Guía para pasar desapercibido cuando se viaja por el tiempo

Desde el año 3026 los viajes en el tiempo son posibles. Posibles y costosos. Un viaje al río Futaleufú en el verano de 1993 para navegar en kayak y beber de sus deliciosas aguas cristalinas cuesta aproximadamente setenta mil euros. Ir al festival Woodstock de 1969, para escuchar a Santana y Jimi Hendrix, vale entre sesenta y sesenta y cinco mil euros. La agencia TimeExpress acaba de sacar un viaje a la Deutsche Nationalbibliothek de 1983, para escuchar de viva voz a Michael Ende leer su mayor obra: La historia Interminable. El paseo cuesta ochenta mil euros. Dinero que por supuesto no tengo. Afortunadamente siempre está la piratería.

Ahora, existen reglas para viajar en el tiempo. La primera y más importante es no decir que vienes de otra época. La segunda es no revelar información del futuro. La tercera es evitar contacto directo con personajes históricos. No charlar con Cristóbal Colón, Sócrates o Jesucristo, por citar ejemplos. Hay un libro como de cincuenta o sesenta reglas, los artículos que puedes traer del pasado, las vacunas que debes tener para visitar tal o cual época, no se quiere causar una pandemia que cambie por completo la historia, por lo menos no desde el incidente con los ratones en Europa.

Si alguien llegase a romper una de las reglas anteriores los hombres de gris vendrían por él. La policía el tiempo. Quiénes se encargan de mantener el orden cronológico. Ellos detectan las aberraciones de tiempo y dependiendo de la gravedad del crimen puedes ser multado, encarcelado, asesinado o desvanecido. Se creía que la peor manera de morir era ahogado, hasta que descubrieron que podían matar a alguien a los pocos días de nacido. La persona a quien le aplican este castigo se va difuminando mientras grita en agonía hasta que desaparece.

¿Han escuchado la frase: lo barato sale caro? Pues era precisamente lo que sucedió. Se suponía que estaría en la Alemania de 1983, pocos años antes de la caída del muro de Berlín. El turco que me vendió los boletos me lo había jurado por su madre. ¡Qué poca madre debía de tener!

Apenas escuché disparos me tiré al suelo. Rodé hasta una de las trincheras más cercanas. Al levantar la vista pude ver una bala grande y lenta. Comparadas con las armas del siglo XXXI las armas del siglo XX parecían tan arcaicas. Pero sabía bien que no debía confiarme. Una bala de esas, en un punto vital podría causarme la muerte. Los soldados se acercaban a mí. Vestían con mascarilla en el rostro. Una delgada gabardina color verde oscuro. Botas militares. Cada uno portaba un largo fusil con bayoneta en la punta.

Saqué mis píldoras, repasé los colores, azul para inglés, rojo para español… la de alemán es de color amarillo. La meto a mi boca y trago.

—¡Identifíquese! –me ordena uno de los oficiales. Tras la máscara su voz se escucha menos humana.
—¡Soy alemán! Soy alemán.
El hombre se descubrió el rostro. Era caucásico, de ojos azules, mandíbula cuadrada y una cicatriz en la mejilla. Si podía hacer que confiara en mí y lograr llegar a algún lugar a descansar. Sólo debía mantenerme a salvo veinticuatro horas, el tiempo que tenía el cronómetro de mi cinturón. Después de ese tiempo regresaría automáticamente a mi época.
—¿Qué está haciendo aquí?
—¿Dónde estamos?
—En la frontera con Francia, estás en la guerra mundial chico.
—¿La primera o la segunda?
Vi a lo lejos a un par de hombres vestidos de gris. Y sentí como cada célula de mi cuerpo explotaba. Cerré los ojos y lancé un aullido con todas mis fuerzas. Pude escuchar disparos, pero no los sentí. Con la piel ardiendo y los ojos perforados por mil agujas, con la nariz en llamas. ¿Qué eran unos arcaicos disparos de fusiles? Pensé en mamá. En la única vez que fui a la playa. Una tarde lluviosa leyendo, con las orejas rojas y los brazos entumidos.

Fotografía por Camerafilmlens

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