Temores

¿A que le temo? Es la pregunta que suena en mi cabeza, con un eco agudo del que nunca se escapa. Es una voz inerte esa, golpeando los muros interiores de un habitáculo frío, en el que sobrevive un alma creadora y un futuro adocenado. Ambos condenados a mirarse las caras. ¿A que le temo? Vuelvo al cuestionamiento, sin querer responder. Le tengo miedo a la vida eterna, asevero, y a la muerte lenta. A atisbar la vida alejarse de pronto. A sentir que el presente se desvanece y mi cuerpo está ya atrapado en una pequeña isla de aire, a la que ya no llega ningún forastero. Le temo a sobrellevar la marea. A ahogarme en la nada. Le temo a que mis manos, como materia, y no mis ideas, alimenten la tierra. Le temo a hablar sin buscar la verdad en una hoja, en un árbol, en una piel traslucida, en las dunas y maravillas etéreas. Le temo a escribir sin intentar transgredir la normalidad que nos acosa. A cavilar con vocablos raros, complejos, abstractos, que sólo se desarrollan en el confort de una inocente molécula. Le temo a deambular en una oficina, en el penúltimo piso de una torre que flota, mientras siento que pertenezco al espacio vacío, que emerge, en ese sentido, de un corazón deprimido, de una moribunda esperanza.

En el fondo taciturno, le temo a la profundidad de mis ojos, con los que observo la noche, por si un día no encuentran ellos luceros en el cielo estrellado o no ven más allá de los techos amarillentos. Le temo a sentir el calor de un rayo de sol en una pantalla. A entrever en el prójimo su última sonrisa. A esperar tres semanas para comer en aquel restaurante. Le temo al dolor, el dolor que provocan las lágrimas de un perro vagabundo pidiendo un abrazo. Al tacto de un vecino, al que han robado su tan travieso lenguaje. Le temo a no ver desiertos en este mapa mundano. A encontrar alfombras negras que una vez fueron bosques. Le temo a querer una mansión en la playa, por encima de una biblioteca en la espalda. Le temo a saberlo todo. Creer que lo sé. Aún más, cuando el conocimiento se vuelve un molde vacío, una envoltura acotando el azar y el olvido. Le temo a conocer el horizonte colorido del paisaje, una atmósfera cuyo aspecto deja mudo, o un beso que captura lo imposible, o una mirada dulce invitándome a mirarla, y dejarle sólo para un instante que nunca se guarda y vive simplemente en un segundo que jamás se repite. Muere lentamente esa viveza del aire que respiro, casi como si fuera levedad lo que exhalo. Le temo a todo, casi todo, me digo.

Mi miedo hacia la noche llora en mi gracia y calla, y el silencio, al que también le temo, deja sólo sus huellas de que alguna vez hubo ahí una palabra aguda y siniestra. En nada se convierten ellas: cenizas. Como las experiencias que alguna vez sucedieron. Con mi emoción tan vaga, con mis plegarias al unísono que son más bien gritos de rabia, le temo a vivir siglos y recordarlo todo como un libro histórico que sólo narra los hechos que pasan. Le temo al tiempo. Le temo, en ese sentido, a ser narrador de lo sucedido y no un personaje transitando por una historia en constante orden y caos, a no protagonizar los mitos urbanos. Le temo a mi estrepitoso ángel, a mi amor quimérico, al traicionero amigo, al político perfecto, al capitalista hundido, quienes me venderían a las coronas de reyes y palacios tan grandes apenas por unas migajas de pan que mitiguen su hambre. Le tengo miedo a no ser recordado por lo que mi clamor hizo durante su lucido existir. Me aterra que mi nombre no resuene en las penumbras de ese porvenir tan ávido e incierto. Le temo a encausar la amargura, la indiferencia y la desilusión. Le temo a que se olvide el aura de alguien entre el umbral del pasado. Le temo a no ser congruente. A no querer a quien ayer yo quería. A reprimir mis lamentos, donde un día fuera aplaudido. A dilucidar el inconsciente. Le temo a rendirme de esa lucha, de esa lucha que busca cambiar ese presente líquido y vacuo.

