Como la primera vez

El reloj se suspendió de nuevo al verla a ella entre esas cortinas de luz amarilla que matizaban su rostro, al sentir sus labios con sabor a café acaramelado, tan suaves, tan macabros; al oler su aroma a mujer, con su perfume eximio y cansado, y al observar, a ratos, sus ojos inciertos apuntando a cualquier lado, con una mirada de alarido tesón, de libre deseo, de arcano entendimiento, de mágico encanto.

El sistema se encendió etéreamente, al atisbar su tersa mano, tan ofusca, la cual guiaba a la mía, haciendo un recorrido transitorio por sus finas texturas y aquellos pequeños pero significativos lunares, en cuya profundidad se escondían todas sus pesadillas. Volcamos ambos los segundos en un ir y venir de repleto silencio, haciendo pausas inexorables a las que, de repente, se asomaba un irreconocible sonido, parecido al chiflido del aire.

En su cuello, en su pecho, en su vientre, en sus piernas, en sus hombros y sus tobillos, sin un orden establecido, paseaban nuestras huellas, entretanto navegábamos sin un rumbo por una sombra incólume, creada por la fusión de dos ideas. Descubríamos los hostiles paisajes al pisar, con nuestros humeantes dedos, maravillosas dunas de madera, estrellas en la arena, capturando el alma que se nos salía apenas exhalábamos siquiera. Ubicábamos apenas tierras ajenas, aprovechando ese lento segundo, al tiempo en que un asiduo tesoro, tras un diminuto instante de pena, nos exhortaba a callar y apreciar la gota que caía de mi frente a su espalda leve, desnuda.

Nunca fue tan deprisa. Tampoco fue jamás tan despacio. Aquello era una invitación a habitar el espacio vacío, a recorrerlo, a conocerlo, a sentirlo, a encontrarlo. Los minutos pasaron como las caricias por nuestros cabellos alborotados y el albar de la hoja en nuestras plantas ya húmedas. Esas manos, debo aseverar, siguieron recorriendo, suavemente y sin querer, el trecho entre dos puntos, a los que unía con una recta línea una palma desenvuelta, seguida de un golpe tosco que pintara en ese lienzo una mancha rosada, abstracta y crasa. Mientras, otras imitaban el noble experimento, configurando un dibujo secreto, tan lúdico y a la vez tan siniestro, emulando pinceladas detalladas, llenas de un color cuesco.

La luz se evaporaba. La espesa bruma subía y subía. Bajaba. Jadeaba. En la habitación un ávido calor existía sólo cuando no lo mirábamos y ruborizaba a cada uno en nuestros adentros, tan abiertos. Como si nos retratara despacio, con una envidiable calma, tan distinta a nosotros que jugueteábamos ya, dispuestos a empatar, en cualquier caso, con el primitivo pecado.

Colisionaron, entonces, nuestras sensibles fibras, sueltas. Se contorsionaron. Se desfogaron. De arriba abajo y de derecha a izquierda, con pronunciamientos iracundos. Concluyeron su ciclo. Comenzaron de nuevo. Crearon nuevos universos de sus fragmentos volátiles, con una emoción liviana pero profunda, ante la cual gemíamos, precisamente, al emitir enunciados románticos y ceder ante lo efímero de nuestras insensatas fases carnales.

Calaba el clamor de un eco fuerte, entrando en nuestros poros, como si inyectase en nuestra sangre inquietudes vacilantes y adrenalina. Era eso un fuego caliente que, por extraño que parecía, a ratos carecía de oxígeno, vital en nuestros cuerpos pueriles, tan imperfectos.

Nuestras sutiles fragancias construyeron selvas en sabanas y dotaron de poesía a la distorsión de una forma cambiante. Era la pretensión de fundir dos pasados en un presente largo y movido, transfigurado. Plaz, plaz, plaz, podía escucharse, al tiempo en que un par de labios se mordía, conminando sus principios morales. La estructura de una danza entretanto probó la oscuridad del otro, a través de una mirada siempre picara y sórdida. Por un minuto, naufragamos en nuestros océanos, conmovidos por la brisa del viento, y de la luna que, con sus encantos, conducía olas gigantes para demostrarnos su poderosa naturaleza, ante la cual entrabamos sin saber que nos alimentaríamos de ellas más tarde.

Desaparecieron las cuatro paredes ante nuestros rostros fatigados, llenos de vida, de sensual aprecio, apenas dijimos frases cualesquiera al oído, y robábamos, enamorados, viscerales, aquello innombrable. Gemidos en algún lugar se escondieron, con una gala insospechable, placentera, camuflándose con la música de fondo, la cual actuaba de telón incendiario. Tuvieron significado, por tanto, todas las palabras que se guardaron, apretujando con sus uñas las pieles evanescentes, y sucedieron ante nuestros ojos todos los sonidos faltantes cuando, ciertamente, nos reconocimos en el fulgor de un dinámico espejo, que fuera más bien el cuerpo del otro haciéndose propio.

El reloj se detuvo para verla a ella hecha nudo a la vez que flotaba en las galaxias inscritas, con suma inocencia. Se suspendió de nuevo al entreverla bajo esa luz amarilla, ante la cual tomó ella su candente mano, como la primera vez, para guiar a la mía.

Fotografia por ecka’s echo

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