Antes del mediodía

Para Alenka

Nos despertamos a las 10 de la mañana y no salimos de la cama. Yo abrí los ojos primero y 5 minutos después ella me dio los buenos días. No nos veíamos a diario, sólo los fines de semana, por eso el tiempo -y ser conscientes de él- era crucial para ambos.

Le pregunté si había soñado algo y me dijo que había sido como siempre: solo chispazos de situaciones inconexas e irreales.

Solo una vez pudo recordar por completo un sueño: estaba en una fiesta donde todas las personas tenían antifaz. Como la última película de Kubrick, dijo. Y detalló que la fiesta era en una isla, al lado del mar. Entonces, mientras ella se servía un trago de una botella color purpura, una tipa se comenzó a incendiar, pero se mantuvo como si nada, disfrutando de la fiesta mientras su carne se iba consumiendo. El fuego se propagó por el resto de los presentes, aunque a ella no le hizo nada; tampoco le dio miedo, pero justo cuando estaba por tocar a una de las personas en llamas para saber porque no sentían dolor, despertó.

La mañana que me contó ese sueño no lo tachó de pesadilla, solo le pareció raro y por varios días lo sintió como un mensaje. Yo le dije que esperaba fuera profético en el sentido de ir pronto a la playa.

Pero esa mañana no recordó nada. Después de sus buenos días, nos quedamos en silencio un par de minutos hasta que me preguntó sobre lo que le había dicho la noche anterior de vivir juntos, si su hurón y mis gatos estaban incluidos en el plan.

Le respondí que era lo que más quería, pues estaba harto de la fugacidad de amanecer juntos 2 o 3 veces a la semana y el resto de los días abrir los ojos extrañando su aroma. También le dije que después de haber probado sus crepas las mañanas sin ellas eran vacías.

Se rio, me dijo: “tonto” y luego me dijo que me amaba. Le contesté que yo también. Y me increpó: “¿También qué?” “También te amo”, detallé. “¿Qué amor?”, preguntó. Le respondí que en ese momento, estando entre las cobijas, ese amor de no querer salir al exterior si no era con ella, porque aunque por nuestra cuenta habíamos enfrentado al mundo fervientemente, juntos las imposibilidades siempre se esfumaban.

Me preguntó si eso lo había sacado de algún libro y le dije que no. Entonces acercó su boca a la mía y nos besamos -y todo lo que viene después de un gran beso- hasta que nos alcanzó el mediodía.

Luego de tender la cama, se asomó por la ventana y dijo que el clima estaba increíble para salir a caminar. Sugerí un lugar con mucho pasto. Asintió y agarró su celular para poner el soundtrack de Fallen Angels. Yo me puse a recoger las botellas del vino del piso. De súbdito soltó: “Todo esto es amor”.

Fotografía por Abel Ibáñez G.

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