La alegoría del silencio

Hay una historia que he repetido una y otra vez. Camina conmigo a cada reunión como carta de presentación. He volado con ella por las nubes y los bares; acomodándola por todos lados, con diferentes formas y matices. No sé cuántas veces la he cambiado, ni si se aburrieron de escucharla o si, de tanto hablarla, me he perdido en ella.

Dicen que uno se cuenta historias para encontrarle sentido a esto que no entendemos, porque odiamos la idea de no hallarle forma y, en realidad, todo es un cuento que nos contamos para sobrevivir. Nos creamos personajes y máscaras cada día, y como camaleones nos transformamos o cambiamos de colores. Encontramos máscaras que nos dan cierto prestigio, o tal vez nos brindan comodidad y predicción. Hay otras que entregan aceptación, idolatría, admiración; y también están las que nos ofrecen calma. Y así vamos, con las caras que ya conocemos, para mostrarnos y mantenernos en la sensación engañosa de ‘tener el control’ y, por tanto, el camino es confortable. Así nos pasa también con los demás, aprendemos a conocer sus máscaras y nos agrada, porque así anticipamos sus formas de ser y eso significa que tendremos algún control sobre nosotros. Estoy hablando de una idea engañosa, porque no es así, por más que tratamos de convencernos de ello. A veces nos creemos tanto la máscara que usamos por años, porque esa máscara nos ayudó a sobrevivir, la construimos para esconder en ella nuestros más grandes miedos y debilidades. Nos convencimos de llevarla con nosotros a la tumba.

Así fui. La historia que llevaba en esa máscara me brindaba comodidad, volvía mi vida manejable y eso aliviaba mis ansiedades (o, al menos, eso me hacía creer). Un día decidí quitármela: lo que vi me dejó helada. Estaban ahí, detrás, los miedos y la falsedad, egoísmo, mis más grandes vergüenzas, el temor fuerte al rechazo, lo ‘peor’ de mí; ahí estaba la Lesly temerosa que tanto me esforzaba en esconder, pero que siempre salía a la luz, en mis ojos tristes o, por qué no, en mi sonrisa perdida. No era hermosa, porque no cumplía con todas esas expectativas de lo que los demás me decían que debía de ser, o lo que yo creía que debía de ser. Al final del día, sólo era una máscara. Yo no era esa máscara y odié eso al principio, porque me esforcé tanto para sentirme amada y aceptada. Me sentía falsa, mentirosa, farsante porque no era eso.

Cuando me vi ahí, tumbada y miserable, fue en ese momento en que debía decidir entre mantenerme en la comodidad de la máscara o quitármela, aunque eso implicara incomodidad y rechazo de quienes se beneficiaran de ella. Parecía que iba a perder más si optaba por la segunda, porque era un camino nuevo, porque iba a ser una persona que no solía ser y, también, el inevitable hecho de cometer errores. El nuevo camino me aterraba, porque sabía que la única responsable de él era yo; la vida no era como la habían platicado, al menos no la que yo quería tener. Cuando empecé a construir mi camino, algunos pasaban indiferentes, otros se alegraban conmigo, pero lo más complicado fue cuando personas que amaba profundamente se paraban a juzgarlo y desaprobar los movimientos que estaba haciendo. Sabía que debía mantenerme firme y me creía incapaz de lograrlo. Aun así lo seguí construyendo.

No sé si ésta sea la forma de llevar el camino. Tal vez esté equivocada y en algunos años me daré cuenta; lo que sí sé es que las manos ya no me tiemblan tanto y que los ojos me brillan más. Hoy en día, sigo teniendo miedos, aún pienso demasiado las cosas y continuó equivocándome. Pero, hay algo que encontré, después de tantos intentos: logré verme de entre tantas máscaras, caminé sobre mis debilidades y las saqué a flote, perseguí las heridas, las sentí, me perdí en ellas. Entendí, que cuando las escuchas entre las gentes y los pensamientos, tienen algo interesante que contar. Que uno también es noche.

Qué valiente es vivirme así, quebrantada y a veces incompleta, porque no hay respuesta para todo, porque hay historias y máscaras que faltan por conocer; verme completa, aunque a veces me cueste, escucharme en las noches y vivirme enterita. Construirme la vida, salvarme, perderme y crear mi propia forma de caminar, aunque retumbe en cabezas ajenas.

Ya no cuento mi historia como una idealización, porque no estoy ahí. Estoy en los tropiezos, en la risa perdida y también en las noches interminables. Soy de los escombros, pero también de la soledad y la fatalidad. Veo lo que soy esta noche y siento una admiración por la construcción que llevo hasta ahora, porque sé que no terminará; pero me encuentro ahí. Entre las fallas y los renglones, estoy. Me han contado que uno se da cuenta cuando ama realmente si ve más allá del enamoramiento, cuando ves entera a la persona; con todos sus matices, y aun así decides amarla. Porque entiendes las irregularidades de lo que es y te hace bien, te hace crecer. Eso siento al verme, amor. Y no sé de cuántos amores me veo, pero cuando siento el mío, cuando me siento; agarro el toro por los cuernos y me aviento a la revolución, porque así me veo con más claridad, así veo todo a mi alrededor más claro.

En este silencio digo que sí, que a veces soy nada y, otras, todas las máscaras que llevo conmigo. Aunque, cada vez son menos. En este punto, recostada en mi cama y escuchando la noche, lo helado del ambiente me recubre el rostro y me retumban los oídos. Pero, estoy aquí y eso me hace sentir en casa. Todo es más sencillo cuando te ves y te dejas llevar por la sensación de existir.

Fotografía por Wang Wei

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