Segundo once

En estos días, la acumulación de palabras y frases en la cabeza se hizo insostenible. Con los ojos empañados, Charlie Kaufman corría a tomar los papeles, las hojas, todo donde se pudiera volcar la tinta y dibujar algo posible. Qué necesidad extraña de describir el estado alborotado y vincularlo a la letra para no olvidarnos después; de construir algo antes del derrumbe. De alguno u otro modo, esto tomó un tono verborrágico y antaño. Como si repentinamente me estuviera trasladando a rincones ya hoy iluminados, pero que volvían a recobrar sus sombras y movimientos. Un dron nos espío por la ventana y corrí a la terraza donde lo pude ver sobrevolando nuestros pelos. El dispositivo subía por el pulmón de una multitud, haciéndose a luz mientras observaba los quehaceres de las plantas que cuelgan sobre las ventanas de nuestros dormitorios. 

Qué oscuro se veía ahí abajo, vernos ahí. Los rábanos pedían luz, me apresuré a buscarlos. Quise mudarme. Entre las cosas que acumulo y que me gustan pensé que estaba lista para irme, si no fuera por mi eterna insignia de estudiante en pie desde 1968. Internamente entonces, comencé a desarrollar una especie de cuadro sinóptico en pasos a seguir durante el tiempo que me quedara vivir allí abajo. Ya no quería más: las plantas se estiraban, el dron lentamente volvía a su posición inicial y toda la multitud festejaba el encuentro. Las imágenes venideras del objeto inteligente, volador y recopilador de historias que sus propios protagonistas desconocían o echaban a perder, ahora desafiaba las miradas.

Sentía el zumbido de la cosa recargada de información que por un momento creí que me pertenecía. Abrí una nueva línea al cuadro: encontrar el artefacto y tomar lo que era mío. Pensé: ¿quién es tal para llevarse algo de mi, una parte de mi espacio, de mis luces, de mi cuadro? Esta sensación no cesaba de extrañeza, pensar nuestra imagen (des)configurada no dejaba de aturdirme. Sin embargo, mis actos no se desplegaban con naturalidad y el cuadro era un desastre otra vez, entregado a la libre interpretación de quien quisiera presentarse nuevamente navegando sobre cielo. 

Quise avisarle a todxs, pero ya era demasiado tarde para la reflexión: las imágenes se alteran y la gente solo quiere verse bien. ¿A quién le importaría sentirse observado teniendo la razón a favor? Recuerdo a Esther Diaz diciendo que «el cuerpo tiene razones que la razón no comprende», y sí, pensé, definitivamente. ¿De qué manera podía explicar yo que nos estaban robando una parte de nosotrxs, de la intimidad, quién sabe con qué fin o entrega?

La banalidad de las imágenes dadas en mano hace que no-nos-reconozcamos lo suficiente como para exigir la pregunta. A veces nos sentamos en la mesa a discutir sobre qué o cuál recuerdo, sobre niñxs, sobre vacaciones o tiempos remotos, sobre el carrete que nos pide liberar la memoria porque pronto no podrá almacenar más. Y todo se traslada hacia el último dormitorio, donde el placard guarda la pila de cajas con los álbumes que tanto nos cuesta soltar. A partir de allí es que la mente se ilumina y trasciende en tiempo y espacio reviviendo lo que aquella vez se posó al objetivo para contarnos luego, qué había pasado. Gracias a Charlie es que hoy en día las frases en mi cabeza se asientan mejor, y cuando se quieren escapar hacemos el ejercicio de correrlas hasta poder pegarlas al papel, donde de alguna manera se expanden y avivan sin retroceder; como así también, corremos las imágenes que queremos antes de que ellas nos vengan a buscar, y de esta forma, podemos abrazarnos sin miedo a lo que ya no está.

Fotografía por Fernando Sarano

 

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *