Sucia zorra eco-hipócrita

17 marzo, 2018

El mundo es una mierda. Literal. Cada día, más de siete mil millones de mojones van a dar a algún lado. Al mar, a los río, a los lagos; por algún motivo nos gusta echar la porquería al agua. Si nuestra moneda fuera la caca, en un día podrías recoger lo suficiente para jubilarte. Invariablemente, cuando me siento en la taza del baño y libero mi lado oscuro, me entran unas terribles ganas de llorar. Me deprimo. Pienso en los pececitos que van a recibir mi excremento en la cara. Nacer humano en el mundo contemporáneo es equivalente a nacer demonio en el infierno. Eres uno más, un peón. Todas las criaturas deben odiarnos.

—Estoy harto de ir al súper y ver mi carrito lleno de basura. Mi comida viene envuelta en basura. ¿A qué simio se le ocurrió que eso era una buena idea? —le digo a una neohippie que se llama Mixtli, una diosa de montañas 36DD que bien podría haber modelado para Bonafont. Y es que si naces en un hogar de intelectuales de izquierda aprendes a odiar a las corporaciones antes de que puedas gatear. Corporaciones malas—. Cuando abro un paquete de galletas no puedo evitar pensar en la tortuga que va asfixiarse por mi culpa.

—Te entiendo —dice—. Somos un virus, güey. Somos el cáncer de este bellísimo organismo, güey. El planeta… el planeta es un ser vivo maravilloso y nosotros somos el puto cáncer. ¿Sabes cómo?

No entiendo cómo puedes vivir sabiendo que eres un virus. Que eres cáncer. Que eres el demonio. ¿Por qué no hay un suicidio colectivo de todas esas almas tan infelices? Farsantes. Actores de una telenovela que les vendieron por ser diferente. Son hypokrytes alternativos. Odia Televisa, odia TV Azteca, odia Coca-cola, odia Walmart y serás bienvenido en la telenovela de los iluminados. El Big Brother de los “intelectuales”. La universidad está plagada de esos cretinos. En cierto sentido, lo son: parásitos. Bueno, si lo ponemos así, yo sería el parásito del parásito. Porque me funciona aparearme con esas alimañas. No sé cómo llegué a habitar ese ecosistema petulante y contradictorio de la academia científica. No estaba en mis planes. Mi educación dictaba que debía poner un negocio, una fábrica, convertirme en el próximo embajador de Rusia. Ganar dinero, comprar una casa, un coche, casarme y echar a andar la maquila de hijos descarriados. Pero, a diferencia de mis compatriotas robots que se apoderan de discursos radicales de los que no entienden una mierda, yo poseo una innata conciencia ecológica. La única y sutil diferencia es que no ando restregándoles en la cara una moral barata del cuidado del planeta: que está mal tirar la basura en la calle, que está mal comprar chatarra transgénica. Que debes hacer algo por el planeta. ¿Qué clase de avatares se creen que son? Mi depresión es silenciosa. Cuando pienso en todos los pajaritos que se quedan sin hogar por equivocarme al llenar un formato y tengo que imprimirlo miles de veces, no me pongo a gritar que cuiden el uso del papel. ¡Cuida el papel, desgraciado cerdo capitalista! Nada de eso. Sencillamente no puedo quitarme la imagen de los pájaros homeless.

—Quisiera vivir en una isla donde pudiera cultivar mis alimentos, cazar —digo—. Como en los viejos tiempos. No existiría la ropa. No existirían las máscaras morales. Viviríamos y listo —recurro a la clásica utopía del hipócrita verde. Es buena fórmula para conquistarlas, llevarlas a la cama. Luego basta con desecharlas como el más contaminante de los envoltorios—. Nos dedicaríamos al arte.

—Guaaaau… ¡Qué loco, güey! —dice—. Es lo mismo que he pensado. Qué chido. Tenemos una conexión bien fuerte.

En corto voy a enchufarte y a darte tu estúpida conexión, pienso, sucia zorra eco-hipócrita.

