El amor roto

20 marzo, 2021

Hoy estoy pasando por uno de los momentos más complejos de mi vida (iba a decir complicado, pero la verdad decidí omitir esa palabra, más adelante entenderán porqué). Hace algunas semanas que México está parcialmente paralizado, y digo parcialmente porque entre la actitud de Juan Camaney de mucho paisano: “pos de algo me he de morir” y de todos aquellos que no pueden darse el lujo de guardarse porque deben llevar sustento a sus hogares día a día o forman parte de los grupos básicos de necesidades: limpieza, alimentos, salud, entre otros; el resto estamos confinados en nuestras casas en una especie de class privilege. 

No obstante, hay de class privilege a class privilege, y es que para muchas mujeres hacer cuarentena con sus bendiciones es una olimpiada para la cual no hubo tiempo de entrenamiento ni preparación, es más bien ahora una suerte de The Purge, escondiéndote en el mejor sitio: el baño, el patio, el cuarto, hasta pidiendo viada en casa del amigo de confianza. En mi caso, ha sido un reto lidiar con una toddler que está dejando la teta (el drama del adicto), un trabajo full time (que en un principio no era full time, pero ¡meh! 30 minutos trabajo y otros 15 minutos tengo que ir a su petit carpa a jugar, 30 minutos trabajo y 20 de llenar la piscina inflable, así hasta las 12 de la noche) aunado a mis propios dramas personales.

Es en esta salida del freeway (dramas personales a la derecha) que arranca este texto.

La cuarentena no sólo vino a poner en tela de juicio a nuestro frágil sistema comunitario, ese que en muchos casos es un utopía (o distopía para los imperialistas) desde nuestro actual sistema económico y de socio-convivencia, sino también a toda una sintomatología de nuestro frágil sistema emocional, específicamente ese que tiene que ver con las relaciones afectivas.

En el acontecer de nuestra cotidianidad vemos anestesiado o medianamente anestesiado nuestro rompimiento interno y qué es que los placebos están a la orden del día: fiesta, aplicaciones de citas, drogas, etcétera. También es cierto que hay verdaderas medicinas para el alma: familia, trabajo que nos gusta hacer, amigos y amigas divinos y sin duda algún buen terapeuta; sin embargo hoy por hoy nos toca estar encerrados con nuestra alma y que diosito nos agarre confesados.

Me ha tocado ser la paciente y la terapeuta en estos días de confinamiento, me ha tocado mentar madres y echar una lagrimita que nomás sirvió de aperitivo para mi cachete (menos mal, porque hubo una época en que mis mejillas parecían pub inglés en viernes). Y es que a uno le da duro acordarse que está ligeramente muy roto. Luego me da duro acordarme que ESTAMOS ligeramente muy rotos.

Tratare de no detallar mucho en mi historia personal, pues porque penita, bueno, más bien pudor emocional, pero creo que es una buena base para intentar explicar varios puntos. Estuve casada 8 años con un artista plástico (pintor y grabador básicamente). Tengo que confesar que el comienzo fue una bomba de emociones. ¡Santo dios! Eso que sentía era mi pecho revolucionado: dos personas dispuestas a compartir sus dimensiones más íntimas. Se sentía como explotón de rola en un rave (jajaja que ruca me sentí describiéndolo así), no había que esconder el interés, no tenía que dudar si quería verme o no, no dudaba en querer verlo o no, ni siquiera es que pensará en hacer una vida con él; es más, ni siquiera sabía si quería ser su novia “formal” (¡futs! que palabra tan horrible, forma=formato: pase a la ventilla 3 por el sello para formalizar). Pongan atención a esto porque en esta sociedad la palabra formal está cargada de una obligación moderna (modernismo), neo luterana, cristiano protestante, capitalista y jodida, y sí, mis queridos lectores, nos pasaron a chingar a todos en diversas latitudes y dimensiones.

No, no me malinterpreten el compromiso emocional que adquirimos hacia otra personas es sagrado, consensuado y debe funcionar en equilibrio, porque hay uno que otro/a mal parido/a que se esconde detrás de su anarquismo de caja de Chocokrispis para acumular cuerpos sin responsabilidad emocional, y eso es muy capitalista y neoliberal, así como cuando expropian el agua o los recursos de una comunidad en beneficio de una trasnacional. Be careful cómo usan los conceptos, no vayan a quedar como idiotas.

En fin, el caso es que esto que yo sentía no era formal, sino legítimo, lúdico y honesto, quizá por eso era tan deseado y se sentía tan bien; no era mi obligación, no había dudas ni deudas, no tenía que pasar a la ventilla 3. Esta nueva conexión se sentía como cuando estás en la preparatoria y deseas cambiar el mundo, pero, claro, luego terminas la universidad y entras a tu primer trabajo y el sistema formal ya te jodió. Lejos estábamos de ser perfectos. De hecho, él desde hace algunos años lidiaba con temas de salud, pero por favor, ¿acaso no todos tenemos derecho a la felicidad? Nuestro corazón no era fascista ni totalitario (o al menos eso creíamos), nuestro corazón no era excluyente como lo son los sistemas que aniquilan, esconden o ignoran  lo diferente, el problema es que no nos habíamos dado cuenta que ya estábamos en un campo de concentración y, lo peor, es cada uno de nosotros ya cargaba su propio fascismo emocional. El fracaso estaba anunciado.

