Canción de invierno

Ella dijo todo esto apenas con el ruido que producen los trastes al chocar en la cocina. Y yo lo supe entonces, que en el fondo tiene razón, que es una selva suspendida cuando en mi cama -cada noche- la encuentro dormida. No quiere enterarse -aunque lo sabe- que soñaré con otro nombre, y que la nostalgia que nos compone es esa suerte de fantasma que los dos encontramos al espejo -en lugar de nuestra cara. Ya se habrá dado cuenta, porque en el centro del estudio he callado escandalosamente, y sé perfectamente que responderá -como responde siempre- con un portazo lleno de sentido, aunque no haya dicho nada. Tal vez sea mejor así. Uno atiende el cómo estás con los hombros encogidos y el bien a secas para evitar la inútil tragedia que de cualquier modo no agotan las palabras. Pero dónde ha de conseguirse la sucia pasión -ulteriormente sublimada- con que otrora el místico -y el enamorado- saciaron su falta, sorbiendo los restos del leproso o asilando al exiliado. En todo caso, atravesar la fantasía: Adiós entonces, feliz retorno al desierto. Y nada, mejor no arruinar el café del mediodía y su perfecta simetría hastiada. Recogeré su mano como si su presencia no revelase -desde el fondo de una herida silenciada- el doloroso tránsito de todo lo que en mi mano no se hallara, y una vez resignada me observará comprensiva, porque es sabido: Me quedaré siempre que también lo haga, y ella no ha de irse, hasta que yo me vaya.

Fotografía por Tania Uranga

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