La soledad de los desesperados

Esa tarde, el sol dejó de brillar. De a poco la ciudad fue desapareciendo. El caminar se volvió casi imperceptible y los ruidos estrepitosos callaron. Parecía que el mundo se había terminado.

Por las rendijas de las persianas se asomaban los curiosos para ver a los sin rostro que circulaban, muy atrevidos. El tiempo pasó y las hojas de los árboles cayeron, pero esta vez no tuvieron con quien jugar. El fantasma arrebató el invierno también.

Era todo tan extraño. Las calles crujían en silencio, las plazas pedían por lo niños, los mercados y las ferias exigían el caos de la gente. Pero, no se podía. Había que encerrarse. Eso se oía. Algunos locos corrían perdidos por la ciudad, pero el eco de la ciudad los devoraba. Las máscaras ya no eran suficientes para salvarse.

En esos tiempos caóticos, Michael Conroy se había quedado solo. Vivía en un viejo edificio del centro; en un departamento pequeño. Aquel día, la rutina se volvió insostenible. Había bebido todo lo que tenía, también fumado, se había bañado, regado las plantas. Los platos seguirían ahí, un tiempo más. Lo único que conservaba en la heladera era la mermelada que la vecina había dejado en la puerta.

La soledad se disimulaba en las pantallas. El mundo era ficticio. Pero, no suficiente para Michael. Algo debía hacer.

De pronto, la ventana se abrió con un golpe seco e interrumpió su pensamiento. Un ser horrible pero amable movió la cola de un lado a otro, de un lado a otro, de un lado a otro, y con el ojo bueno sonrió. Sin saber cómo de a poco se fusionaron en un baile. El hombre gato, el gato hombre. Y en un grito de libertad se escapó por la ventana. Corrió por los tejados, cazó forasteros y los devoró con placer. Por las noches, maulló hasta quedar sin aliento y, por las mañanas, regresó a dormir. Un nuevo ser renació en medio de toda la lujuria del encierro.

Sin embargo el mundo era ficticio y la soledad se ocultaba en las pantallas (porque en el fondo siempre lo sabes).

En la habitación del departamento del viejo edificio del centro, Michael liberó una vez más el veneno del cigarro. Luego, acarició lento a Conroy, que movió la cola de un lado a otro y con el ojo bueno sonrió. Afuera algunos locos circulaban sin rostro en la tierra de los olvidados.

Fotografía por Coastal Driver

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