Las cosas que no te digo porque se las come el ruido blanco

12 abril, 2021

No me he bañado en dos días. Mi casa está sola, pero los cuartos están llenos. Yo canto a todo volumen canciones inventadas sólo porque me quiero sentir en un musical.

Estoy haciéndome palomitas; canto cómo las hago. Mi abuela pone un audio de una hora de rezos a la Virgen María; supongo que así siente que pone de su parte para cuidarnos a todos.

No me he bañado en dos días y siento que las palabras ya no me fluyen. A mis ideas les da amnesia. Me lleno de cosas que antes solía decirles inefabilidad; ahora sólo son ruido blanco.

Estoy haciéndome palomitas para comérmelas en mi cuarto; te espero en mi cama, aunque sé que no vas a venir; porque no puedes, porque no se puede. Te extraño, a ti, a tu figura, a encontrarte encima mío. Extraño sentir tus manos en mi espalda; el pedazo de cielo que me obsequias con tu mirada.

Si cierro los ojos, siento el agua rodear nuestros cuerpos. Tú nadas; te vuelves agua. Le cantas a la luna en los silencios que guarda tu piel. Abro los ojos y por un segundo vuelvo a verte; vuelvo a tenerte cerca; a tenerte en las mangas de mi sudadera; a perderme en tus pestañas y en los ojos que aún no abres. Y, sin que te des cuenta, respondes mis plegarias, aunque no creo en santos ni deidades. Con voz medio despierta, me das los buenos días, pero no lo son hasta que nuestros labios no se los dan.

Si cierro los ojos aún te siento así de cerca; como aquella madrugada que me curaste el alma, trataste de enseñarme a bailar y te escuché cantar por vez primera. Si cierro los ojos aún siento tus manos buscar las mías; siento tu pierna encima de la mía y me siento como un rompecabezas que encaja perfecto en su espacio.

Cuando despierto, mi primer instinto es llamarte, aunque sé que odias despertar, y soy feliz porque eres la primera voz que escucho por las mañanas. Y extraño nuestras rutinas de ir en autos extraños mientras me pides que te despierte cuando lleguemos y yo sólo quiero abrazarte aunque sea un momento más.

Te preguntas porqué te abrazo con tanta fuerza y sólo te digo que es porque te quiero mucho cuando en realidad quise decir que te amo tanto, que hay veces en las que quisiera fundir nuestros cuerpos en un abrazo. Siempre me preguntas que qué pasa y, cuando te digo que nada, le doy gracias a los santos y dioses que tanto me aferro a omitir porque no darles gracias por ti es la más grande blasfemia que podría cometer.

Tenía dos días sin bañarme. Tengo más días cerrando los ojos, pidiéndole al tiempo que te regrese a mi pecho, a mis brazos, a mis costillas; a este cuerpo que es más tuyo que mío y que me devuelva las centellas que haces que de mi pecho broten. Tenía dos días sin bañarme y este encierro ya me duró cien años. Pero, siempre pasan mil años sin verte cualquier día que no lo paso contigo. Porque si no estás me siento un lugar común, me siento postal olvidada en un cajón, porque anhelo tanto volver a tu pecho; a mi casa.

Fotografía por Alberto Polo Iañez.