Ciudad de los animales

17 abril, 2019

En el momento de la derrota, lo único que quedaba era dormirse en sus laureles. Disfrutar de su intento fallido, de sus sueños frustrados que desvanecían su reconocimiento. Cerdo solitario que observa desde su ventana el caos que ha desatado. El Buey se dispuso a concretar su plan, el tiempo transcurría lento como para alguien que está esperando algo. Ahora vivía en una comuna de perros, naturalmente no comía carne y preparaba la forma para acabar con el Cerdo.

La guerra duró varios años de perro y tras la debacle de la industria, el Cerdo logró posicionarse como la principal fuente de ingreso para la ciudad. Subió a un guacal para llamar su atención, con un martillo y sus cuernos hizo sonar una puerta de metal. Las hormigas se juntan bajo sus pies, caminan levantando “n” veces su peso. Ellas son sus obreras. Ellas lo ignoraban como quien no entiende ni una palabra de lo que le están diciendo.

El Cerdo vestido de traje color café claro, una camisa blanca y corbata roja con mancuernillas de tocino, observa a los animales mientras se reúnen en su contra. Pero ellas no quieren arrebatarle los medios de producción, es un Buey socialista quién ha organizado a los demás animales proletarios. La única forma de terminar con él era cortándole la cabeza y las piernas. Iba a convencer a las hormigas de que dejaran de trabajar.

Su padre era un Buey y su madre una Gallina, del tipo de historia que solo ocurre entre los dioses griegos. Creció en el seno de una familia creyente, pero se separó de la religión al leer el Manifiesto. Su contraparte por tanto era un Buey de unos 30 años. No tenía amigos dentro del gobierno que lo pudieran asistir para salir de la situación en la que se encontraba. Un hecho insólito para la vida de estas pequeñas, el único propósito que tenían en la vida era trabajar y ahorrar para su vejez.

Llegó al suburbio de las hormigas, una zona marginal, donde no había más que fábricas e industrias. Leyó algunos fragmentos del Capital y terminó con la famosa frase del fantasma que recorría Europa. La cabeza no era el Cerdo per sé, sino la mujer que le hacía compañía, una delgada Gallina que le recordaba a su madre. Su plan se había ido a la basura, no podía hacer nada para convencerlas. En cuanto a la otra mitad de su idea de acabar con la Gallina de los huevos de oro, el Cerdo había triplicado la seguridad de su esposa e infiltró a sus perros guardianes en las filas de los perros del Buey socialista. Todo perecía nuevamente ante sus ojos.

Fotografía por Gina Maragoudaki

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Parecemos nubes que se las lleva el viento, cuando hay huracanes, cuando hay mal de amores...