—Lo que pasa es que sólo unos pocos nos detenemos a pensar al respecto. Es una lástima, pero la mayoría no piensa en estas cosas. No es su culpa, claro, sólo están inmersos en esa bola de mierda y no logran salir. Están reprimidos. Están hundidos por la fuerza —No piensen mal de mí. Sólo digo esta clase de mamadas cuando estoy charlando con alguien que ya está contaminado y no tiene salvación, con los hijos prodigios del padre Sol y la madre Luna—. Lo que quiero decir es, ¿cuántos se detienen realmente a pensar en los procesos? O sea, por ejemplo, esta hoja de papel, ¿cuántos procesos tuvieron que completarse para llegar a esto? —espero a ver si me responde. No lo hace —. ¿Me entiendes?

—¡Güeeeey! Es como si todo lo que pienso estuviera saliendo de tu boca. ¿Quieres un toque? Creo que voy a quitarme el suéter. ¡Me siento asfixiada! —dice. No me sorprende ver que tiene las axilas peludas. Y que no trae brasier —. Libertad, por fin.

Aprovecho el momento y empiezo a besarla. No le apesta el hocico. De seguro tiene su tubo Colgate en el baño, muy bien escondido. Cuando bajo al cuello, siento el sabor salado a mugre en la lengua. Por alguna razón, a las mujeres de su especie puede apestarles la cola, pero sus dientecitos los cuidan como si fueran bichos en peligro de extinción. Son increíbles. No le hago mucho caso. Estoy acostumbrado. Sigo lamiendo hasta que llego a unos pechos lamentablemente caídos. Tiernos y ya estropeados por la fuerza de gravedad. Arruinados por ideas absurdas de volver a la Edad de Piedra. Al tiempo en el que se te caían los dientes a los veinte años, las tetas a los veintiuno. A cagar con terror de que te devore un puma en el intento. Después de satisfacer mi deseo sexual, digo:

—No cabe duda de que somos animales. ¡Eres una fiera! —empiezo a vestirme. Y me quito la máscara de súper-eco-héroe—. Me largo, chica. De vuelta a la jungla. Mi naturaleza de ejemplar macho sentencia que copule con todas las que pueda. Está mal ir contra nuestra naturaleza, ¿no? Tú entiendes.

Cualquier queja con dios padre. Con la selección natural. Con la madre Tierra. Con nuestra ancestro común que era un cabrón Casanova. Lo que me gusta de los discursos extremistas es que puedes utilizarlos a tu antojo. Siempre tienen su punto débil. Están completamente alejados de la realidad. Vulnerables de que un patán como yo se aproveche.

Veo las enormes montañas temblar y luego desgajarse hasta el ombligo. Pienso que voy a morir sepultado por una avalancha de glándulas mamarias. Está bien, exagero, pero los pezones no miran de frente hacia donde estoy yo, echan sus ojitos al suelo. Exagero, exagero, no están del todo mal. De pie, mi ninfa alternativa cierra la puerta con fuerza y dice:

—Quieto, hijo de la chingada.

Pone el seguro de la puerta y veo que coge algo del buró.

Dice:

—Serás un chango calenturiento… Pero yo soy una puta viuda negra, cabrón.

Descubre el cuchillo que sujeta con sus patas arácnidas y siento que la mierda se me afloja.

Pobres pececitos.

Fotografía: Terry Magson

por

He estudiado Ciencias Ambientales, Literatura y Geografía, y en algún momento eso tuvo sentido. Fue una buena idea. En varias ocasiones me han acribillado con esa pregunta absurda: "¿por qué escribes?", esperando una respuesta profunda o ingenuamente inteligente. Lo único que puedo decirles es que me encantan las galletas y el jugo de mandarina y esa debería de ser respuesta suficiente. Creo que los astronautas están locos y por eso me fascinan. También las valientes mujeres que se quitan la ropa como oficio; son otro tipo de astronautas. Yo soy más bien cobarde. Quizá por eso escribo. Decidan ustedes.