Lo que le preguntaría a Damon Albarn III

Estaban ella y él charlando en el balcón de un hotel con vista a la playa, mientras bebían un poco de ron y agua. Le contaba él de uno de esos descubrimientos azarosos que llegan de pronto. Se escuchaban las olas a lo lejos aún en la oscuridad de la media noche. Ella llevaba un vestido blanco, holgado. Y él vestía de un pantalón de pana y una camisa blanca también. Casi parecía que habitaban ellos una de esas películas raras de arte, en cuyas escenas se habla de la vida y se reflexiona sobre el amor luego de divagar en la cama durante un rato.

Tras unos minutos de charlar sobre Jackson Pollock y de una de las recientes obras de Alejandro Aravena en Buenos Aires, ambos se levantaron de sus sillas y se recargaron en el barandal de acero inoxidable, dónde aprovecharon para besarse lentamente y decirse lo tanto que se extrañaban. Poco después conversaron sobre la música del momento, de los libros que habían leído, las madrugadas que compartieron, hasta que una concatenación de recuerdos los llevo a conversar alrededor de New World Towers y No Distance Left to Run —documentales sobre la banda británica Blur—. Él había los había visto durante su viaje en autobús, con tal precisión y pasión que, cuando sucedieron los créditos, terminó él llorando esporádicamente, impactando a la joven pasajera que iba a su lado. Ninguna película lo había hecho sollozar antes. Lo que resultaba una noticia inusual, visceral, claro.

Ella lo escuchaba, sonreía, al tiempo en que cruzaba sus piernas sutilmente. En realidad, no entendía del todo lo que él le decía, pero el tesón que ella notaba, le hacía mirarlo con cierta admiración y cierta ternura. Hizo él algunos ademanes con las manos extendidas, la palma izquierda dirigiéndose a la luna y su mirada atisbando un vacío en el espacio. Hacía tiempo que ella no lo observaba tan de ese modo, casi como si actuara con solemnidad, con una mezcolanza de melancolía y alegría, cuya esencia estuviera precedida de una meticulosa reflexión. Misma que destruyese mundos y forjase identidades o lenguajes abstractos. Imaginó ella lo tanto que debía quererla para liberarse así a bocajarro.

Ambos hicieron una pequeña pausa para entrever el paisaje. Aprovecho ella para ir a la habitación y tomar una botella de vodka y otro par de vasos limpios, entretanto él le hablaba, emocionado todavía, de lo mucho que aquella producción le había conmovido. Por un lapso, habló de lo difícil que ha de ser volver a ver a amigos —o amores— tras tantos años de distancia, de lo complicado que es enfrentar las capas del tiempo y los recuerdos que quedan. No es sencillo reunirte con quienes eras un todo. Los meses pasan y las personas evolucionan, decía él. Como si no recordará que hacía cinco años que no la veía a ella. Como si ignorara el dolor que ella sentía de mirarlo otra vez.

No quiso ella interrumpirlo entonces, así que sirvió dos vasos de vodka con jugo de arándano y los dejó sobre la mesita blanca de fierro, de donde tomó un cigarrillo. Oteó por un momento las estrellas en el firmamento, para luego observar al hombre frente a ella, a través del cristal de su copa con agua. Al escucharlo decir que por fin había entendido el significado de Thought I Was a Spaceman, como una canción de una banda que va dedicada a su propia remembranza y a las huellas que dejó, optó ella por levantarse de nuevo. Corrió a abrazarlo, a tomar de sus brazos. Como si ambos fueran dos niños enamorados que se ven en secreto. De inmediato pudo notar ella que de sus ojitos esperanzados salía una lágrima fría, pausada. Al sentir su cálido tacto, él se contuvo de relatarle la tarde que, en la soledad de su estudio, reprodujo Demon Days (2005) —el segundo álbum de Gorillaz— y de todo lo que se reveló ante él: la metáfora de la vida, la analogía de la tempestad, entre otras cosas, como la grandeza del ayer o la dualidad entre lo local y lo universal que mencionaba Octavio Paz.

La conversación siguió rápidamente, hasta que el cansancio de ambos produjo huecos en sus propias historias. Él se convenció de que lo mejor era guardarse esas notas, que quizás hablar de Damon Albarn en una velada como esa podría ser peligroso. Pronto se besaron mientras fuertes ventiscas movían sus cabellos. Bebieron de sus vasos sin decir una palabra. Se habían mirado ya fijamente por unos minutos, sonriendo, tiritando. Habían visto la profundidad de sus almas y sus íntimas puridades.

Siguieron despiertos durante unas horas sin decir más que el plan de la semana en plena penumbra. Oyeron, entonces, sus jadeos y sintieron la certidumbre. Se escuchaba a lo lejos una espesa calma y cerca el sonido de un par de grillos y sus pies moviéndose dentro de las colchas. Ella lo abrazaba, deseosa. Con mucho sueño, apoyó su cabeza sobre su pecho, dónde percibió su respiración meditabunda y sus ojos abiertos. Seguramente seguía pensando él en la nada, en las hojas de otoño que caen tan despacio, en ella, en el mañana, en el origen de su propio universo. Aún con la oscuridad de la habitación ella vio como caía otra lágrima de aquel dramático rostro y entreoyó unos susurros. Entre ellos, él confesaba lo tanto que la amaba.

Fotografía por Magnus Jorgensen

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