Sobre el amor y la soledad

Narvarte Lucia, escribí en la parte superior derecha de la hoja en blanco cuyo título podía estar implícito, así como la tilde en una palabra aguda. La hoja gritaba: examen departamental. El jardín anexo al salón de clases se convirtió en un espectáculo natural. Las nubes barrían el cielo y las primeras gotas empezaban a caer. Las ramas de los arboles parecían desprenderse y las ráfagas de viento se colaban incesantes por los filos de las ventanas. Era una condena tener que estar sentada observando de la función, aunque en primera fila, sin poder formar parte del gran acto.

Después de indicar con total formalidad el tiempo disponible y modificar algunos incisos erróneos, la profesora Diana Casas Prieto distribuyó la prueba justo cuando el reloj de su muñeca cambio a 8:35 pm. El contenido del cuadernillo constaba de 85 reactivos, cada uno de ellos con tres respuestas incorrectas y sólo una respuesta correcta. Un escaso minuto para dedicarle a cada reactivo a partir de la hora dicha.

9:00 pm. La respuesta a la pregunta número quince era el inciso b. Margarita Robledo estaba junto a mí. Ella había escrito con total seguridad la letra a mientras me miraba insolente y petulante. Margarita alguna vez fue una de mis más cercanas amigas en el colegio. Aún no puedo comprender como podía mantener conversación con ella en aquel entonces. A pesar de sus diecinueve años bien vividos, seguía demostrando ser la misma criatura infantil que refunfuñaba cuando no era la única a la que le salían las cosas bien. Es por esa bendecida razón que nuestra amistad culminó muchos años atrás.

9:25 pm. La hoja blanca terminó con 85 letras enumeradas en tinta azul. “A, b, c, d”. Revoloteaban en la cuartilla provocándome dolor de cabeza. Me levanté de mi asiento, con mochila en mano y entregué examen y cuadernillo a la profesora Prieto. Sin liarme más con esas cuatro letras, sin siquiera voltear a ver los rostros aterrados de mis compañeros contestando de De Tin Marín, de Do Pingüe las restantes 35 preguntas, salí del salón.

Llegué a casa sin apetito y con la jaqueca más fuerte que había tenido en semanas. Saludé a mi familia con cara alegre e inmediatamente subí a donde sabía nadie -excepto tal vez la mujer entrometida que teníamos como vecina- podía verme. Era ella la única persona que sabía todo acerca de mí, pero no podía percatarse de ello. Al menos aún no.

La quinta fachada de mi hogar era como la mayoría en la ciudad; fría y tenebrosa. Acumulábamos lo que para nosotros no servía más, pero nos oponíamos a desechar. Ahí, en ese taciturno lugar, podía quitarme el disfraz de estudiante, líder excepcional, hija perfecta, persona admirable, y reflejar lo que mi cuerpo pedía a gritos. Ningún sonido salía de mí. Estaba enojada, desesperada, fastidiada. Tan molesta que podía romperme los dientes de la fuerza con que los apretaba. El vacío me carcomía la garganta. Me quemaba la boca y terminaba entumiéndome los labios. Las lágrimas cayeron sin más. Cayeron por mis mejillas, derribándolo todo a su paso. Nada podía ya detenerlo, la tormenta seguía.

Al siguiente día después de una insoportable rutina en la universidad subí sin más al último nivel en casa, aun con la mochila en hombros y el cabello chorreando a causa del imponente aguacero. Me senté a la orilla del cobertizo con los pies colgando. Los párpados me pesaban y se cerraban como puertas automáticas del supermercado. Me dolían los ojos por culpa del llanto. Mis manos trémulas parecían ser de una persona con cuatro veces mi edad. La migraña había comenzado a causarme las insoportables nauseas y mi cuerpo reaccionaba a lo que yo no quería aceptar. Ella iba a terminarlo todo.

Frente a mi estaba un espejo roto que mi madre y yo habíamos subido dos años atrás para que mi padre no se percatara de la barbarie que había causado un mal paso. El marco, aunque oxidado aún tenía cierta belleza, las molduras ocres subían y bajaban en zig-zag. Por alguna razón que no me importaba en lo absoluto el espejo se veía perfectamente pulcro, tan impecable que provocaba el impulso de tocarlo. Estiré mí brazo para alcanzarlo… y finalmente abrí los ojos.

Ella terminó con todo, dijo alguien. La muerte lo interpretó y un día lluvioso de junio el cuerpo de Narvarte Lucia, con la mochila aun en hombros y el cabello chorreando a causa del imponente aguacero, yacía frente a la acera en la casa número cuatro de la calle 85.

Fotografía por Benedetta Falugi

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