Sol

Bebimos demasiado ron. Amor sin medida. Besos que sabían a orquídea. El inicio de algo sin salida.
Supe que te quería y no pude ver a nadie más durante toda la noche. Nuestros ojos se reían.
Cuando me contaste que te irías a vivir a Monterrey, llegó un mar de pesadillas. La incertidumbre invadió mi mente. Todo fue tan rápido e inesperado que la noticia se sintió como un balde de agua helada. Era como estar desnuda en la nieve sin alguna frazada para cubrir mi alma herida: quedaba solo mi cuerpo con sus manos entumidas.
Mi primavera se fue, mi amor se fue en el primer vuelo hacia un nuevo destino, hacia una nueva vida.  Yo aún no estaba lista.
Me quedé estática en una ciudad vacía y podrida.
Decidimos casarnos antes de que todo se convirtiera en ceniza. Quizá fueron patadas de ahogado, quizá mucho más grande, algo esperanzador, algo que traía consigo un escenario imaginario de una vida juntos llena de risas y desayunos con café y mantequilla. De cualquier modo eso nos recordaba que no estábamos solos en el mundo, que yo siempre te esperaría y tú siempre me soñarías.
No teníamos ni idea de lo que pasaba. Eramos solo dos jóvenes sin saber qué hacer, durmiendo en moteles, sintiendo la brisa, escapando de la lluvia, viviendo sin prisa. Igual nos recostábamos bajo las estrellas que en una habitación repleta de luces en donde se guardaba el eco de tu voz diciendo te amo y todo lo que te prometía. Eramos solo tú y yo, el mundo no existía.
Debería dejar que las cosas tomen su rumbo y el tiempo traiga la calma, que el domingo se asome y yo abra los ojos a medio día. Lo único que puedo hacer es esperar que un día regreses con margaritas en el cuerpo, chispas en los ojos, y tu olor a casa –eres mi casa– con calor en las manos, un te extraño en la maleta y un te amo en los labios.

Fotografía por Lorella Furleo Semeraro

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