Lágrimas en satélite

Esta triste historia inició con la fantasía de poder volver a verte a los ojos una vez más. Sé que ha pasado mucho desde la última vez que te abracé, los recuerdos cada vez se nublan más rápido.

Mis ojos se han cansado tanto de llorar acostada, viendo el techo, pensando en la causa de esta eterna melancolía que no cesa. No deja de llover aunque lo deteste.

Vivo en el eterno ensueño de la neblina que baja a las 4 a.m. sobre el ventanal, sonriéndole al espejo, pensando que al caminar por el pasillo podré llamarte y abrazarte, aunque no entienda una sola palabra de lo que dices, porque el lenguaje funciona así para comunicarse y descomunicarse.

He perdido la cuenta de los días que he lamentado no haber sacrificado más para verte ese último día, para decirte que te quiero, que te quise mucho, que sé lo mucho que amabas tus árboles de manzana. A pesar de ello, en cada visita, me regalabas los postres más deliciosos.

Te recuerdo porque nadie, en su momento, pudo comprender el tamaño de mi pérdida. La pérdida que tuvo el mundo al dejarte ir de este plano insípido, el punto pálido azul, planeta Tierra, como le quieran llamar.

Hoy, después de muchos años, volví a contemplar The umber paintings de Lee Krasner, esas obras que decías eran lo suficientemente abstractas para dormirte sin necesidad de tomarte una tableta de melatonina. Esa eterna lucha de dar vueltas en la cama se disipaba.

Y de un instante a otro te perdí, para ya nunca verte más, para regresar a casa con las manos vacías, un nudo en la garganta y un océano de dudas. Que si Krasner aquí, que si Dios allá, que si la vida justa o injusta.

La fantasía termina porque es un día más, amanezco en una ciudad extraña, una mochila y un puñado de sueños que no podrás verme cumplir. Yo sé que lo entenderías, yo sé que me entenderías. Hasta pronto, hasta nunca.

Fotografía por Edie Sunday.

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