Este terror clasista, en este mundo. Le temo a todo. A la coartada libertad escindiendo la vida moderna de las utopías de la mente. Al ejercito vigilando mi entrada. Al presidente vestido de trajes indígenas. Le temo al cinismo con el que se acorazan fortunas, de la mano de discursos románticos, con que venden lo inexistente a precios exagerados, motivándonos a vivir la vida en una esfera de luz que, irónicamente, se ha apagó hace unos años. Le temo al supervivir de la cultura. A que compañeros desaparezcan sin un solo rastro. Le temo a que desprestigien al joven. Le temo a que puedan reconocerme, una vez muerto, pues, como una persona noble, más bien diplomática, dedicada a nada, o como una de aquellas en la comunidad ausente, que parecía invisible, o que parecían carnada. Aun cuando fuera yo un verso en la calle, un himno nostálgico de vez en cuando subversivo, un grito suspendido, una mirada de ayuda, esfumándose entre unos cabellos canela por los que atraviesan ya las fibras del aire y un pequeño suspiro. Le temo a la revolución dirigida por senadores. Le temo a salir y defender una patria. A quebrarme, a corromperme, y que sirva sólo para aparecer en la foto.

(Es cierto que les temo ahora a distintos personajes, entre ellos payasos, demagogos, fantasmas y gendarmes. Pero también le temo a lo que no tiene rostro y llega a nosotros para demostrarnos que somos una partícula de polvo: huracanes, tormentas, terremotos. Le temo a eso: a develar el peso propio de la existencia, caer en cuenta que somos nada en el universo. Por ello, le temo a no amar. A sobrevivir en una realidad. Le temo a soñar. Le temo a despertar. Le temo a morir sin nunca pelear).

Con esta obra que se torna negra y estos telones rojos, expreso mi temor por todo, por casi nada. Le temo a zaherir corazones apaciguados y brillantes con palabras dudosas y sentimentalismos infumables. A mentir a mis principios. A golpear los mitos que me hicieron. Le temo a que mis pasiones pueriles sean nunca correspondidas. A que el tiempo se lleve un día a mis padres como se llevó a mis abuelos. A ver el ultimo fulgor en los ojos de un amigo, quien se sacrificó para que yo viviera. A ver como la lucha social se escapa de las escuelas. A escribir yo el epitafio de un amor maravilloso. A decir que pude ser, pero nunca fui, por no decidirme. Le temo a la lealtad con que me muevo. A mirar un cuadro sin conmoverme. A leer un poema sin sentirme tan frágil. Le temo a la inseguridad de la ciudad, cuya espesura es ya normal en la tarde. Le temo a las lágrimas sin sentido. A los conquistadores del olvido, a quienes documentan lo cotidiano. Le temo a dormir mientras camino. Me temo a mí mismo, a mi persona, a mi recuerdo tan jubilado y tembloroso. Le temo a mi calma, a mi pensamiento que sin más me traiciona. Le temo a todo. A mi alba soñadora que me ha dejado entre su tenso yugo. O a mi emoción que advere ya entre su fuego calcinado. Le temo a todo, a todo, me digo.

(Mis días son perpetuos, nublados, lluviosos, secos, callados, oscuros, cuanto más lumínicos y efímeros son. El sosiego inmaculado, vocero de mi soledad que desviste climas, me habla, me dice que pare. Que mañana, tal vez mañana, mientras al oído me cante con una voz disolviéndose, me encuentre ella charlando con alguien. Ya me espera en su enorme puerta de oro, quien cruelmente me dejaría cien años por el mundo, sentado en un castillo perdido, sin la posibilidad de vagar por el tiempo y espacio, por corazones y almas, condenado simplemente a mirar el cambiar del paisaje detrás una ventana. A eso le temo).

Fotografía por Patrick Liebach

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