Papá, no quiero ser profesora

12 abril, 2020

Cuando estaba en segundo semestre de la universidad di clases en una escuela primaria de gobierno, estaba en una localidad semi rural y los papás de mis alumnos se dedicaban -en mayor parte- al sector agricultor, algunos eran profesionistas y otros más estaban dentro del top de ladrones más reconocidos y/o peligrosos de la zona. Menuda mezcla.

Meterme de lleno con los padres de mis alumnos no era algo muy grato para mí –ni para mi integridad física o mental–, pero siendo pseudo profesora no podía evadir a los padres de familia, la educación en las escuelas de niveles básicos siempre involucra a las familias de los alumnos, así que seguido tenía algún tipo de comunicación y contacto con estos.

Generalmente les tenía miedo y no porque fueran adultos y yo solo una mocosa practicante de veinte años, ni tampoco por el tipo de trabajos u oficios que ejercían algunos de los padres de mis alumnos, sino porque sin importar a que se dedicaran la mayoría llegaba a reclamarme cosas que muchas veces no tenían sentido alguno.

Recuerdo que una vez estaba dando mi clase y llegó la mamá de uno de mis niños, enseguida salí y apenas la saludé ella me empujó contra la protección de fierro sobre las ventanas del aula, me reclamó algo con relación a su hijo y dijo que yo era una incompetente.

Lo que pasó fue que un día antes yo había enviado un recado escrito en el cuaderno del niño (por órdenes de la maestra titular del grupo) donde decía que estaba a punto de perder el año escolar por faltas y su situación como «repetidor» (había reprobado un año escolar anteriormente), no le favorecía para nada, así que pedía el apoyo de los padres de familia para que ya no faltara y entregara tareas atrasadas.

Bueno, lo que hizo la señora en vez de atender responsablemente con lo solicitado, fue agredirme porque ¿quién eres tú para decirle a mi hijo que va a perder el año nuevamente? NADIE, solo era su maestra en turno y al parecer eso no importaba.

El personal de limpieza junto con algunos profesores controlaron a la señora en lo que llegaba la directora de la escuela y pues bueno, basta decir que la señora se rehusó a disculparse. No esperaba menos. Al cabo de unas semanas la escuela dio de baja al niño por petición de la propia madre.

En otra ocasión tuve que lidiar con un profesor que daba clases en el aula de a lado, el sujeto se la pasaba coqueteando conmigo y alardeando de su sueldo y buena posición económica, frecuentemente me invitaba a comer y me hacía la «cordial» invitación para terminar mi noviazgo y «hacer» algo con él. Sinceramente no sé qué era peor, si su constante acoso o su pestilente aliento y estúpido peinado.

Al final tuvo que dejarme en paz porque descubrí que era casado y amenacé con buscar a su esposa y mencionarle lo sucedido.

No me puedo ir sin escribir sobre uno de mis ex alumnos, tenía algunos problemas psicológicos y por ende necesitaba medicación constante, de lo contrario sus crisis se ponían mucho peor.

La mamá de ese niño no lo medicaba todos los días y eso aunado con el ambiente propio de un salón de clases con más de cuarenta niños hablando, gritando y alterando constantemente el orden al mismo tiempo, hacían que el ambiente fuera ideal para una intensa crisis nerviosa o de cualquier tipo.

En todo mi tiempo impartiendo clases en ese grupo vi a este niño –lo llamaremos Pepito–, tener muchas crisis de todo tipo, desde quedarse llorando en una esquina, gritar de la nada o pequeños episodios de bruxismo (rechinar o apretar sus dientes).

Llegó un momento en que que creí haber visto todos los tipos de crisis en las que Pepito podía entrar, pero no.

Un día común y corriente me encontraba explicando cómo fue que los nómadas cruzaron el estrecho de Bering y de pronto escuché que algo golpeaba mi locker, todos mis alumnos voltearon a ver al fondo de la segunda fila, y sí, era Pepito estrellando su cabeza una y otra vez contra la parte lateral del locker de metal.

Me tomó un par de segundos reaccionar, me quité mi suéter, lo hice bolita e intente ponerlo entre su cabeza y el locker, pero él me empujaba –era un niño que medía y pesaba más que yo–, así que le dije a uno de mis alumnos que fuera rápido por la directora.

Yo me quedé ahí intentando que no se siguiera lastimando y me asusté muchísimo cuando vi que le comenzó a sangrar parte de la frente, algunos de mis alumnos le decían que dejara de hacer eso, pero él estaba como en trance.

Algunos niños comenzaron a llorar porque se asustaron, eso me puso muy nerviosa.

Pasaron algunos minutos hasta que llegó la directora y otros dos hombres a ayudarme, pudimos alejarlo del locker y la psicóloga de la escuela intentaba razonar con él, después comenzó a gritar y finalmente lloró mucho.

Tuve que sacar al resto de los niños del aula y seguirles dando la clase en el patio cívico a la vez que trataba de fingir que lo anterior no había pasado. Pepito dejó de ir a la escuela los siguientes cuatro días.

Cuando terminó la jornada y los niños se fueron a sus casas subí mis cosas al coche y de camino a mi casa estaba pensando en cambiarme de licenciatura. Ese mismo día le comente a mi novio lo que había pasado y me dijo que esas cosas solo me pasaban a mí.

Y sí, ni cómo negarlo.

La semana siguiente del incidente me enteré de que la mamá de Pepito lo había dado de baja.

Fotografía por Magnus Jorgensen

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La vida es una constante de desgracias, siéntate a leer.

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