Resistiendo la cuarentena VII

31 mayo, 2020

Recién se enteró que su madre había muerto por coronavirus el martes anterior y que sus restos fueron cremados, sin mucha pena. Había ingresado ella al hospital apenas el domingo por una complicación respiratoria. Ninguno de sus hermanos le avisó de ello para no interrumpir con su rutina tan escandalosa y abatida, medianamente deprimida. Él tiene ahora un puesto administrativo en una dependencia gubernamental dónde hace gestiones, pero hace no mucho intentó aventarse de un puente peatonal en Coyuya, luego de que su esposa falleciera en un accidente automovilístico el año pasado.

Contrario a aquella vez, la noticia de su madre le pareció, en cierta medida, una liberación incólume. Su madre enfrentaba ya algunos problemas cardíacos y caminaba con un esfuerzo inconmensurable, de modo que su pérdida podría considerarse una especie de paz universal o un respiro divino. Sus últimos meses habían sido realmente fatídicos: sin cocinar, sin ver el exterior, condenada a admirar series y películas en internet desde su cama que sólo alimentaban su deseo de salir y platicar con sus nietos. Dos enfermeras le asistían las veinticuatro horas y las condiciones le impedían residir en su pueblo de origen, dónde la contaminación apenas se conoce.

Al cambiarse de asiento, intuyó Rolando Martínez, de pronto, que su madre debió afrontar la pandemia de un modo bastante perspicaz pero también limitado. Posiblemente como si todo fuera tan normal y desinteresado. Desde que le diagnosticaron aquel trastorno de coordinación sin aparente causa, ella vivía ya en una cuarentena perpetua, casi ensimismada o maldita, se dijo. Acaso salía ella de casa dos o tres veces al año, con mucha suerte, si alguna de sus tres nueras la invitaba a vacacionar en algún lado. Que lastima por ella, mencionó al aire de nuevo, con un presente de recuerdos que se esparcían por doquier. En eso pensaba él mientras iba camino al trabajo en el Metrobús, observando los rostros familiares de todos los pasajeros, cuyas miradas construían un terror invisible y desnudaban sus deseos más negros.

Al bajar en una de las estaciones cercanas a su trabajo, él se miró fijamente en el reflejo de un taxi. Se veía demacrado, cansado, triste, estresado. Quizás la noticia de su madre al final le habría afectado, pues la semana había dejado de tener colores naranjas y verdes. Él no se sentía deprimido o pesaroso, sin embargo, si bastante harto de la vida y de las charlas absurdas de la televisión. Continuó caminando. Entretanto, se acomodó su saco y su cubrebocas negro. Sonrió frente al policía que evaluaba su temperatura y arrastró sus pies sobre la alfombra sanitizante. Ya en su cubículo, oteo en Facebook la fotografía de un viaje a Teotihuacan de cuando era niño. Ahí, su madre, quien fuera excelente comerciante, reía con una asombrosa tranquilidad. No había sido ella una mujer alegre ni mucho menos. Pero, aquella imagen había capturado una esencia particular, de la que él se sentía demasiado ajeno.

Luego de algunos minutos haciendo llamadas a un par de oficinas municipales, volvió su pensar hacía su madre Dorotea. La había visto la semana pasada por su cumpleaños número cincuenta y cinco. Sus hermanos habían organizado una reunión pequeña para celebrarla. No fue algo ciertamente glamouroso. Sólo una comida efímera alrededor del comedor, un par de chismes sobre la tía del gabacho y una película en familia que no pudieron disfrutar por el ruido de la lluvia. No dejó de cavilar en eso. Ni siquiera sentía pasión al trabajar. Al observar el ordenador, recordó la vez que su madre lo encontró por accidente en casa de una vecina y suspiró al interpretar que la vida antes solía ser fenomenal.

No sin antes responder a sus compañeros con un controversial —y espantoso— chiste sobre la pandemia, cuando estos le preguntaron por su estado de ánimo, Rolando Martínez les contó de la ocasión en que robó unas cervezas de un centro comercial cuando tenía dieciocho años. Hace meses que él no bebe, no obstante, el pundonor de esa historia le ayudaba a ignorar sus emociones y a evadir la realidad. No quería decirles a ellos que algo sucedía en su cabeza. Habían sido días fútiles esos últimos y tal vez nada lograba transformar su postura decaída. Al llevar a su memoria aquella aventura, pudo rememorar la vez en que su madre le compró su primera consola de videojuegos después de vender su Tsuru tan querido.

Tras indagar en su magín, se lamentó a bocajarro por no llorar con la noticia. Se enteró de la muerte de su madre quizás por casualidad. Un familiar le habría llamado para expresarle sus condolencias y ofrecerse a pagar algunos de los gastos imprevistos, y también, tal vez, para analizar la situación en la que se encontraban en las lejanías. Supo él ahí que la velaron virtualmente, que incluso hubo una campaña en redes sociales para recordar anécdotas de ella. Mucha gente la apreciaba. Fue muy querida en Iztapalapa, pues refugió a muchos jóvenes ofreciéndoles siempre un plato de comida y unos cuantos pesos para estudiar. Probablemente en condiciones normales gran cantidad de personas iría a verla, a charlar de sus ayeres, caviló entretanto su jefe le decía: «¿Te imaginas, Rolando, si alguien enfermo o con alguien cercano en el hospital viniera a laborar en estas condiciones? Barbaridad enorme, ¿no te parece?».

No era la primera vez que su jefe conversaba sobre aspectos sociales. A él usualmente no le interesaban mucho. Procuraba mantenerse alejado del debate. Lo suyo era trabajar y en eso era eficiente. Laboró incluso al siguiente día de la muerte de su esposa, aun cuando todos en la oficina le exhortaron a descansar. Con toda seguridad, él había llevado su vida con una disciplina exagerada para un mexicano o quizás bastante natural. Él se levantaba todas las mañanas pensando en los deberes y en la riqueza de un viaje en el transporte público, esperando no encontrarse con algo extraordinario. Eso le había enseñado su madre con un amor y un dolor a veces bastante serio.

Fotografía por Barbaros Cargurgel

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