Diario del bucle de las maledicencias

31 mayo, 2020

Esta fue la muerte más extraña que he tenido.

Por alguna razón, habíamos coincidido en un restaurante, pero tú no te habías dado cuenta de mi presencia, como siempre. Era entendible, porque ambos estábamos con nuestra familia y honestamente, pienso que siempre he sido una especie rara de fantasma para ti.

No estábamos tan lejos, de hecho. Solo que yo me encontraba a tus espaldas.
Y aun así, volteaba tratando de buscarte la mirada. Pero seguías en lo tuyo.
Decía: «mmm ok».  De pronto comenzabas a carcajearte y recuerdo haber volteado enseguida.
Entonces, sentía la presión habitual de mi familia cuando se enteran que algo me interesa. Comienzan a invadirme con preguntas incómodas y a tirar comentarios sarcásticos acerca de mi mal manejo de los nervios. Ahora que lo pienso, es una constante muy incómoda.
Me jode que cuestionen las decisiones que suelo tomar, principalmente porque siempre me pongo a darle vueltas a todas las posibilidades. Se combinaba esa sensación de impotencia absurda, autosabotaje y los nervios que siempre tuve al hablarte. Luego, finalmente lograba deshacerme del pánico y cuando me levantaba para saludarte, ya no estabas.

Otra constante en la “vida real”.
Siempre reaccioné demasiado tarde. De haberlo hecho en tiempo y forma, aquí estaría, tan entusiasmado como tú por la nueva aventura que te espera ahora que partirás a Estados Unidos.

En fin, sólo habías ido a lavarte las manos, eso era lo que escuchaba. Así que aprovechaba tu ausencia para tomar tu celular, nomás para que me pelaras. Lo raro es que, al parecer, nadie en tu mesa se daba cuenta de eso. Enseguida me quedaba frío porque había encontrado algo entre tus notas.
Recuerdo haber leído cosas, las cuales no me atreví a decirte cuando te conté por primera vez este sueño.

Desde que te conocí, pasé mucho tiempo con extrañas úlceras en el corazón y sudor frío por todo el cuerpo, a causa de la incertidumbre provocada por no saber tus pensamientos sobre mí y por tus ausencias, respectivamente.
Tu presencia en mis días se convirtió en una de las más bellas sensaciones de toda la vida. Solía sentirme como niño comenzando a descubrir el mundo.

Todo de ti me pareció increíble.
Lo que hay en ti, inverosímil. No tienes prejuicios, ni amargura o resentimiento. Pareciera que te reinventas cada cinco segundos.
Eres tan pura que suelo asociar tu inocencia con la de un infante, al que, al final, le fascina hacer travesuras y deleitarse con las inesperadas e inconexas situaciones de la vida, para terminar con una metamorfosis espontánea en la que aparece de repente esa mujer increíble que encuentra pleno sentido en todo y una belleza profunda en cada rincón del espacio.
Lo aprendí de ti.
Me enamoré de tu andar por las salas del museo; la forma perfecta de tu sombra; lo delicioso de tu perfume, tan rosa, tan dulce, tan suave, tan natural. Siempre busqué tocar tus manos, abrazarte o sonrojarte, para llevar conmigo algo de esa esencia hasta el final de mis días. Soñé. Y mi habitual utopía, siempre versó sobre ti confesándome tu cariño; sobre nosotros en el mar, el parque, el cine; en la calle, en la casa o en la cama. Siempre anhelé con la más profunda fuerza de mi alma encontrarte un día y escucharte decir “te amo”.

No pasó.

Más tarde que temprano, me di cuenta que no eres fan de ese tipo de ciclos. Vas recorriendo el tiempo con una energía y fuerza tan maravillosas que, pensar en detener tu divinidad es un sacrilegio. A pesar de eso, eres débil ante el cariño. Pero, lamentablemente, como es costumbre mía, también a eso llegué tarde.

Entonces encontraba entre tus notas del teléfono, algo que parecía ser tu diario virtual.
“Me encanta este wey, quiero que nos enamoremos más, porque sé que somos el uno para el otro”. Mientras leía, comenzaba a pensar que tal vez podrías llamar a la policía y acusarme de robo.
¡Qué miedo!

