Mini-desahogo con la escuela de arquitectura

Durante el primer año de la carrera yo asistí a todas mis clases. No podía perderme alguna o llegar tarde. El gobierno y mi familia invertían en mi educación y faltar era una considerada una grosería. Yo creía en ello. De modo que yo trataba de cumplir con aquello que sentía alimentaba mi quehacer y me provocaba sonrisas. Hice tareas y proyectos de todo tipo: láminas, dibujos, exposiciones, respondí cuestionarios y hasta hice cálculos estructurales de un centro comercial sólo con la calculadora de mi teléfono. Me sentía un superhombre, desvelándome cada noche en un vaivén terrible, hasta que el azar me demostró lo contrario y me exhortó a aprender aquello que no podía reconocer en las clases: programas, apuntes, criterios, a ver, que es lo más importante.

El tiempo fue pasando, y en el tercer año de la carrera, un par de amigos políticos tuvieron la confianza o el riesgo de invitarme a participar en el diseño de un colegio que sería financiado por organizaciones sociales. Invité a las personas cercanas. Formamos un equipo de trabajo y descubrimos que todas aquellas lecciones aprendidas realmente servían de muy poco. Hay procesos en el diseño que no conocíamos: negociaciones, condiciones para obtener o ampliar un programa, presupuestos iniciales, fases de desarrollo, concepto, espacio público, lenguaje. Se dice que la experiencia se mide en la calidad de preguntas que uno hace, y nosotros hicimos muy pocas y muy malas. Claro, al componer la maqueta y dibujar en equipo nos maravillaba la idea de construir algo antes de titularnos, pero aquello fue más bien un espejismo, una ilusión que nos cegó de ver con amplitud el horizonte. En aquel momento creímos que nuestra ignorancia se debía a nuestro punto en la carrera. Sin embargo, luego reconocimos que apenas era un atisbo. Por una clase de suerte y de turbulencias con el gobierno ese colegio no se construyó como habíamos proyectado, sino que terminó siendo una secuela de corruptelas bastante disimiles en la que decidimos finalmente no participar. Ahora pasar por ese terreno es una sinuosa pesadilla. Así se sienten, supongo, los golpes de la realidad. Ese año hice un examen por faltar a una práctica y dejé todo en blanco. Mi curiosidad me llevó a preguntarle a mi profesor sobre Idelfonso Cerdá que venía en las preguntas, y para mi taciturna fortuna, él no sabía siquiera de su existencia.

Las clases siguieron, los profesores no iban. La arquitectura no se enseña, se aprende, es un viaje. A veces lo suficientemente triste como para desestabilizarlo todo. Yo quería estudiar artes plásticas y durante el tercer año emergió de nuevo esa duda. Así que me alejé de las aulas. Dejé de entrar a mis clases. Aún iba a la escuela, si, a charlar con algunos amigos y vivir en la biblioteca, dónde descubrí lecciones increíbles. Aproveché mis días para leer, para dibujar, para salir a museos y visitar arquitectos y artistas. Fue cuando me reconcilié con mis amigos actores y pintores, y cuando pude dibujar y escribir como nunca. El año había comenzado con una ruptura amorosa, clave para que yo siguiera estudiando la carrera años antes. Así que, en soledad, tuve tiempo de asimilar ciertas cosas, de llorar en público y de sentirme frágil. En esa profundidad, descubrí el collage digital, aprendí de recursos literarios con Arturo Pérez-Reverte, mejoré mi técnica de dibujo, resolví algunas dudas sobre composición preguntando a Vicente Rojo y me encontré con un personaje en mis obras. Había aprendido mucho sobre narrativas al asociar las imágenes con los versos. Tuve tiempo de leer a Octavio Paz, a Gastón Bachelard, de ir a conferencias, de reconquistar la ciudad y apreciar lo que podía. La vida era un festín y un circo, en el que todo tenía paralelismos, pero que no era infinita. Logré aprobar la mayoría de las asignaturas, a excepción del proyecto de hospital que me decidí abandonar. Me había sentido incapaz de proyectar algo. Mi creatividad pasaba por una de esas catarsis que dejan a uno en el limbo, cohabitando un vacío total. A pesar de que todo ese año era fiesta, más bien era una manera de olvidar la espesa cotidianidad.

El tiempo sucedió de nuevo, y para mi cuarto año, todo cambió, fue una especie de confirmación y fue el más emocionante. Debía recursar algunas materias aún con la duda de si era mejor opción dejar arquitectura. Aún iba a fiestas con mis amigos pintores y allí me llamaban arquitecto. Sentí que con los años uno va tomando su forma y ya no se escapa de ello. Así que, ante la indecisión decidí seguir o no con la carrera y ver a dónde llegaba, intenté escribir mi segunda novela luego de que la primera fracasase rotundamente. Pero no pude. Normalmente cada semestre tiene un solo proyecto y yo debía cursar cuatro, con tres de los profesores más increíbles pero ocultos tras bambalinas. Ese fue un año de debate, de reflexión, pero de mucho estrés también. Pude corroborar y poner en marcha mi versión de la universidad como un semillero de ideas. De cualquier forma, los proyectos que se hacen en las clases no se construyen, y el tiempo podría ocuparse en producir criterios y en abonar a resolver esos problemas que viven las ciudades del mundo. Por azar o por coraje participé junto con unos amigos en un par de concursos nacionales, en uno quedé finalista, en el otro resultamos ganadores. Tuvimos una de las decepciones más grandes al ver cómo los concursos son loterías profesionales. Sin embargo, salimos de ello y seguimos concursando, sin mucho éxito. Me cambié de turno para finales de ese año, y aunque reprobé casi todas mis asignaturas, pude aprender demasiado en las bibliotecas públicas y al conversar con profesores y alumnos. Las ideas surgen así, siempre con ciertos estímulos, viviendo el caos en su centro. Recuerdo la vez que me expulsaron de clase por supuesto plagio. Había escrito un ensayo sobre arte contemporáneo que mi profesora entendió que era de alguien más inteligente. Con esa clase de clasismo se habitan las aulas. Hay una cultura bastante vacua en la que el profesor posee la verdad y no puede ser cuestionada. Y si a eso le sumamos el acoso y la demagogia generalizada, la vida en las escuelas causa una depresión bastante terrorífica. En fin.

Desde hace un par de años he sido un estudiante universitario inquieto, pero también depresivo. Los tiempos modernos han resultado complicados. Ya en tempranos semestres, a causa de una ferviente ideología originada en la lucha estudiantil, he criticado la enseñanza arquitectónica y he tenido episodios taciturnos debido a la confrontación con la realidad, que es demasiado cruda y tosca. Yo estudio arquitectura. O eso me han dicho. Voy a una escuela cinco días a la semana por alguna razón que no entiendo aún. Me siento como Sísifo en una perenne actividad que no sé si termina. Arrastro la roca por la montaña cada semestre, para volver a caer al que sigue, y al que sigue. Han pasado ya cinco años de deambular en la carrera y a veces siento que valieron muy poco. Es cierto que forman lenguajes e identidad a partir de la escasez y de las ironías. Y sé que es necesario vivir todo eso. Pero, a veces pienso que soy yo el que está loco. Mis profesores de tesis han dicho que no quieren saber de la escuela expresamente y las revisiones parecen caricaturas vivientes. Creen que la arquitectura son sólo edificios y que el urbanismo es una asignatura distante. Ariel Rojo tenía razón, la universidad es cómo la pornografía. No es educación sexual, pero así se compra, así se vende.

Fotografía por Thomas Listl

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