Sobre tu anacronía

Mientras andábamos por la acera camino al bar y el chico de la tristeza infinita aspiraba de su cigarro, un interrogante me daba vueltas en la cabeza insistentemente: “Al menos esto fue importante para ambos, ¿no?”. No pude aguantarme y le solté, como quien no quiere la cosa, que no quería darle más peso de lo necesario a lo que había pasado entre nosotros. Un hilillo de humo escapaba por la comisura de su boca y después puso la mirada que ya le conocía, ese gesto del tipo por-qué-eres-insoportable. Todo había sido producto de una mala combinación: su tristeza infinita + mi insaciable necesidad de afecto + un par de cervezas.

Después del silencio más incómodo, llegamos a nuestro destino. No sé cómo terminé ahí, sentada a su lado y en medio de dos perfectos extraños: ella veterinaria, él sociólogo. Ni ganas de charlar, lo único que quería era que me cogiera de la mano para regresar a su cuarto a decirnos en ese idioma extraño de las miradas y el contacto físico que me había estado buscado toda la vida. En un movimiento automático, levanté mi vaso y bebí. Volteé a mi alrededor: en la barra, alguien pidió una canción y sonó la voz de Alex Turner. El chico de la tristeza infinita ni se percató. Toda la vida buscando cabos sueltos para atarlos. Ya no vale la pena: he llegado a la conclusión de que algunas coincidencias no tienen nada de especial. Ocurren y ya. Me puso triste pensar que todas las circunstancias que descubrí que nos unían quizá eran sólo eso…nunca estuvimos destinados a nada. Been wondering if your heart´s still open and if so i wanna know what time it shuts. El chico me seducía con sus ojos sin brillo y… aún con su aspecto desaliñado, aún con sus ojeras provocadas por trabajar el turno nocturno, aún con su estatura casi del mismo tamaño que la mía, aún con su irremediable tabaquismo y mi asco incontenible al olor de los cigarrillos que usaba para asirse de la realidad y no perder el piso; aún con todo aquello,me parecía atractivo. Lo supe ahí, en la mesa de ese bar, a las 8:45 pm, en estado etílico. I don´t know if you feel the same as I do. But we could be together if you wanted to… Pensé que, ingratamente, no suelo quedarme en el mismo sitio mucho tiempo, siempre soy yo la que se está yendo. Soy coleccionista de adioses. Con frecuencia me estoy despidiendo. Siempre pidiendo perdón. Siempre dando explicaciones que no quieres oír cuando creo que lo único que quieres es que me quede en silencio y no diga nada. Quieres que me quede. Siempre sobreinterpretando las cosas. Y me gustaría decir «yo… siento algo realmente» pero tengo está sensación de que lo que siento no es tan real, de que algo le falta. Siempre jugando a las escondidas con el vacío que me llama. Nadie tiene la culpa. Esa palabra no existe en lo que fuimos o somos ahora. Es difícil para mí saber que soy la que se va, y que me estoy yendo porque no puedo mantener estabilidad nunca. Porque no se a dónde me llevarán mis decisiones, pero si me quedo sé que cuando todo se acabe ese final me va a tomar por sorpresa. Y sé que va a doler. Aún ahora me duele, pero duele menos. No más mensajes de buenos días, no más nuevos descubrimientos musicales juntos. No sé qué estaba buscando; con dificultad sé lo que necesito yo. Sigo sin acostumbrarme a sus intermitencias y sus ausencias. Así, de pronto, nos volvimos sueño, cariño, refugio…Al paso de los días nuestros cuerpos se fueron reconociendo. Me contó que había caído en depresión y algunas historias sobre como perdió el empleo. Tenía los pensamientos un poco dispersos, le gustaba leer a Focault, discutíamos sobre música, al contacto de las pieles nos volvíamos animales. Esperábamos el NRML para ir juntos. Esto último no ocurrió. Me daba la impresión de que ambos siempre huíamos de algo. Algunas noches cerraba los ojos y me esforzaba para imaginarle como en un sueño. En la oscuridad me pedía que fuera suya. Tal vez cedí más que nunca y me deje montar. La temporalidad no existe cuando estamos juntos, me es difícil decir cuánto tiempo ha pasado desde la última vez que estuvo aquí realmente. No puedo, a veces ponerlo en una línea y decir qué pasó antes y qué después. Todo está revuelto. Las peleas, los abrazos, las ausencias, el sexo, los ataques de ansiedad, las charlas de media noche, mi lujuria, encontrarnos en pleno ósculo en la oscuridad  y nuestras insaciables ansias de sentirnos lo más cerca posible, dejando que nuestros instintos más salvajes nos dominaran. Las escenas se proyectan en mi cabeza al estilo de una cinta de cine antiguo. Los recuerdos de aquel último día no están del todo claros, y en ocasiones me parece que son más imaginaciones mías.

Fotografía: Alexis Vasilikos

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