Resistiendo la cuarentena VI

Cansados de mirar las mismas tres series en Netflix y de leer el resumen de La felicidad paradójica y La insoportable levedad del ser en internet, ambos optaron por ir a hacer compras al supermercado. Rápidamente se colocaron los cubrebocas y se pusieron una gorra roja, además de apretarse bien el Casio G-Shock en la muñeca y sonreír otra vez. Durante el viaje todo fue hartazgo y aburrimiento, hasta que entrevieron un anuncio espectacular promocionando un 2×1 en artículos de línea blanca. Entonces, sin prevenirlo, hablaron de cambiar el microondas o quizás comprar una lavadora de mayor capacidad luego del COVID-19.

Tras unas compras limitadas y unos gestos pesados, llegaron a casa. Estacionaron el automóvil frente al portón entreabierto y se sorprendieron de no haberlo cerrado o de no haberlo pintado ya después de tantos años. Aún con las bolsas en mano, se reclamaron mutuamente por ese despiste y luego lo dejaron de lado. Charlaron en torno a los gritos orgásmicos de su vecina que tuvo sexo con su amante, entre pequeñas risas. Eventualmente, la mujer entró por delante. Y el hombre, que entreveía el horizonte de la calle con mucha duda, prefirió observar sus piernas gruesas al caminar, imaginándose las veces que pudo apretarlas, acariciarlas. O de las veces que la recuerda gimiendo con una lentitud próxima a lo eterno.

Asustada por encontrar y reconocer, asimismo, la ventana del interior abierta —que ella recuerda haber cerrado—, le advirtió a su novio que alguien se había metido con seguridad a la casa esa tarde. Él se dirigió a la puerta con mucha prisa, impactado. Abrió con sigilo. Encendió la luz de la estancia y apreció los muebles movidos, los cajones aventados y su gato Godínez bajo una de las sillas negras del comedor, junto a unos papeles mojados y una bola marrón de estambre que nada decía pero que igual era importante.

Dejaron las bolsas en la barra de fierro, sin meter al refrigerador el queso y la cerveza, y subieron a la recámara, dónde los burós, intactos, se acometían de polvo; pero dónde la cama se encontraba desordenada y los cajones de la cómoda habían roto el piso nuevo de loseta cerámica. Algo se dijeron con un impotente sosiego, seguido de un jadeo que se perdió en el exterior. No supieron nunca como sucedió aquello. Desconocieron en ese instante todo lo de valor que ambos guardaban, intentando llevar a su memoria la noche anterior donde durmieron más temprano que otras veces. Fugazmente, tras evaluar los daños, tirando al paso una ligera lágrima, ella se sentó al borde de la cama, despeinada, desesperada. Suspiró, y en el acto ella lo abrazó, cavilando en la última canción en español que escuchó.

Luego de recibir aquel abrazo, pudo él apreciar a la distancia su jersey de la selección mexicana melancólicamente, al igual que la cortina desplegada contigua a una de sus fotos. Ella creyó ver la el diario de unas vacaciones juntos bajo el closet, de cuando apenas salían y de cuando se acostaron en la playa. Echó una carcajada inocente al recordarlo con sus pantalones azules y sus camisas de puntitos rojos y rosas —de cuando sus ojos les brillaban—. Durante ese lapso, se observaron fijamente. Con una clase de encanto, de esos que suceden cuando la adrenalina sube y el cuerpo se siente indefenso como solemne. Se besaron con una pausa de esas… y, entonces, sin prevenirlo, se desvistieron a prisas esperanzadas.

Él colocó una de sus palmas en su cuello en tanto se besaban con tierna soltura, previo al arrebato. Ágilmente se trenzaron, se atraparon. Se preparaban ambos para usurear bajo su ropa interior y engullir las partes más húmedas, más sensibles, las que flotan y se expanden, o piden compartirse. Sin pensarlo mucho, él la cargó por un instante, husmeó en la espesura de sus pechos y la hendidura de sus clavículas agudas. Ella, en cambio, jadeaba para sus adentros, emocionada, risueña, llena de un vacío complejo, acotado por el lamento del ayer, esperando no sollozar al cavilar en sus joyas o en su privacidad atravesada. Entretanto él apretaba sus glúteos y degustaba de pasear sobre su vientre con sus densas manos al hincarse para admirarla, olerla, probarla; ella meditó en el significado de la libertad o de eso a lo que llamaban conciencia salvaje. Pronto gimió con gran fuerza y olvidó que habían irrumpido en su casa hacía un rato.

De manera precipitada, ambos se volcaron hacía la cama, donde ella lo apartó para posarse en él después de deglutir aquella poblada masculinidad excitada. Ambos se callaron. Sus sudores se mezclaron. Luego de otearlo deambular por un efímero sueño, sonrió ella con espantosa ligereza, con una íntima perversidad. Lo golpeó en la cara. Movió sus cabellos. Cerró su puño y sus ojos, pensó en la hosca liquidez que transitaba entre sus caderas y bajo sus narices. Bailo sobre esos muros cálidos, punzando con sus manos esos hombros iracundos. Y por unos minutos introdujo un dedo en su boca que pedía, a aullidos, un desenlace más sensual, más plagado de un cariño terrorífico.

Puso sus rodillas en una almohada humeante, casi blanca. Posteriormente, estiró sus brazos con una nostálgica enigmática, cuasi ubicua. De inmediato, reflexionó en sus secretos y en la pasión de sus quehaceres. Una o dos nalgadas acontecieron, sin preámbulo, sin aviso. Sólo el eco de aquel sonido tosco y oscuro y la marca de un símbolo inscrito en la roja piel evanescente. Sucia, puerca, puta, le dijo él mientras mimaba el sendero de su espalda hasta el hueco de su abismo. Otro golpe recibió en sus curiosas cicatrices. Entrevió él el lunar de su tobillo, que rozó antes de abrirse paso entre sus flujos afectivos. Ella gimió y le exhortó a decirle que la amaba. Le dijo que lo odiaba.

Por un impetuoso lapso, ambos se torcieron, intercambiaron sus penas y fatigaciones. Intercambiaron posiciones, gustos, terrores, aflicciones. Ambos discurrieron en lo violento de sus deseos y sus ideas, sobre todo profundas, eróticas y fantasmales. Puso ella sus pies sobre otras pieles y, entonces, sin querer, jadearon con una holgura irrepetible y apretaron contra las colchas exhumando sus demonios. Terminaron ellos, extenuantes, luego de haber ingerido —y catado— perfumes incorpóreos de sus pedazos diferentes. Se vistieron en pijama. O con aquellas playeras viejas que alguna vez fueron de gala. A bocajarro se miraron y de nuevo comenzaron el ritual que va desde los músculos rítmicos hasta los chillidos contenidos, pasando por el tacto que ahorca, que aprisiona, que da vida toda vez que quita el aire.

Fotografía por asketoner

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