Primera estación

En este continente atravesamos el invierno. Es sábado. Hace frío. Salí y miré al cielo, se ve de color rosado pero ya anocheció. Ese color que vi anuncia un mañana en el que mi cuerpo dolerá aún más por la sensación térmica bajo cero, aunque no sé si es por eso o por la falta que le hace a mi piel, la tuya.

Levanté la ropa del tender un poco destartalado. Los dedos están tiesos y se empalidecen. Cargo mis blusas al hombro y mis labios tiemblan. Inhalo ese aire paralizante y creo que te estoy soltando, o al menos dejo ahí la última sensación que me causaste. Pero hoy, al volver al calor de la salamandra te voy a recordar por última vez… De hecho, lo estoy haciendo ahora al escribir.

Como en un acto suicida me saco los mitones y agarro de lleno el tender casi congelado, lo doblego y rechina. Vuelvo. En un intento veloz de regresar me olvidé de cerrar la puerta cuando salí, aligero los últimos pasos envuelta en prendas propias y un artilugio que está por desfallecer. Sostengo el aparatejo con una mano y con la otra cierro la puerta, hace ruido, cruje, es como el alarido de un perro que sabe algo ya no es igual. Doy un paso más y afirmo el tender sobre la pared recién pintada, me aseguro de que no raspe, soy suave y quiero mantener todo aquello que estoy reconstruyendo lo más pulcramente posible. Doy un par de pasos más por el pasillo hasta llegar a mi habitación, entro y largo la ropa que levanté hace unos momentos sobre la cama. Las sacudo y empiezo a doblar. A medida que las levanto me pregunto si alguna vez me viste con esos colores, si alguna vez notaste las estampas infantiles de esas camisas que hoy son mis favoritas, si alguna vez sentiste el perfume que tanto me gusta en esos género; pero no importa porque nunca te lo voy a preguntar.

Termino de doblar la ropa, la guardo y me dirijo a la cocina. Me saco el abrigo y lo cuelgo en la silla. Pongo la pava, saco una taza, el difusor y unas hebras de té. Termino ese ritual. Agarro la taza con las dos manos, lo huelo, le doy un sorbo. Me doy cuenta que no lo endulce, es el sabor de la última comida que tuvimos. Insulsa, o era yo que ya sabiendo todo se iba a disipar no podía tragar bocado y por entonces todo me generaba disgusto pero me quedé; terminé todo a lo que había ido. Hoy al té le pondré una cucharada de azúcar, así como estoy adornando esto.

Las maderas rechinan en la salamandra. Me acerco tiritando con la taza entre las manos y me quedo allí unos minutos. Doy pequeños sorbos y hasta hago ese ruido que me recuerda como me sacaba de quicio que lo hicieras sólo y por el placer de verme hacer un berrinche.

Ahí, mirando los restos de carbón enrojecerse me acuerdo de vos. De la primera vez que te vi. ¿Te acordás? Yo sí. No sé para qué escribo como si lo fueras a leer si nunca te mostraré esto.

Me detengo.

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