Me duele que seas tan como eres

Unos cables en la mesa, rojos y negros. Colores santos, están ahí desde el origen, el macho y la hembra. Acompáñame. Vamos por un picnic. Fuimos, te acuerdas, tú querías paté, yo llevaba queso. Cuántas cosas son así. Uno dice rana, y el otro dice misa. A mí lo de las misas me da miedo, por eso prefiero a quien habla de otras cosas. Sé que es medio raro, pero al final, qué loco, el otro día, te brinco. ¿Cómo que hacen más ruido los aviones, lo has pensado? Me duele que seas tan como eres. Estás pero no estás y al final la única luz que se enciende es la de tu vagina. Castaña y luminosa. Cuando esté cerca de ti, sólo acariciare tu pelo, te morderé la trenza.

(Como en una cosecha, van cayendo los sueños. Por suerte eso me trae tu rostro. ¿Ya no quiero soñarte, sabes? Si alguna vez te vuelvo a ver, lo que seas va a hacerme mucho daño. Tú voz no será tu voz, ni tu sonrisa eso que me regalan tus labios de ensueño. Lo que hoy sé de ti, son puras habas. Cuánto daría por realmente mirarte a los ojos, por tocarte de veras. Eres lo que he querido y nada puedo decir, salvo perdona, perdona mi existencia, la crueldad de mis sueños. Me atravesó un segundo, lo que duró la mejor de las películas, y luego nada.)