Tantos instantes en la vista,
se desdoblan.
Tantos rotos sueños
acarician la rutina
con sus sombras
y luego,
luego
esas pesadillas
donde bailo
cuando me cansa el viaje:
el pesado oleaje
de crecer
entre espinas
de cristal
que no van a ningún lado.

Lloro mientras cambio de paraíso.
Se encienden las luces de un anuncio.
Aparece una imagen recurrente:
el mar que se incendia
por horas
dentro de mí
silenciosamente.
Mira, danzan pingüinos sobre concreto fresco, dice alguien.
La misma respuesta sale de mi boca:
«no sé qué pasó, yo sonreía».
Pero, me he despertado.
Y sobre mis manos se mueven figuras de vidrio.
Nada es real, digo a mis adentros. Sólo imagino.
Imagino este cansado vaivén de asfixia.
Corta mis alas, por favor, córtalas, alguien habla.
El auxilio fugitivo, escucho a la distancia. Me pulsa el cuerpo.
Anoche alguien llamó a mi puerta.
Me dio un beso,
como pretendiendo curar
todo el ayer que cargo en la mirada.
No puedo más, recuerdo haber dicho.
Luego, sólo silencio
.

Tantas fisuras en la palma,
caminan en círculos mis pasos adormecidos.
Tantas huidas voraces
se dibujan
allá afuera
pretendiendo no hacer daño;
tantos años,
tantas horas,
tantas promesas
pasan tan rápido,
pero se repiten. Y se repiten. Y se repiten.
Aprendimos a olvidarnos.
Esas confabulaciones continúan.
Ellos
sin embargo, siguen de pie
sólo por seguir
la inercia
de todo lo demás.

Estoy quebrado, le digo al espejo.
No encuentro cobijo ni lamento,
tampoco salida.
Ya no puedo con ese peso, grita mi cuerpo;
se mece entre el agua como cayendo.
Como una carta de amor.
Soy asfalto viejo.
Resisto. Esta es la cima.
Quiero salir.
Es el comienzo.
No se incendia el mar aún
.