Cardenales

«Hombre caucásico. 40 años. Soltero.» recitaban los oficiales.

Michael Conroy se había suicidado la mañana de este sábado. Las razones de su muerte aún no estaban claras ya que, de acuerdo con las entrevistas realizadas a sus vecinos y compañeros de trabajo, era un hombre promedio, estable, sin ningún tipo de problema mental; además, gozaba de buena fama, gracias a su educación moral.

En su casa, las cosas lucían tan corrientes que poco creerías que fuesen de un catedrático con una carrera profesional envidiable. Sin embargo, las plantas evidenciaban su descuido, el refrigerador únicamente albergaba un tarro vacío de mermelada y su escritorio pedía a gritos ser remplazado, no solo porque la pata frontal derecha se apoyaba en una calza bastante gruesa, sino porque parecía estar a una taza de café de vencerse.

Un hombre querido y admirado. Lograba tener el respeto de todo aquel que lo llegaba a conocer. Lo consideraban cálido, reservado y enfocado en las cosas relevantes que muchas veces pasan desapercibidas para el resto. Pero ahora, con el cabello rubio desaliñado, la camisa desfajada y los zapatos desacordonados, el poco encanto que le caracterizaba simplemente se esfumó.

Los agentes se dedicaron a buscar arduamente entre los apuntes de sus Moleskine indicios de conflicto, consigo mismo o con alguna amante secreta -casada, tal vez-, pero no hallaron nada. Los diarios no contenían ningún tipo de clave, la computadora no necesitaba contraseña y no existían mensajes extraños en su contestadora. Tenía sus facturas en orden, no se había cruzado con las personas incorrectas y, de acuerdo a su historial médico, estaba tan sano y fuerte como un fresno.

Alguien disparándose a sí mismo no es ninguna novedad, pero hay protocolos y siempre es necesario llenar los datos que se piden para poder archivar el caso en paz.

Fue ahí cuando, entre las mil seiscientas y las dos mil horas, el sol de pronto dejó de brillar y el anfiteatro se oscureció. Las lámparas fluorescentes no brindaban la mejor luz, eso hizo más difícil que el investigador a cargo pudiera observar claramente la tarjeta que hace unas horas se encontraba en la mano izquierda del finado. Manuscrita, con una letra que no correspondía a ninguna de las evidencias y sobre la cual se leía: «En el fondo siempre lo sabes.»

Uno de los asistentes entró a la habitación y evitó a toda costa posar los ojos sobre el cadáver que se encontraba en el centro de la habitación, en la plancha principal. Le ofreció al investigador los resultados que enviaba el departamento forense y este los tomó. No dijo más. Sacó la información del sobre y frunció el ceño. Ambos se miraron. El investigador, sin levantar la mirada, sacó su de su bolsillo una libreta con tapa de cuero y una pluma fuente:

«Bitácora del día: Las muestras dentales del cuerpo hallado en la casa con dirección Av. Cardenales, 732 no pertenecen a Michael Conroy.»

Fotografía por Coastal Driver

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