Baby

Baby entró en el 1014 de la calle Neptuno, entre Espada y Hospital. Subió los 34 escalones que llevaban del calor de la calle al calor de su casa, entró por la puerta que estaba a su izquierda y fue directo a la sala. Ahí estábamos platicando Yanina, René (un amigo francés de la familia que había llegado esa mañana) y yo. Baby se sentó en el sillón que estaba entre René y yo mientras que nosotros seguíamos platicando. De pronto Baby comenzó a llorar y todos nos quedamos en silencio, verla tan descompuesta era impresionante por la personalidad tan fuerte que siempre había mostrado; hacía falta ver cómo Emilio Sarmiento, quien era su esposo y también era un ex coronel del ejército revolucionario cubano, era doblegado todas las veces que medio intentaba empezar una discusión con ella. Todas las veces que él comenzaba a contar una historia y quería adornarla con algunos datos de más para hacerla interesante, Baby lo interrumpía y le pedía que nos contara la historia tal cual era, él sólo bajaba la mirada y corregía para darle gusto a Baby. Todo el entrenamiento y carácter que había adquirido en el ejército y del que se jactaba; todas las veces que dijo haber convivido con Fidel Castro y aquella única vez que vio y trabajó al lado del Che Guevara en Olguín, se volvían insignificantes ante la presencia y el carácter de Baby. Ella lloraba por la avanzada y desconocida enfermedad de su hermano, a quien habían llevado del hospital a su departamento un par de días atrás y estaba acostado en un pequeño y sucio colchón en la parte de arriba del departamento. “La vida es así, la vida es una basura, por eso yo les digo que coman y viajen cuanto puedan, porque la vida es una basura y más en este lugar”, dijo Baby en medio de nuestro silencio. Todos continuamos callados. Minutos después Yanina y yo salimos a caminar al malecón; llegamos hasta el final y nos sentamos en la orilla con los pies colgados hacia el Mar Caribe, era de noche y no hablamos durante mucho tiempo, sólo veíamos la noche, algunos reflejos de las olas que golpeaban las enormes rocas del malecón y las estrellas que en la Habana llegan a verse por cientos aún. Por primera vez, ante ese silencio yo no le pregunté a Yanina qué estaba pensando ni ella me lo preguntó a mí como tantas otras veces lo habíamos hecho, sólo nos dedicamos a observar lo que teníamos frente a nosotros.  A veces pienso en Baby. La recuerdo con su pelo rojo y chino, siempre amarrado. A veces pienso en Baby con algún vestido largo y sandalias. La recuerdo diciéndome que ella prefería esa vida a una llena de lujos, diciéndome que el dinero corrompe a la gente y la hace cambiar. A veces pienso en Baby y me pregunto si alguna vez ella piensa en mí.

Fotografía por Lorella Furleo Semeraro

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