Lo último de nosotros (la otra memoria)

31 mayo, 2020

Consciente de que la memoria es una facultad que olvida, sin demora comencé a escribir, desde los recuerdos, las siguientes líneas:

Eran las 6:16 de la mañana cuando de la nada un sentimiento opresivo multiplicado por mil, sacudió el hueco de mi pecho haciendo a mi corazón acelerarse y a mi despertar de inmediato. Omití grandes bocanadas de aire por unos cuantos minutos hasta que me volvió la respiración, un suspiro de alivio alimentaba mis dudas sobre qué es lo que había pasado. Ya son varios días así, en los que no puedo recobrar el sueño y encima, cuando logro dormir, despertar de sopetón sin ningún motivo aparente. Tal vez sea yo o este puto metro mal hecho que no ha dejado de rechinar desde su inauguración; me tienen harto los sonidos de vías alternas, ¡te lo agradezco Mancera, espero que te follen!

Ya sin esperanzas de poder recobrar el sueño, fui a la cocina a prepararme unos rábanos con sal, limón y salsa valentina, ¿qué más podía hacer?, prendí la tele y no había nada, fue ahí cuando por fin entendí que si la programación publica es un asco, la televisión por cable es peor, pues pasamos de tener diez canales basura, a doscientos cincuenta canales basura de alta definición por solo 1200 pesos al mes, incluida la línea telefónica y el Internet de mierda que a cada rato se le cae la señal.

A veces pienso que es absurdo en las «promociones» que caemos. A veces pienso que los días ya no existen; que ya he perdido todas las riendas de mi vida y que ahora todo depende de factores externos, aunque debo admitir, tengo miedo de convertirme de algo que no sea…

Y ahí estaba yo, en calzones, reflexionando en modo apagado, comiendo rábanos, sin nada que hacer más que esperar a que algo pase. Aún no puedo verte irte, aunque no estás se me es complicado aceptar tu partida. No pretendo cargarte de responsabilidades ni mucho menos echarte la culpa de mi situación actual. Hoy he soñado de nuevo contigo, que corríamos, que nos escapábamos; je, fue perfecto. En fin, sé que no olvidarás nuestro amor, o por lo menos es lo último que pido. Ahora te hablo como a un fantasma, pretendiendo que estás, sé que dirías que ahora aprecio más tu presencia, siempre lo dijiste, también sé que estabas segura de eso, quizá por siempre todo fue verdad.

Lo cierto es que no sé qué voy hacer con este cuarto vacío lleno de chunches nuestras, con esta soledad verdadera que hace despertarme todas las noches: – ven, vuelve, ¡arráncame el dolor como arrancaste el sueño de estar siempre juntos!, por favor… –. Perdón, volver a escuchar las rolas de Israel Ramírez con el Belafonte Sensacional, me hace querer voltear y regresar la cinta, su muerte prematura en aquel pequeño cuarto de Iztapalapa cerca del metro Constituyentes por sobredosis de pastillas (dicen), me hace despertar y desear volver a ese mítico año, en dónde ambos, junto a miles de gentes, lloramos por su partida, se nos fue el más chido decían, el gurú de las masas juveniles, el patrón.

Recuerdo que ese día caminamos hasta donde pudimos sobre todo Insurgentes, desechos, consternados y confundidos, ambos sabíamos que nada tenía sentido y que el futuro no iba a llegar para nadie. Cómo jóvenes, sólo nos quedaba una sola pregunta, simple, honesta, inocente; está tenía que ver meramente con la depresión generacional que hasta hoy nos acontece: ¿el fin siempre se presiente o se presenta?… Nadie ha sabido contestar tan acertadamente.

Sé que no volveremos a conversar cómo antes, ni dar largas caminatas por las avenidas que nos acontecieron y que ahora se han convertido en el fantasma de un horror, como el resto de toda la ciudad; y ahora, con ello, nuestra historia incauta llena de nostalgia se une a ese perfecto caos, como si Charlie Kaufman se hubiera atrevido a redactar nuestro final.

Me quedo de ti, nuestras risas, las idas a Cinemex, los momentos que compartimos en taquerías, en dulcerías, las horas en que nos burlábamos abiertamente del otro, la sintonía que tenías al compartir tu intimidad frente a mí…

me quedo de ti, la carta que me dejaste en dónde mencionabas que siempre odiaste mi humor y mis agallas, que te cansaste de está porquería de ciudad y de mí actitud de reticencia ante el cambio, que deseabas de la vida más que esto y que yo jamás pude comprenderlo, que esa actitud estancada de la que tanto me quejaba, yo la tengo y que por eso no avanzaba; que suponías tenía razón, que intentar salir de esta pinche ciudad nos iba a matar a todos y que de todos modos eso era mejor que pasar otro día conmigo…

De ti me quedo eso, tu manera tan poética de decir las cosas, de romper con las ideas, con los cristales, de bailar bajo lo lluvia proclamando tu existencia, de ver con los ojos del corazón lo que yo veía con los ojos de la memoria, las batallas perdidas que tu ganaste, nuestro mutuo y constante aprendizaje. Llorando juntos de alegría como cuando le ganamos a Alemania y después de coraje cuando perdimos con Suecia; no entendíamos por qué nosotros lo jóvenes, nos identificábamos de tal manera con ese escenario. De ti me quedo eso, tu andar, tu ir y venir, tu sabía persistencia, tu carácter pues, de mujer íntegra, mismo por el cuál te marchaste, ¡que belleza! …

Son las 7 de la mañana ya, el sol sale y no hay nada que yo pueda hacer para impedirlo, los días pasan, la programación es igual. No hay alfombra roja, no hay celebridad, y yo, comiendo rábanos mientras un dron nos espía por la ventana, a mí, a ti, a tu recuerdo y a está soledad inmaculada…

Fotografía por Fernando Sarano

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