Así comenzamos la aventura de querernos en tiempos cristianos protestantes. Poco a poco el explotón de tacha se convirtió en obligaciones institucionales. Nos queríamos, vaya que lo hicimos, nos quisimos hasta poner en duda nuestra propia cordura. Pero, había un pequeño problema: nos dijeron desde chiquitos que la familia es la institución base de esta sociedad. ¡Pucha vida que culpa tenemos de eso! Que culpa tenía él o yo de que a algún mentado se le haya ocurrido llamar institución al amor.

Así que bajo el mismo parámetro institucional que se usa para organizar la educación, el trabajo, la política, la producción de bienes y servicios debe de igual forma estar organizado el amor (bajo estos términos la locura pesa y duele mucho, muchísimo).

Así, pues, la convivencia diaria se convierte en una especie de fábrica de bienestar que constituye después el mercado de la sostenibilidad emocional. Una especie de intercambio para el cual no todos tienen los mismos recursos, y desafortunadamente no todos estamos dispuestos a aceptar cuando se pone de más o de menos, y por si fuera poco, para las mujeres es aún más complicado porque no sólo debemos saber operar la maquinaria sino también cuidar y limpiarla. Aunque parezca irónico, los humanos somos sumamente imperfectos en una maquinaria que demanda producciones perfectas.

El problema no era mi amor desbordado por el artista, el problema no era el amor loco del artista desbordado por mí. El problema era que la fábrica de bienestar no podía operar bajo condiciones tan desiguales, pero lo más pinche es cada quien, además, traía su propia versión de insumos, por supuesto insumos que se gestaban desde ese personal fascismo emocional, desde el you must.

Desde el sistema cristiano protestante aka capitalista, aka Babylon System, la aceptación viene desde resultado y no al revés: aceptarnos como somos para generar mejores resultados. Pretendemos lidiar con los defectos de las personas pero siempre esperando resarcirlos una vez ligados a tu propia línea de ensamble (expectativas le llaman en algunos ranchos).

El problema no es fracasar en una relación como persona, sino como empresario: no valía lo suficiente, me desecharon-reemplazaron, y todo lo que invertí en ti dónde está. ¿Dónde está la ganancia? ¿O cuáles fueron las pérdidas? El amor roto no viene del espíritu, sino del negocio.

El artista y yo sorteábamos las olas entre el deseo, la música, el arte, el cariño, los sueños, la ansiedad, el miedo, la locura y la incertidumbre. Los momentos en los que más felices nos sentíamos era cuando compartíamos el amor por la belleza de algo: un cuadro, una rola, una película, un libro, un lugar. Pero, en cuanto pasábamos a la fábrica del bienestar, todo se ponía feo. Al final ni todo el amor ni todo el cariño evitó rompernos en 1000 pedacitos. Al final, las expectativas protestantes superaron el camino del Lila*.

*La palabra sánscrita lila significa literalmente ‘pasatiempo’, ‘juego’ o ‘diversión’ […] El Brahman es plenitud absoluta, y decir que el Brahman tiene algún propósito en crear el mundo significaría que mediante el proceso de creación querría lograr algo que no tiene. Y eso es imposible. El Brahman no puede tener un propósito al crear el mundo. El mundo es una mera creación espontánea de Brahman. Es un lila, un juego del Brahman. Se crea de la dicha, por la dicha y para la dicha. Lila indica una actividad lúdica espontánea del Brahman, a diferencia del esfuerzo volitivo consciente. El concepto de lila implica libertad y no necesidad.

[Por cierto esa descripción de Lila la saqué de Wikipedia. Dicho esto y casi como con una especie de culpa por no usar el sistema APA, seguimos].

John Dewey decía que vivimos en una época donde se compartimentan los aspectos o fases del trabajo, en la cual las personas no reconocen experiencias significativas y satisfactorias. En las sociedades industriales, la acción, la emoción, la percepción y el pensamiento están separados uno de otro, están separados de los sentidos y por lo tanto los sentidos separados unos de otros.

Las posguerra es el statement de la división del placer, el juego y la responsabilidad. El babyboomer nos enseñó que el trabajo duro y el sacrificio son la puerta al paraíso, tengo mi propia conclusión al respecto, pero prefiero que ustedes hagan la suya.

No. Tampoco estoy diciendo que no haya parejas felices, al contrario creo que muchas han logrado compenetrarse en el pensamiento lúdico de su relación, como una especie de disidencia inconsciente, aunque dicen que en el inconsciente no hay azar.

Por ahora, prefiero auto-proclamarme anarquista. Entiendo el término como la creencia en la libertad individual y en la autonomía del sujeto, capaz por sí mismo de autorregularse, pero  estableciendo lazos cooperativos en el seno de la colectividad, es decir, el anarquismo como acto comunitario y de empatía: relaciones afectivas desde el bien común, desde la responsabilidad emocional y desde lo lúdico. Claramente esto es un reto, porque no olvidemos que estamos locos y rotos, que nos educó el sistema y que estamos llenos de demonios.

«No hay acto más revolucionario que el que haces sobre ti mismo: es decir el auto-cuidado y el de tú comunidad inmediata».

Fotografía por Francesco Sambati

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Soy Diseñadora Industrial, pero desde hace 9 años me dedico a la museografía principalmente de exhibiciones de ciencia o historia, así que hoy por hoy me hago llamar museográfa. También imparto clases de Diseño en la UAM-Cuajimalpa. Tengo diversos intentos de proyectos de difusión del diseño como herramienta de cambio, así que pues seguimos trabajando. Soy mamá de una niña de 2 años y bueno esa es una labor muy grande, creo que lo bonito de mi maternidad es que no lo veo como una obligación (claramente es mucha resposabilidad) sino como un lugar de encuentro que funciona en distintas dimensiones para mí espíritu.

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