Sometimes love is not enough

23 diciembre, 2019

Después de mi boda fallida me fue difícil conciliar el sueño, durante las semanas siguientes lloré todo el tiempo y solo quería comer helado de nuez mientras me olía la axila para ver si ya era tiempo de bañarme o si todavía aguantaba otro día más sin hacerlo.

No podía creer que la persona con la que creí que iba a pasar el resto de mi vida me había dejado plantada en el altar porque según él “no estaba listo para eso”. Wey, en esos 5 años de relación me lo pudiste haber dicho, no había necesidad de que me dejaras plantada, culero.

Al cabo de unas semanas noté que había bajado considerablemente de peso, así que decidí ir al gimnasio para ver qué podía hacer con mi soltero cuerpecito de 45 kilogramos. Me inscribí al mejor gimnasio de la ciudad, compré alguna ropa deportiva y unos tenis Nike que siempre había querido tener pero que estaba evitando adquirir, ya que si los compraba iba a tener menos dinero para la organización de mi boda.

Ahora ya no había boda, tenía dinero. El salón de eventos me hizo un reembolso total del adelanto que les había dado y vendí mi vestido de novia diseñado por Pnina Tornai en Mercado libre. Mi vida estaba de cabeza, no sabía ni quién era ni tampoco en donde estaba.

No supe nada de Owen (mi ex) en un buen tiempo. Eventualmente mi cuerpo comenzó a cambiar (para bien), me operé la nariz y sinceramente me puse nalgas. Me ascendieron en el trabajo, me gradué y había comenzado mi maestría. No tenía ni coche ni casa, aún vivía con mis padres, pero ya tenía el dinero suficiente para el enganche de una casa, así que la adquirí.

Mi primera noche en esa casa fue difícil, siempre creí que cuando me fuera de la casa de mis padres iba a ser con Owen y no sola, como lo estaba. Salía de viaje cada tres o cuatro meses, algunos fines de semana me iba a pueblitos mágicos con amigos o yo sola, los viernes iba a la Chukirruki, mi pulquería favorita, Wazu, el dueño, me invitaba seguido a salir en plan de “a ver que surge” pero siempre lo rechazaba, no era mi tipo. Lo entendió.

Pasaron los años, no había tenido pareja ni nada por el estilo, a penas unas dos veces había tenido sexo casual desde que Owen me dejó plantada en el altar con su excusa barata.

La verdad no me llamaba la atención volver a empezar de cero en esos temas amorosos, no estaba dispuesta a fingir que tenía los mismos gustos que el chico guapo, ni tampoco quería “abrirme” con un desconocido y contarle que mi madre me dejó cuando tenía 8 años, mis traumas de la adolescencia y cómo es que siempre logró discutir con desconocidos por situaciones meramente pendejas. No quería contarle a nadie más mis secretos, gustos raros, sueños y aspiraciones.

Era una noche de abril de algún año que no es este, estaba navegando en Facebook mientras el semáforo estaba en rojo (ya por fin tenía mi coche, un bonito honda del año, justo como lo soñé cuando tenía 19), derrepente vi que un amigo había posteado una foto con Owen, él llevaba un smoking negro y estaban en lo que parecía una terraza muy bonita, me metí al perfil de Owen (lo había eliminado hacía años atrás), yo no estaba muy acostumbrada a stalkearlo, así que no había sabido mucho sobre él, solo lo que a veces unos amigos me contaban.

Cuando entré a su perfil de Facebook lo primero que apareció fue una foto de perfil donde estaba tomando por la cintura a una chica con un bonito vestido blanco y una gran sonrisa, se había casado. Y no era conmigo.

Quisiera poder decir que me valió madre y que seguí mi camino hacía la peda con mis amigos cerca del centro, pero no. Me detuve justo a la siguiente cuadra, me orille, encendí las intermitentes y comencé a llorar, no sabía por qué lloraba, pero sí sabía que me dolía, un poco, solo un poco.

Ya no lo amaba, no lo quería, no lo extrañaba, logré hacer muchas cosas sin él, me gradué, hice una maestría en chinga, conseguí un mejor trabajo, había comprado una casa y un coche, había viajado, sabía quién era yo, en donde estaba y a dónde quería ir. En definitiva, lo había superado.

Lo que me dolía era el hecho de que él tenía todo eso y más, porque ahora estaba casado con alguien que lo quería, que lo escuchaba, que sabía más cosas sobre él de las que yo llegué a saber, que quería más de lo que me quiso a mí. Yo si quería casarme, lo supe desde que tenía 17 y me vale madre que digan que esa no es edad para decidir si te quieres casar o no.

No lo busqué nunca, ni él a mí, no había nada que hablar, nada que hacer, nada que aclarar. Nada. Todo lo dijo en una carta que me entregó su hermano cuando yo estaba esperándolo afuera de la iglesia, cinco minutos antes de la hora de la boda.

Estuve con alguien que no me amaba lo suficiente y cuando se dio cuenta de que no me quería tanto como yo a él, ya era tarde. Yo ya estaba vestida de novia, un bonito vestido blanco de diseñador, una sonrisa de oreja a oreja, miles de ilusiones y planes, toda mi familia -incluyendo a la prima que me caga- viéndome, en lo que suponía que iba a ser el mejor día de mi vida (o por lo menos de mi año). Pero no.

No lo culpo, tal vez no supo cómo decírmelo, tal vez no quería lastimarme, pero en el intento por no hacerlo terminó por destruirme. A veces es mejor decir lo que sentimos, la verdad no destruye tanto como una mentira. Una mentira me dejó vestida y alborotada en el altar.

Ahora estoy mejor, han pasado muchos años, creo que por fin me voy a casar, solo necesitaba escribir esto.

Enero 2040.

Fotografía por Paco Poyato

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La vida es una constante de desgracias, siéntate a leer.