La carta no enviada (Hong Kong no. 2)

16 marzo, 2021

Tenía en la mente escribir sobre el clima, sobre los árboles, sobre las nubes que se arremolinan encima de mí, sin embargo, creo que hay mejores temas para entablar una conversación a distancia. ¿Cuándo fue la última vez que hablamos así? A decir verdad, no lo recuerdo. Pero, me fascina este idioma. Por alguna razón, de hecho, lucho contra a la hoja vacía ahora, queriendo redactarte. Y, mientras pienso qué escribir, se escucha a lo lejos Hong Kong.

Hablando de, creo que nunca te he contado que significa esa canción en sí misma. ¿O sí? Y, si, es de Gorillaz. Escuché esa canción por primera vez hace apenas un par de años. Creo, en realidad, que la había escuchado antes, sólo que no la había habitado con esa sinergia cuya narrativa desemboca en dos accidentes: llanto y memoria. La canción habla de la otredad, del sentimiento de vacío… de cuando uno habita un lugar extranjero. Deberías escucharla. En cierta medida, creo, la canción también habla del estar solo, del ser entre la multitud, del lenguaje de las ciudades que crecen y crecen y, como las estrellas, brillan hasta explotar. Es ese el ambiente que componen las notas junto con la voz melancólica de Damon Albarn, y que asimismo da como resultado una historia taciturna.

La historia, ahora que lo pienso, tiene dos vertientes: la íntima y la universal. La intima es un ejemplo de sensibilidad, ciertamente, un ejemplo de cómo mirar el tiempo y la nada, porque al final es una traducción. Esa traducción es la que gira en torno de la otra vertiente, te digo, porque la letra de la canción insiste en criticar China a partir de un retrato natural y triste de Hong Kong. Aunque es quizás paradójico pensar que sólo sucede el relato en esa ciudad. Esas expresiones las comparten todas las metrópolis, todos sus habitantes, todos nosotros. Es por eso que la canción es cruda y solemne, pero también desgarradora y evocadora. Te decía que la escuché hace unos años, fue en una tarde de noviembre, quizás en el momento menos indicado. Estaba yo solo en la recámara, las luces apagadas, un suéter delgado. Sonaban los grillos entonces. Recuerdo que esa tarde escribí una nota que comenzaba con un «pero yo si te amaba», dibujado a mano. Recuerdo que ese día no dormí por cavilar en el tiempo, en el pasado, en la compañía. Esa tarde me sentí solo, de verdad solo, forastero dentro de un entorno común y con la mirada rota. Había pensado mucho en las ciudades, justamente, sobre cómo se expanden, sobre cómo sus pobladores dejan de soñar. Era una tarde calurosa, acotada por un aroma a desidia y lápiz. Recuerdo que aquella vez me sentí cómo el niño a quien 2D le pregunta, en un inglés bastante melodramático, sobre que está aprendiendo en la escuela. Esa tarde lloré sin querer en el último verso, cuando sucede la conclusión…

¡Hey! ¿Por qué te estoy contando esto? Mejor, cuéntame, ¿cómo estás?

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