Resistiendo la cuarentena V

Los primeros días de cuarentena fueron emotivos y risueños, pero los últimos han resultado aterradores, piensa María, pues han sacudido distintas cosas, por lo menos en su interior, por no decir su razón y su entrega. Desde la noticia de que su abuela y su vecino han muerto a causa del COVID-19, su familia se reúne toda la semana a las siete de la noche a través de Cisco Webex. A partir de las siete, también, su palpitar se acelera o se detiene, al recordar los sabios consejos que recibió del abuelo —quien desesperanzado se refugia en casa, acorazado por el poder del alcohol que guardó para fechas como esta: desgarradoras y teatrales.

De esos recuerdos que suceden en su cabeza, está uno de cuando su abuelo la acompañó a Plaza Satélite a comprarse una mochila para la secundaria. Ella quería una mochila bandolera pequeña, en cuyo interior cupieran apenas un par de cuadernos y una lapicera con sus plumones de color. Pero, su abuelo insistió en comprar un bolso más grande —uno en el que pudiera transportarse una botella de vodka o su uniforme completo para cuando se fuera de pinta—. Claro, le recordó que debía tener buenas notas, para no dar indicios de su poca inocencia. No obstante, nunca fue preocupación de María Montaner.

Después de la cena de ayer, María meditó, entonces, en su tarea y en el proyecto de tesis que debió entregar antes de la cuarentena, cuando la normalidad la absorbía de alguna u otra manera. Eventualmente, al pensar en su abuelo y la incertidumbre de su estado, ella suspiró como no había hecho nunca. Llegó a entrever sus notas con cierta nostalgia y cierto desafuero. De cualquier forma, no importa, se dijo tras respirar muy profundo y ver su reflejo en la televisión apagada. Hay cosas que muestran su peso ahora; son más importantes que enviar un archivo vía Gmail.

Últimamente, cuando es hora del desayuno, su madre y ella hablan en torno a la existencia del hombre, de Camus y de Rulfo, de los sueños y de planear viajes a Tlaxcala cuando acabe la contingencia. Como si al construir palabras sus terrores pudieran desvanecerse, esfumarse, ser remplazados por bromas espontaneas que no hacen más que evidenciar el horror de sus tiernos corazones. Mientras comen sus hot cakes repletos de mermelada de piña, tratan de no tocar el tema de la abuela, quien se fue como un dato más en una vida plagada de dudas y automatismos. Al terminar, por el contrario, sólo se critican mutuamente, dirimiendo la convivencia sana y respetuosa.

Al cavilar en la posibilidad de desaparecer y no decirle a su ex novio cuanto lo amaba, de pronto pasó por su cabeza la ocasión en que su abuelo le regaló un smartphone y dos mil pesos previo a entrar a la universidad. Con ese dinero pudo ir con sus amigos de vacaciones a Apatzingán y San Luis Potosí. Rememoró ella con orgullo aquel dichoso teléfono —que le robaron un día en el transporte público—, y al hacerlo derramó un par de lágrimas en la mesa de cristal de su estancia, dónde intentaba dibujar. Atisbó sin querer las escaleras de su casa, admirando las losetas faltantes y las imperfecciones que fácilmente pudieron resanar.

Apagó ella la radio y dejó en la mesa su teléfono blanco tras un par de horas. Pareciera que el único tema a la vista era la pandemia, y acaso un par de comentarios de su padrastro —amante del Real Betis— que piensa en mirar un partido del FIFA narrado por Ibai y Manolo Lama en la web. Nadie habla de la abuela ni del abuelo. Mucho menos del vecino, quien fuera camillero en un hospital de la urbe y dejase a dos niños de preescolar sin un padre. Todos hablan de los médicos, pero nadie de los muertos, que se van en silencio, sin música, sin ademanes. Que mueren cremados, vaciados de su esencia, sin acompañamiento, sin duelo, sin tradición ni llantos grupales. Lo único que se dice de ellos es que fallecieron a causa de una enfermedad poco creíble, ante la cual quizás ahora si hay que cuidarse.

Al reflexionar sobre todo ello esta mañana, concluyó María, más indiferente que triste —tal vez decepcionada—, en que la vida se le había ido y no había hecho más que cumplir con la escuela y asistir a fiestas juveniles. Su abuela fue contadora, meditó entretanto leía un artículo de Houellebecq y apreciaba la alacena que construyó su padre biológico. Puede que no escuchase el teléfono sonar por preguntarse si estaba en la carrera correcta, con las personas idóneas; si sus sueños iban por donde ella deambulaba o a veces sonreía. Su madre pensaba que ella habría sido una muy buena abogada. Tal vez con un proyecto de vida más acertado, en el que trabajase en la firma de su abuelo, quien fue ingresado al hospital tras la segunda o quizás la tercera llamada.

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