Era una vez en Austria-Hungría

28 mayo, 2021

Era lo más hermoso que había visto en mi vida. No podía dejar de mirarlo. Era el conjunto de todos mis deseos. Siempre trataba de tocarlo aunque fuera una muy pequeña fracción de su cuerpo, dándole un pañuelo o pasándole el balón, quería sentir sus manos calientes o su nariz fría. Intenté muchas veces estar cerca de él y tocarlo casualmente como si fuéramos amigos, pero no lo éramos, nunca lo fuimos aunque vivíamos en la misma calle.

Traté de ser cercano a él, pero siempre se mostraba distante, le incomodaba mi manera de hablar y que usara muchos ademanes. Sé que a veces podía ser muy escandaloso, sin embargo, el amor que sentía por él me hacia ser así. Toda mi conducta era para demostrarle que lo idolatraba, pero sabia que él nunca lo iba a entender hasta que se lo dijera directamente.

Cuando jugábamos fútbol y yo metía un gol, se lo dedicaba a él aunque no jugáramos en el mismo equipo. Lo miraba a los ojos y le brindaba una gran sonrisa. Sé que él podría interpretarlo como burla y se molestaba, pero no podía ir a abrazarlo y besarlo en ese instante ya que nos podían golpear o matar nuestros propios familiares. Siempre que me mandaban a la tienda tenía que pasar por su casa y me asomaba por su ventana para ver si él estaba. Pocas veces lo llegué a ver, no obstante, en esos instantes me imaginaba viviendo en una casa él y yo juntos, amándonos plenamente y sin preocupaciones.

Quería conquistar el mundo para dárselo a él, demostrarle que ninguna escultura griega o una pintura italiana le hacían justicia a la belleza masculina porque no lo tenían a él de modelo. El simple hecho de respirar el mismo aire cuando hablábamos con nuestras familias, en la entrada de la iglesia, me excitaba demasiado, siempre atrapaba un poco de ese aire en mi puño y cuando regresábamos de misa me iba a mi cuarto a masturbarme. Ponía la mano izquierda en mi nariz y boca, soltando ese aire que habíamos compartido unos minutos antes, mientras mi otra mano estaba en mi pene, era lo más cercano que podía estar de él. Todo mi tiempo estaba dedicado a su persona, tomaba litros y litros de leche para ser fuerte para él, leía mucho para ser interesante e inteligente para él, hacía ejercicio para estar sano por él, me vestía bien y todo el tiempo estaba limpio para estar presentable para él, cuidaba mis cosas para demostrarle que era responsable, me despertaba temprano para indicarle que siempre estaba listo para él, mi vida le pertenecía a él, pero aún no tenía la mínima idea de todo eso.

Pasé seis años planeando la forma de demostrarle mi amor, fue una tortura porque sabía que era tiempo desperdiciado. Y algo que siempre me ha incomodado es perder tiempo. Le pedí a mi papá que me dejara usar su bote un martes, ya que él y yo nos conocimos en ese hermoso lago y ese glorioso día era un martes; me volví un completo romántico por él. Cuando fui a recogerlo a su casa se sorprendió de verme, le dije que había sacado buenas calificaciones en la escuela y que mi papá me dejó usar su bote para ir a pescar, él estaba indeciso de ir, pero al final cedió, ya que le gustaba el pescado y no era mala idea comerlo en la cena.

Estuve hablando todo el camino de lo que podíamos encontrar en el lago, desde pescados hasta partes de una avioneta. Él, poco a poco, se fue relajando y se podía ver en su rostro que confiaba en mí. Algo que nunca llego a mostrar antes. Nos subimos al bote y empecé a remar hacia el centro del lago para tener una gloriosa vista, mientras él iba preparando las cañas. Se mostraba un poco tímido, sin embargo, empezó a contarme acerca de como su familia cocinaba y que tal vez un día podría ir a cenar a su casa para que probara la comida de su mamá. Mencionó ingredientes y especias que yo no conocía. Se burlaba de mí cuando le hacía muchas preguntas acerca de ello, pero verlo sonreír y que me mirara directamente a los ojos me hacia inmensamente feliz.

