Mesa para dos

15 abril, 2021

No puedo seguir soñando en las sombras de mi penumbra,
la locura ronda mi cordura,
las promesas igual a cadenas que condenan.

Comprendí el camino que elegí un día cualquiera,
no lo olvidé.

Como se olvidan las llaves, los recuerdos, las promesas.
Sólo lo coloqué a mi lado.

Como el objeto que cargamos porque es algo que nos sirve,
como una botella de agua, como un libro, como el amor.

Lo sitúe a mi lado, dejando su presencia en reposo,
presente pero distante, a un costado para cuando lo necesite.

Con el tiempo decidí que este apego no era bueno,
entendí porque en mi andanza aún hay espinas y brasas.

Sostuve un corazón, como se sostiene un niño pequeño.
Lo sostuve, brindándole calor, le di mi cariño sincero, lo vi crecer, después marcharse.

Todo sucedió tan rápido que a veces me lamento no haberlo disfrutado más tiempo.

De esta melancólica partida sólo se fue su presencia física,
el amor que le di aún sigue aquí en mi pensamiento ambivalente.

Tengo el tiempo limitado,
el recuerdo aún preso en un sentimiento,
en los intervalos de mis silencios, en secreto.
Te digo que te amo.

En la memoria del aquel que elije ver con los ojos del creador y teje su destino con hilo fino.

En el cuerpo abandonado reside esta pena,
la mente en un estado resiliente,
el camino esperanzado a ser transitado.

Volveré después de este encuentro,
dónde guardo tu presencia,
sedienta de tu sonrisa y esos ojos que, al verlos, podía oír el mar y sentir su brisa.

Volveré y de mis cenizas brotará el fuego de mi corazón, iluminando por esta aflicción que no es más que otra lección,
mostrándome el entendimiento, de este mi tormento.

Las cadenas he roto,
las heridas he curado,
el miedo ya no habita más en mi pasado,
el futuro no me concierne,
sólo el presente, el cuál construyó con las decisiones aprendidas, en tristezas frecuentes,
provocadas por vagos dolores carentes
de espíritu y mente.

Busco dentro, y es ahí dónde encuentro lo que tanto buscaba en el murmullo ajeno.

Descubrí la voz del silencio, callando la boca y serenando al pensamiento.
Afrontando lo que ignore por mucho tiempo.

El ruido exterior ya no hace eco en mi interior,
ni tiene cabida en mi morada.

El jardín que alberga las semillas de este nuevo comienzo,
lo cuido con misterio,
con lágrimas, lo riego,
a la luz de la luna lo contemplo,
y con amor lo florezco.

A veces quiero callarte la sonrisa,
borrarte la mirada,
huir de la calma que tú cuerpo junto al mío algún día me brindaban.

Llorar sin tristeza,
reír con desgana,
Consumir el alma en una canala, como si de un porro se tratara.

Evadir las ganas de amarte de la punta los pies,
hasta el último chino de tu cabello,
que sobresale como un caluroso atardecer de verano.

Me provoca paz y certeza que otro día comienza,
cómo tú alma,
cómo tú calma.

Necesito asimilarte en la soledad de mi alma,
olvidarte en una cerveza,
saciar el deseo de mi pecado.

Aceptar que ahora solo estarás en las letras de esta poeta, que recita vivencias y dolencias,
en corazones y mentes,
historias y personas,
sensaciones y lecciones.

Te doy el adiós de un melancólico, resignado,
deseando no haber plasmado lo que en el corazón aún se lleva guardado.

Fotografía por Alberto Polo Iañez.

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