Lado B

Sumergido en tinieblas donde se dibuja lo otro,
bailas bajo olas y mantas de un raro estupor.
Has aparecido como sombra, alejada, taciturna, rebelde.
Te has distanciado del mundo para habitar un roto corazón.

Con una palabra solemne, no obstante, te olvidas del sueño.
Con otra desdoblas aquello que tiñe una canción.
Reencuentro.
Memoria.
En las pantallas celestes encierras tu encanto.
Huyes de pronto
hasta hallar en las calles el hosco presente:
refugio llameante
donde siempre es de noche.

Desde el abismo, el atisbar el horizonte
con sus efímeros abrazos.
Tus ojos son la máscara de un tiempo siniestro; aleluya petrificado.
Nadie lo entiende.
Y la existencia sucede siempre en dos o más planos: la vida y la pausa.
Hay un cártel en la luna retratando tu piel.

Ensimismado y fútil, sólo resistes la tempestad de lo soso.
Tienes miedo del dolor en torno a tu ausencia.
Todo lo pintas acaso;
dolor y nostalgia como lluvia.
Eres fachada de un laberinto latente sobre las nubes livianas,
muralla solitaria de un cosmos herido.

Sumergido en tinieblas, duermes sobre una rara metáfora.
El viaje es allí una alegoría:
la voz de alguien que no habló nunca.
Instante, sin embargo, luego llanto. Luego retorno.
Revives el recuerdo de un niño que persigue el olvido con sus manos manchadas,
y te alejas toda vez que subes al escenario para ocultar tus lágrimas.
Todos aplauden.
Pero nadie se queda.

Fotografía por Barbaros Cargurgel

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