Es decir, sé que realmente provoqué todo eso. Sé que en algún punto, mis atenciones, nuestro tímido contacto y los interminables cumplidos surgieron efecto, pero, siempre viví aislado de este mundo o de esta realidad. Tal vez porque me aferré solo a tenerte, tal como quería.
Sé que encontré tu debilidad, la toqué, la hice explotar. Sin embargo, me es bastante habitual darme por vencido, justo en el momento en que estoy a punto de abrir las distintas cajas de Pandora que encuentro a lo largo de mi vida.
Aún me pregunto si algo más allá de mi voluntad me impide hacerlo. Puede que, sin saberlo, me esté salvando de catástrofes más grandes.
Pero, ¡qué digo!
Mírame aquí hablando de realidades que no existen, de contextos que no llegan.
Pareciera que el sueño está aquí y ahora, mas no en mi subconsciente al dormir.
Sea cual sea la realidad en la que me desenvuelva, ahí estás tú y eso es lo más hermoso y aterrador.

Entonces volvías a tu mesa, sin darte cuenta que tu teléfono no estaba. Y seguías en tu onda. Mientras tanto yo ideaba cualquier cosa para poder regresarlo, haciendo como que nada había pasado. Se me ocurría ir al baño y casualmente pasar por tu mesa para aventar el dichoso teléfono. Pero la idea era demasiado estúpida porque, el teléfono originalmente estaba justo en la mesa, al lado de tu vaso con agua.
Me hacía wey, corría al baño y un niño que estaba en tu mesa me seguía. Justo en ese momento, al restaurante entraba un grupo de gente, que eran amigos en común de nuestros padres. Cosa imposible, porque parece que somos de distinto planeta. Ahí fue cuando comenzaba a tener miedo de verdad.

Estaba lavando mis manos y entraban conocidos míos, pero era gente que no frecuentaba desde hace años. Temía que, por lo mismo, hicieran demasiadas preguntas. Luego, me miraba al espejo y en ese momento escuchaba la voz del niño que me siguió, diciendo «ya te acusé con Rahon».
Volteaba y el morro estaba detrás de mí con su carita de enojo y decía «sí vi cuando la tomaste». Curioso porque enseguida miraba mis manos y ya no tenía el teléfono, sino una libreta muy bonita, de pasta negra y algunos vivos color rosa, con los bordes de las hojas en morado. Ese era el diario, que probablemente quise imaginar de otra forma para evitar la culpa.

Luego aparecías en el baño de hombres.
Comenzabas a gritarme. Y solo recuerdo haberte escuchado decir que en esa libreta escribías cosas acerca de mí y que fue demasiado ojete de mi parte haberlas leído. Me decías que había sido una broma de muy mal gusto y comenzabas a decirme cosas que no escuché porque estaba en shock.

Después fue cuando te miré a los ojos. Los tuyos comenzaron a llenarse de lágrimas; los míos a sangrar, cada vez más, conforme mantenía mi mirada.

El lugar se había ampliado de repente. Era un gigantesco coliseo, con azulejos por todas partes. Me deslumbraba y aterraba más todavía porque parecía que todos volteaban a verme ahí, debajo, como esperando que salieran los leones a despedazarme y comerse mi carne lentamente. Huesos quebrándose, el sonido de los leones masticar y al unísono, mis gritos desesperados de intenso dolor, alimentando el morbo de los presentes.

No fue tan sangriento. Simplemente corría, tropezaba y caía al vacío.
No dejo de suponer que, probablemente a aquél niño, con esa mirada tan peculiar, le habría gustado ver la escena del coliseo. Lo sé porque, en el fondo aún pienso en ti como ese niño. No por nada sus ojos eran tan brillantes y llenos de pasividad. Era él, eras tú, el infante al que le provoca un placer gigante presenciar finales inesperados.

Miraba hacia donde estabas, todavía llorando, y gritándome «qué decepción, Orozco. Ahora irás a donde perteneces».

Sueño, proyección de la realidad o la verdadera realidad, tal vez.

Una cosa es cierta: que, dentro de todos los mundos y realidades posibles, siempre me quedo con algo tuyo, que es eterno sí, pero más espantoso que agonizar mientras devoran tu cuerpo.
Me destroza muy lentamente, al paso de su eternidad.
Soy coleccionista de tus adioses.

Fotografía por Thomas Listl

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *