Canción de invierno

29 enero, 2021

Ella dijo todo esto apenas con el ruido que producen los trastes al chocar en la cocina. Y yo lo supe entonces, que en el fondo tiene razón, que es una selva suspendida cuando en mi cama -cada noche- la encuentro dormida. No quiere enterarse -aunque lo sabe- que soñaré con otro nombre, y que la nostalgia que nos compone es esa suerte de fantasma que los dos encontramos al espejo -en lugar de nuestra cara. Ya se habrá dado cuenta, porque en el centro del estudio he callado escandalosamente, y sé perfectamente que responderá -como responde siempre- con un portazo lleno de sentido, aunque no haya dicho nada. Tal vez sea mejor así. Uno atiende el cómo estás con los hombros encogidos y el bien a secas para evitar la inútil tragedia que de cualquier modo no agotan las palabras. Pero dónde ha de conseguirse la sucia pasión -ulteriormente sublimada- con que otrora el místico -y el enamorado- saciaron su falta, sorbiendo los restos del leproso o asilando al exiliado. En todo caso, atravesar la fantasía: Adiós entonces, feliz retorno al desierto. Y nada, mejor no arruinar el café del mediodía y su perfecta simetría hastiada. Recogeré su mano como si su presencia no revelase -desde el fondo de una herida silenciada- el doloroso tránsito de todo lo que en mi mano no se hallara, y una vez resignada me observará comprensiva, porque es sabido: Me quedaré siempre que también lo haga, y ella no ha de irse, hasta que yo me vaya.

Fotografía por Tania Uranga

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *