El arte del engaño

12 septiembre, 2021

Las diez y cuarto, el polvo en el sofá ya habla de una ausencia presente que, pese a las previas acciones, decidí creer que estabas ahí. Sentado. Estaba desprotegida por elección, esta vez fue así y eso tal vez será mi pena, la decisión de crear apertura a un espacio inexistente, que no supiste ocupar. Creí que lo sabías, tal vez tú también lo creíste; pero esa vez, cuando descubrí que desechaste tan fácil las caricias que te regalé, entendí qué tal vez la ecuación era distinta y el resultado igual. La forma que tomaste cada vez que te veía luego de meses, cada vez diferente, y de alguna manera me atraías como una rata cayendo en la trampa, creía que tus palabras me decían la verdad; ahora veo que sólo decían la tuya. La de saberte amado por mí de nuevo, tal vez ansiabas recuperar el poder que al principio te otorgué, la embriagante sensación de sentirte deseado incondicionalmente. Ni siquiera veías a mis ojos, solamente veías a través de ellos y pequé de ilusa por creer que esta vez sería diferente.
Lo supe también por lo rápido que tus ojos me suplantaron por una nueva visión, tal vez se aburrieron ya de lo predecible que eras al verme a mí. Es duro darte cuenta que no fuiste tan especial como alardeaban tus más profundas necesidades, pero más duro creer que había alguien ahí, cuando en realidad nunca lo estuvo; te escuchaba presumir de tu capacidad por comprender las relaciones abiertas, pero qué locura, cuando vi que al sólo minuto de encontrar un remplazo decidiste distanciarte, ser indiferente, de pronto todo aquello que jurabas sentir se esfumó, ¿sabes por qué? Porque no existió.

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