a todos tus hermanos.

—¡Desgraciado! —dijo Leónidas.

No lo pude detener. Sacó su Nambu y le soltó un tiro en la pierna izquierda, luego soltó el arma y comenzó a golpearlo una y otra vez hasta el cansancio.

—¿Será demasiado, no? —le dije.

—¡Cállate, Ulises! Esto es vendetta e iré por todos sus hermanos y por el hijo de Luca Ricci. ¿De qué te ríes? —le dijo a Adriano—. ¡De qué te ríes, bastardo!

Adriano no paró de reír, no importaron los golpes que le soltó Leónidas. Pensé que se debía a que ya estaba bastante cansado como para dar buenos golpes, así que yo lo seguí golpeando, pero, aun así, siguió riéndose.

—Es cierto, ¿qué eres tú, Ulises, su lacayo? Ja. Salí de tu casa Leónidas, también fui al barrio chino a cambiar el collar de tu esposa, sí. Igual fui a celebrar con mis hermanos la vendetta, pero no estás ni cerca de la verdad. No fui yo quien mató a tu esposa.

—¿Entonces quién fue? —Leónidas soltó un segundo tiro, ahora sobre el brazo derecho.

—¿No te dije que esto era una vendetta? Escucha bien lo que estás diciendo, Leónidas. Nosotros no podíamos asesinar a tu esposa, no. Ese trabajo tenía que hacerlo el hijo del señor Ricci. Fue él quien mató a tu esposa y me dio el collar para que lo vendiera con los chinos. Él sabía a qué hora llegarías esa noche, así que terminó el trabajo y me dijo que te esperara para que me vieras salir del edificio; también sabía que me encerrarías en una habitación como ésta para asesinarme. No sabes nada de nosotros, Leónidas.

—¡Hijo de…!

—Si fue ese bastardo, ¿por qué dejarte capturar? —le pregunté.

—Porque ahora él está lejos de sus manos, ¿entiendes? Ja. Lo hizo para que no pudieras ir tras él —le escupió en el zapato a Leónidas—. Ya debe de estar en Sicilia. Allá no podrás hacerle nada, toda la familia lo protege. Y esto es un pequeño precio a pagar por lo que le hiciste a Luca Ricci. Ja.

Leónidas recargó el arma y le disparó a Adriano directo en la frente; después, salió de la habitación maldiciendo la vendetta y al hijo de Luca Ricci.

Alfredo Sánchez

Alfredo Sánchez. 1997. Ha publicado poesía, cuentos y ensayos en diversas revistas electrónicas, como Nomastique (México), e impresas, como Revista Falsa (Chile). Actualmente forma parte del equipo editorial de Revista Tlacuache en donde funge de dictaminador.

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