Resistiendo la cuarentena VIII

Soñaba con ser autora de un libro, recordaba ella, al echarse con tristeza a la cama, pensando en el tiempo y en Saturno, en su perro ‘Giancarlo’ y en su ex novio de la preparatoria. Transcurrían los segundos con enorme nostalgia, sin mucha pena. Por un largo rato, ella meditó sobre sus ojos, sobre su mirada tierna. Había soñado con habitar la literatura desde hace ya unos años, precisaba, serena, rota, incompleta. Pensaba en ello, sin cavilar mucho en el ruido de fuera.

Había tocado sus labios, sacudido su memoria, mientras daba un respiro largo, muy largo, más largo cada vez. Atisbaba ella el techo ocre de su recámara, al que seguramente el antiguo inquilino también miró con desdén.

Según recordaba ella entre viejos pasajes, escribir un libro fue siempre su deseo… desde la infancia. Uno que descubrió con toda naturalidad, o por accidente. Como cuando uno descubre su propia identidad entre la espesa sombra de un bosque. Eso solía responder cuando le preguntaban que quería ser de grande. Aún en esos tiempos donde los años pasaban muy lentamente. En realidad, nunca creyó ella en ese tipo de magias incansables, como ser princesa, ser ama de casa, mucho menos en profesiones vagas como ser abogada o modelo. Desde la infancia se imaginó viajando por el mundo, se imaginó riendo en compañía de alguien. Siempre fue un tanto realista, sencilla, solía decirse, aunque esa realidad que ella imaginaba también resultara casi imposible, fuera de contexto. Era de pronto irónico haber soñado toda la vida con escribir un libro, pero no haberlo escrito todavía. Irónico, en cierta medida, porque ella solía escribirlo en su cabeza, toda vez que ignoraba el pasar anacrónico de la vida.

Durante la adolescencia, claro, ella escribió algunos poemas, de desamor, sobre todo, o de pesadillas livianas: el futuro, el capitalismo. Algún que otro cuento sobre enamorados y otro par en torno a los niños de la calle, en cuyos ojos solía reconocerse todos los días. Sin embargo, por alguna extraña razón nunca comenzó a escribir ese dichoso libro, ni una sola frase ni una atmósfera. Quizás no había comenzado por su constante cansancio; no disponía de las horas suficientes, pues trabajaba y estudiaba, y sufría las inclemencias de la modernidad, con sus intrépidos vaivenes. No sabía siquiera de que hablar en un texto. ¿Sería conveniente una novela, un poemario? ¿Quizás una tesis? ¿O sólo de pensar en ello la idea se esfumaba? Suspiró. Suspiró al plantearse esas preguntas. Estaba dolida. Su mente voló al reconocerse, se deshizo. Entretanto, echaba ella un vistazo a la ventana y miraba a las personas pasear en cámara lenta. Como si viera sus pensamientos salir de la habitación.

Continuó cavilando ella en eso. Y, tras unos instantes, se anudó los cabellos y posó sus palmas sobre sus pómulos. Nunca se dio cuenta que cambió la hora en su reloj de muñeca negro. Ni siquiera se había quitado sus tenis blancos ni su suéter beige. Sólo pensaba: ¿de que hablaría el libro? ¿De amor, de tristeza? ¿De desidia? ¿Acaso debería indagar en sí misma?

Había dado ella una pausa corta para por fin desprenderse del calzado, quitarse el suéter que su ex novio le regaló hacía un par de Navidades; y de nuevo recostarse en la cama, bocarriba. Al deambular por allí en modo automático, sonrió para sus adentros. Se veía espontánea. Los cabellos alborotados, la blusa arrugada, sus manos frías.

Soñaba ella también con ganar un Nobel algún día, recordaba, al reconocer por fin que era de noche. Por lo menos, se dijo, fue su sueño de pequeña. Aunque bien no sabía que significaba eso. Ella lo recordó, con cierta premura, casi queriendo volver a ser esa niña que se refugiaba en los brazos de su madre. Sopesaba sus latidos al pensar en el pasado. Palpó ella su pecho. Hizo otro suspiro, esta vez corto, antes de ponerse contra la almohada y cerrar los ojos, entre pequeñas lágrimas de miedo, de duda, de arrepentimiento.

Mientras contenía su llanto, y viajaba a otros lugares, había indagado en su memoria durante un largo lapso, sin hallar en sus recuerdos muchos autores o muchos títulos. Era probable que no recordara ella lo que había desayunado por la mañana, o si lo había hecho. El estrés habitaba en su cabeza, con una mezcla de presión y pesadumbre, cuya fuerza a ratos la carcomía y otras, en cambio, dónde sólo le inyectaban adrenalina.

Soñaba ella con tener un refugio propio, por ejemplo, dejar de ser forastera de la vida, rentando casas por todos lados, sin nunca echar raíces. Alguna vez llegó a soñar con alguien que la cobijase, una presencia inexacta que le dijese, con todo y canciones, que era la mujer más hermosa del planeta. Aquella alma le diría, en algún momento, que algún día aparecería su imagen en una portada de revista, con su nombre, con su sonrisa. Soñaba ella con eso, fantaseaba con esas historias. Y sonreía al construir narrativas vagas, dónde ella era protagonista de enamoradizos encuentros. Quizás de eso hablase el libro, se dijo, en silencio; hablaría del amor que esperaba ansiosa, de la vida que se le estaba yendo.

Por fin se quitó ella la blusa para estar cómoda. Y en ese instante recordó que la habían corrido de su empleo. La empresa en la que trabajaba estaba en quiebra a causa de la pandemia. Y aún debía la renta de febrero.

Fotografía por Em Bernatzky

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