Él de papel, ella con alas

Cuando él se fue, ella se preguntó: ¿Y si regresamos el tiempo? ¿La tinta volvería al tintero? ¿La bala disparada volvería al arma del francotirador? Las memorias se borrarán y la planta que sembraron juntos en el jardín, ¿dejaría de existir? El vaso de vidrio que se rompió cuando él se fue, ¿estaría intacto? Los besos que se dieron, ¿se desharían? Y las palabras dichas, los abrazos y las ganas, ¿a donde se irían?

Él construyó un barco de papel en el que navegaron juntos, 

pero las olas del mar no fueron suficientes para llegar hasta donde querían.

Él se volvió recuerdo, ella se volvió estatua de sal. 

Los sueños no les alcanzaron para construir una realidad donde pudieran quedarse.

El suéter que él le regaló estaba en el cajón, junto con las palabras no dichas.

El cactus que ella le regaló el día de su cumpleaños, se secó junto con las lágrimas reprimidas.

 

Los días pasaron, tres eclipses y un verano.

Su recuerdo permaneció en los lugares que visitaron, 

en el lago, en la heladería, en el cine. 

Él se quedó en el cabello de ella y ella en las manos de él. 

Lugares distintos, personas distintas, ciudades distintas. 

Una y otra vez volvían al recuerdo del otro.

 

Las memorias seguían en la piel y las cartas en el cajón.

La canción que era de ellos seguía sonando. 

Las fotografías del edén de Bernardita Morello colgaban de la pared.

El gato blanco en la ventana y las mariposas de colores.

 

Y entonces apareció un paisaje

Un paisaje infinito, intacto, genuino. 

Un paisaje que solo le pertenecía a ellos.

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