Lo que le preguntaría a Damon Albarn I

Todavía ocupábamos aquella computadora vieja —por la que había que esperar un buen rato—, cuando mi padre, con su tono serio, me presentó Girls And Boys, de Blur, luego de una charla inusual en torno a mi gusto por The Black Keys, The Clash y Guns N´ Roses. Sucedieron después algunos días introspección, de desidia y curiosidad, hasta que aquella canción se volvió la primera en mi lista. Con ella vinieron otras como There’s No Other Way, Country House y Song 2, para confirmar la poca casualidad de ese puesto. Desde entonces, Damon Albarn me ha acompañado de un modo u otro —desde las caminatas a las asambleas del movimiento politécnico, las tardes de miedo, hasta las noches de soledad en el parque, con el aroma a pintura y los llantos románticos.

Con el paso de los años aparecieron ante mí, como trinchera, otros proyectos suyos —Rocket Juice & The Moon, de la mano de Flea; Gorillaz, animado por Jamie Hewlett; The Good, The Bad & The Queen, junto con Simon Tong, Paul Simonon y Tony Allen; la ópera Doctor Dee, organizada con el director de teatro Rufus Norris; Africa Express; DRC Music; y su álbum como solista—, además de sus tantas colaboraciones, de las composiciones musicales para filmes y de su bronca con Oasis. Cada cual con su esencia y su íntima sinergia. Todo ello, ayudándome a entrever de otra manera, con muchos matices, insinuando descubrimientos sobre la música, sobre la sociedad, sobre las maneras de producir y las formas de ser, sobre la amistad, sobre el amor, sobre la fama, sobre el liderazgo, la flexibilidad, sobre la vida moderna, el mundo del mañana. Casi como si aquellos proyectos fuesen más bien ventanas a otros horizontes, a la vez que eran goce y distancia.

Bajo esa tutela, dentro de ese proceso abstracto, me adentraba inocentemente en el mundo del lenguaje, del entendimiento de las narrativas, la retórica, de la alta complejidad del arte y su sustancia, sin haberlo advertido. Entonces, mientras apreciaba su música, yo dibujaba, escribía, leía, veía, admiraba, participaba y debatía en agrupaciones, y paralelamente iniciaba algunos proyectos en equipo, al tiempo en que caía en cuenta que, así como Damon Albarn había actuado en una película dirigida por Antonia Bird, también se había vuelto ya un maestro —confidente y problema— para mí, con las diversas fases de su obra y con sus múltiples personajes y voces.

Para cuando reconocí aquello, ya había tomado esas lecciones y esa inercia, esos tonos, esa sorpresa, con las cuales habría construido accidentalmente obra pictórica y literaria, y también un par de playlists, en cuya naturaleza se ocultaba una personal historia. Había ya dedicado, muy enamorado, por cierto, Black Book y The Moon Exalted —más como himnos de una realidad oceánica y mística—, por decir algunas, de forma bastante reservada, pero asimismo extrovertida. Había ya tomado esa presencia inconexa y melódica, casi fantasmal, para reconstruirme, para habitar el ocaso y el amanecer, para acotar lo caótico de lo tranquilo, atisbarme en el fulgor de otros ojos, o para observar a esas otras personalidades circular dentro de mi revuelta inconsciencia, para consolidar y reunir sucesos fidedignos y así esclarecer el presente, dentro de otras cosas.

Sin darme cuenta, los innumerables performances de aquella figura, con sus respectivos acompañantes, habían corrompido mi quehacer cotidiano. Habrían encontrado ellos, en ese resquicio —hoja en blanco— respuestas a dudas incomprensibles, preguntas extraordinarias y proyecciones mágicas, como aislamientos extraños. Ejemplo de ello pudieran ser todas las veces que reflexioné sobre dónde empezaba una identidad y terminaba otra —dónde comenzaba Gerardo, dónde acababa Ikeoner—, o las veces que me pregunté cómo podía configurarse esa aura privada en múltiples lugares y con múltiples personas y grupos —evidentemente todas con su encanto—; o cuando titubeaba entre abanderar uno u otro equipo o representarme a mí solamente, a partir de una idea: la duda de sí uno se abre al mundo, comparte sus temores, o se cierra y se protege a la vez que se diluye.

Ahora usamos en casa otros artilugios y tecnologías eficaces y rápidas. Ahora, también, mi padre se molesta cuando, al llegar del trabajo, identifica a lo lejos el coro de Man Research (Clapper) o me escucha cantando Merrie Land, entretanto cocino o pinto, o trazo o limpio. A decir verdad, no recuerdo cuantas veces he mencionado ya a mi hermano o a mi mejor amiga cuanto he aprendido de Damon Albarn, o cuantas veces, a modo de drama, he utilizado alguna obra suya, algún gesto, sea en constitución o en materia, individual o en coparticipación, para aterrizar o escudriñar un concepto —que va inclusive de lo artístico a lo arquitectónico, o de lo cotidiano a lo onírico.

Sea quizás curioso que, mientras escribo esto, al fondo se escucha Y’all Doomed, seguido de What Is This Loneliness —su colaboración con Deltron 3030 y Casual.

Fotografía por Daniel Comeche