Anécdota

19 septiembre, 2019

Voy en el transporte público. Como todas las tardes después de la escuela. El cielo se torna ya oscuro y las luces delanteras de los automóviles ya reflejan, con sinuosa pesadez, su color a través de los cristales, en los que atisbo el inexpugnable morir del día. Dentro del vagón, apenas con los ojos nerviosos que llevo, veo a un adolescente dormido. Comprendo su dolor y su lucha al compartir la misma postura fatigada. Lleva él un libro en sus manos, a punto de caerse al vacío. Al igual que una pluma danzando en el borde del bolsillo de una camisa de cuadros negros y rojos. A su lado, otro muchacho, con pinta de que ha bebido alcohol por vez primera. Mira con una levedad en su cuerpo, con la cual ahonda en reflexionar sí lo que ha hecho pudiera haberse visto mal. Es inestable. Tensiona sus piernas en un vaivén constante. Ha perdido él su rumbo. Parece que piensa en voz alta sí sus padres, al llegar a casa, le esperarán con los brazos abiertos, sí le reclamarán a la mañana siguiente o si consentirán el dolor que carga ahora su espalda, corazón y mente.

Tal vez no recuerde ni eso que medita. Llora en silencio. Sus lágrimas cálidas caen en el piso polvoriento con suma desdicha. Se agacha eventualmente, escondiendo su rostro insípido entre el brazo que le tapa y la mochila sobre la que posa su cabeza mareada. Algún amor habrá dejado ir con esa nostalgia que idealiza el pasado. Tan horrible sentir rebosando sus huesos y fibras. Se preguntará, cada que suena en su cavilar una melodía triste, si la crueldad de ese sincretismo que él siente podrá ser calmado por un sueño consistente. Como si reclamase al destino, advierte que sólo un vaso de vodka con jugo de arándano aliviara sus molestias. Entonces grita al unísono, causando eco de ideas que revolotean sus neuronas, insatisfecho:

—Amor, ¿qué hice mal para merecerme yo esto?

En el transporte público hay otros hombres, cuyas miradas se dirigen ocasionalmente al muchacho triste. Uno está a un costado del vagón, llamando a su amada, mientras el otro navega en su teléfono celular en tanto escapa de ese mundo real que hace ya rato no le inspira demasiado. Ambos hombres se han etiquetado de románticos, al cargar en sus manos un ramo de flores. No han visto que un sedán anaranjado se ha estrellado con un camión de carga que transportaba pan, ni han percibido que el esquema gráfico de la línea de metro corresponde a una época anterior a la nuestra. Somos apenas dieciséis personas dentro del vagón insonoro, entre la oscuridad del túnel anunciándose a la distancia.

Una señora de tez morena avisa a su amiga el último chisme de la farándula: un famoso actor ha vuelto con su ex esposa, bajo el cliché de que las personas sí cambian cuando merece la pena. No cesaron ellas en conversar en torno al amor de las grandes cúpulas sociales, que no eran más que exteriorizaciones de la vida diaria en las estaciones subterráneas. Las puertas se abren. Cierran. La mujer de al lado mío guarda en su bolso de noche una tarjeta de crédito a nombre de su marido y un cuento para niños que compró a un vendedor ambulante. Es una copia de Hansel y Gretel, con ilustraciones, cuyo contenido, por la sorpresa de su mirada, resulta conmoverla plenamente.

Vuelvo yo al muchacho triste. Se ha levantado ya de su asiento, cediéndoselo al recuerdo de él hacía unos días, en esos días donde aún sentado sentía el viento tocar sus oídos y decirle lo tanto que ella lo amó a él. Se la ha pasado mirando su aspecto demacrado en el reflejo de la puerta, mientras la sombra y la luz juegan con su interpretar, creando fantasmas de una pareja corriendo en el túnel. Han pasado algunas estaciones. Apenas he caído en cuenta que me he pasado de mi destino y que el destino habría bautizado mi camino con un giro repentino.

—La vida es hostil, empiezo a creer —dijo el muchacho.

—Los días se vuelven cada vez más complicados —mencionó otra voz—. Más cortos.

—Es complicado.

—Dichoso usted, jovenzuelo, que sufre por amor.

Habían bajado algunos hombres y mujeres, quienes, como yo, observaban el reloj antes de aseverar que llevan prisa. Habían entrado otros muchos, conminando el ambiente febril de la ciudad en que vivo. Paso de largo a esos oficinistas con sus trajes de sastre, sus zapatos de charol y sus pláticas nunca interesantes. Que daría yo por ver a un niño dentro con su juguetito de madera o algún que otro adolescente enviando mensajes en estricto apego de disfrutar la compañía de alguien.

—¿Cuándo fue la última vez que lloró por amor? —digo yo a la mujer guapa del asiento contiguo.

Tiene ella un carácter cuyo valor les impide a los hombres cobardes acercarse. Casi como si una aurora elegante la protegiera de las hostilidades mundanas. Proteger es una palabra extraña, pienso, al mismo tiempo que entreveo a un joven enamorado, al otro extremo del vagón, acorazando a su amiga con brazos y piernas, evitando que a ella le molesten los empujes de la gente en su estado más puro.

—Era todavía una niña, recuerdo —expresó aquella dama, mirando a su vez el teléfono celular. De pronto con un extraño gesto de desaprobación.

Fingió entonces ella leer una nota en la red al tiempo en que contesta mensajes supuestamente relevantes. Llevaba consigo una mirada linda y una sonrisa casual, vacilante.

—¿No extraña sentirse así?

—¿Así?

—Enamorada. Pasional. Sensible —dije.

—Ah. No.

Había voces por todos lados. Impedían pensar lucidamente. Cogí mi mochila con mi mano derecha, agobiado ya del trajín de la noche. De tan sólo pensar que debía, todavía, caminar por veinte minutos para llegar a casa, olvidé desear un buen trayecto a la mujer en el metro y consolar al muchacho taciturno, quien recordaba ávidamente bellos momentos. Volví a mirar al contexto triste, como hacían casi todos. Mi pensar bosquejó un cuento de amor. No sobraban los besos y las traiciones en aquella historia, tampoco las líneas dramáticas.

Voy caminando entre calles desiertas. Como todas las noches después de la escuela. Aunque ciertamente las estrellas me acompañan, también la brisa fresca alborota mis cabellos crispados, haciéndome creer que alguien los toca. La oscuridad, propia de las sombras de casas, aturde mi visión de estudiante, y los sonidos de la cotidianidad acosan el paisaje con sus vibraciones fútiles. Antes de cruzar la avenida, he visto mi reflejo en un aparador de revistas viejas, mismo que se ha detenido a secar sus lágrimas y mirar la mugre en las amarillentas guarniciones. He suspirado, por tanto, al atisbar el reflejo de un muchacho triste, quien, entre parpadeo y parpadeo, dice que la vida es hostil, no en el sentido de que él haya roto, con dolo, su identidad pasajera, sino por mirar en las otras personas su negación a amar ojos ajenos, toda vez que permanecen cerrados. ¿Será más bien que el dolor que cargaba aquel muchacho era, pues, un velo en sus parpados, impidiéndole ver el mundo de todos nosotros? Como fuere, que dicha la suya, que sufre, visceralmente, por amor. Como muy pocos.

Fotografía por Patrick Liebach

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