Antártida

Llegó el día donde entendí tus prioridades y yo no era una de ellas, no habría algo de que preocuparse, no habria ni argüende ni pleito, porque suplicar tu amor nunca ha estado entre mis planes. Sin embargo el cristal que tengo en el pecho por corazón, implosionó, logre recoger los pedazos más grandes pero se me clavaron esquirlas en músculos que no conocía, que no sabía que podían doler.
Se me hizo un agujero negro en el tórax, de esos que sólo dejan respirar con dificultad. Sin darme cuenta succionó todo rastro de querer. Sé que tampoco lo evité.
Con el tiempo nos volvimos témpanos de hielo y eso que era un charco ahora se volvió un océano de distancia.
La Antártida y nosotros podrían ser la misma mierda, así como cuando se quiebran los iceberg, comenzó con el tamaño de un frijol, pero ahora tiene 112 kilómetros de distancia y 530 metros de profundidad. ¿Será muy tarde para recordarte que todo se quemaba entre nosotros? ¿Será muy tarde para decirte que el frío también calcina y nos hiere la piel?
Me acuerdo cuando Andrés Archundia y Marta Carnicero nos veían juntos y decían «caramba, esos muchachos si se quieren», así como la canción de Diomedes. Nos reíamos tan fuerte que omitimos el silencio de nuestras almas. Ahora veo atrás y es imposible que no me mate la melancolía. Que rara forma de terminar ¿No?

Fotografía por Lorella Furleo Semeraro

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