ONIX (Anaid López no. 2)

5 mayo, 2021

Y cuando vueles encima de un pasado roto,
y mires por la ventana un pequeño territorio.
Y cuando atisbes el horizonte con una triste cara,
y entonces reconozcas la levedad dentro de un corazón.
Y cuando camines entre jacarandas y cristales.
Y cuando recuerdes ese gris cielo que alguna vez te enmarcó.
Y cuando contemples en tus manos esa imagen de presente:
la que dibujaste en las nubes
con esas lágrimas infantes,
aún dentro de ese bucle oscuro
en cuyo interior sucedieron todas las mañanas.

Y cuando rocíes bondad en la palabra.
Esa que dices a los otros
para otorgar calma,
para desdoblar el llanto,
para simplificar los reflejos
y capturar lo abstracto.
Y cuando solloces en silencio,
bajo una sombra citadina que oculta tus temores.
Y cuando esa sombra te diga que lo dejes,
que deambules,
que mires hacia adelante
sin abrir los ojos.

Y cuando desdibujes el futuro con una llama lenta.
Y cuando por fin traduzcas el tiempo de una canción.
Y cuando, sin querer, descubras que el hogar es un abrazo,
y mires sin miedo por el retrovisor;
y cuando plantes un árbol en la calle,
cuando grites desde el balcón;
cuando cortes de la noche un par de voces,
y reconstruyas el mausoleo de tu memoria.
Y cuando vuelvas a escuchar el mediodía.
Y cuando todos te observen desde la distancia
apreciando tu sonrisa vagabunda.
Y cuando imagines que alguien te deletrea
desde la instantaneidad de su presencia,
desde la frágil e imposible isla de su aire,
sin menor preámbulo,
sin mayor clamor.

(Y cuando, finalmente, atisbes un mapa en el espejo
y escribas poesía en el traductor.
Y cuando decidas accidentalmente entre dos vías,
aún dubitativa, cansada y efímera.
Y cuando, sin embargo, corras hacia la puerta,
por favor, sólo recuerda cuantas veces elegiste las escaleras
en lugar de elegir el ascensor).

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