Cuando sumergimos las cañas, empecé a decirle que lo consideraba una buena persona y que podíamos ser grandes amigos por toda la vida. Él asentía con la cabeza. Después de pescar nuestros primeros pescados me atreví a darle un regalo, una barra de chocolate que él se devoró. Y me pidió disculpas por no compartirme. Me dijo que el chocolate era una de sus cosas favoritas. Me empezaron a sudar las manos. Sabía que era el momento de decirle todo, ya que no podía contenerme más, así que lo miré fijamente y le dije: «no sé que vayas a pensar, pero ya no puedo callarme más. Hace seis años nos conocimos en este mismo lago y desde entonces no dejo de pensar en ti. Sé que no somos cercanos, pero en realidad siento que te conozco. Tú y yo podemos hacer muchas cosas juntos, andar en bicicleta, jugar fútbol, pescar, probar la comida de tu mamá, ir a correr, tomar clases de pintura, ir a nadar, escuchar la radio y comer todo el chocolate que queramos. Tu y yo podemos tener una gran vida, ser felices… Juntos, vivir juntos. Quiero hacerte feliz, sé que puedo hacerlo, trabajaré mucho para que podamos tener una buena vida…». Él me interrumpió y me dijo que no estaba de acuerdo, que no era correcto lo que yo pensaba y que era mejor dejarnos de hablar. Agarró los remos y empezó a remar muy rápido. Yo le seguía diciendo que no estaba equivocado, ya que había dedicado mucho tiempo en nuestro plan y que podía funcionar. Él seguía callado y estaba muy enojado, y confundido, quería llorar, pero no me lo permití ya que no quería arruinar mi última oportunidad, si es que la tenía. Cuando llegamos a la orilla del lago, él se levantó bruscamente y, antes de que saliera del bote, lo agarré por el brazo y le dije que lo amaba. Él me miró, desconcertado, y se fue corriendo a su casa. Yo me quedé en el bote con pescados muertos y la envoltura vacía y arrugada de ese chocolate. Nunca había sentido tanta tristeza. Estaba desesperado. No sabía como reaccionar y sentía que todo era nuevo para mí. No quería seguir en ese bote, pero no tenía a dónde ir para aliviar mi sufrimiento y mis piernas no me respondían, ese rechazo me entumeció. Estuve ahí sentado por dos horas, pensando. Me fui de ese lago con un nuevo objetivo, que no sabía si iba a poder lograrlo en un futuro, sin embargo, esa tarde de un martes mi vida cambió.

Años después, mientras caminaba por Treblinka, vi a un hombre que se parecía a él. Le pedí a un guardia que lo llevara a darse una ducha y que lo vistiera con ropa limpia porque él iba a llevarme mi cena esa noche. Cuando llegó a mi oficina, sosteniendo la charola donde estaban mis alimentos, le pedí a mis guardias que me dejaran solo con él. Ellos temían por mi seguridad, pero les dije que había matado miles de personas y que ninguno de ellos me iba a matar, y menos él. Los guardias y yo nos reímos, se fueron y él se quedó paralizado a lado de mi escritorio.

Cuando nos quedamos solos, le empecé a contar acerca de esa persona que había conocido en mi juventud y que se parecía mucho a él. Cuando terminé mi cena, me levanté y me puse muy cerca de él, lo miré a los ojos y traté de calmarlo con mi mirada, quería hacerle saber que ese joven romántico aún vivía en mí. Por un instante, lo vi a él, al amor de mi vida, e hice lo que no pude hacer ese martes en el lago: lo besé. Lo agarré fuerte de la cara y lo empujé hasta la pared, lo deseaba desenfrenadamente, le pasé mi lengua por sus labios, le besé las mejillas, le lamí el cuello, le acaricié el cabello, le mordí los labios y dije su nombre varias veces. Al final, me quedé recuperando mi aliento, reposando mi cabeza en su cuello y, por última vez, dije que lo amaba. Me alejé de ese hombre que no era él y me fui de ahí. No lo volví a ver. Esa noche dormí solo, lloré por horas, me masturbé como un adolescente y gritaba su nombre mientras me tapaba la boca con la almohada para que no me escucharan.

Ahora estoy en este edificio, escuchando los tanques del enemigo que cada vez se acerca más. Estoy con una mujer, quien se convirtió en mi esposa hace unas horas y a quien nunca amaré como a él. No sé si aún está vivo, pero hice todo lo que pude para conquistar el mundo y demostrarle que podía habérselo dado a él. Pero, no me amaba. Y así como puedo amar intensamente también puedo odiar salvajemente. Pensé que todas esas muertes ayudaban a matar su recuerdo, pero estaba muy equivocado. Este amor trastornado me está impulsando a dejar estas hojas a lado de mi cuerpo sin vida para demostrarle al mundo que él fue la única persona que amé y que, hasta el día de hoy, es lo más hermoso que he visto.

No sé si sigues vivo. No sé si vas a leer esto algún día… No sé si comerme estas hojas para que nadie se entere de esto. No estoy seguro de casi nada en este momento, pero te sigo amando. Seguiré diciendo tu nombre, ya no tapándome con la almohada sino poniendo una pistola en mi boca.

Siempre tuyo, A. H.

Fotografía por Lúa Ocaña.

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Quiero tomarme una taza de café con todo el mundo y tener una buena plática mientras pongo música en mi celular.

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