Al atardecer

El sol comenzó a esconderse tras las montañas. Eran los últimos rayos del día y el cielo sufría la transformación mágica del anochecer: a un lado rosas, naranjas y violetas en tonos intensos coloreando las nubes, al otro un azul marino dejaba entrever una luna en cuarto creciente. Desde la ventana de la cocina alcanzaba a ver el punto exacto donde se difuminaban todos estos colores, además del verde cada vez más oscuro, de los árboles de la ladera de la montaña. Corté los tomates y los rábanos y los añadí al bol de ensalada. Suspiré con resignación, llevaba semanas sin intercambiar una palabra con otro ser humano, tan solo los árboles y algún pájaro escuchaban mis ideas y reflexiones. Preparé la mesa y en un arrebato de extravagancia, coloqué un plato, un vaso y un cubierto de más. Una tontería por mi parte pues no esperaba visita alguna. Me senté en mi sitio habitual y serví en silencio la ensalada en ambos platos. Afuera solo se escuchaban los cantos de los grillos. Sentí el exceso de soledad llegar a su punto de ebullición y en algún momento durante la ingesta comencé a charlar en voz alta a mi acompañante inexistente.
– Se ha quedado buena noche.
Silencio.
– Creo que a la ensalada le falta sal, ¿te acerco el salero?
Silencio. Mi enajenación fue en aumento.
– No. Aún no he podido retomar la novela, no encuentro inspiración.
Más silencio. Tan solo rasgado por el canto intermitente de los grillos.
– Sería más fácil si pudiera debatir ciertas ideas con alguien. Quizá podría continuar si alguien revisase los textos.
Como era de esperar, nadie contestó.
Continué comiendo con desgana y sin levantar la vista del plato. Al terminar, recogí la mesa y cuál fue mi sorpresa cuando tas de mí escuché una voz grave.
– ¿Qué esperabas, Daniel, al venir a una cabaña en medio de la absoluta nada?
Me di la vuelta boqueando como pez fuera del agua en busca de oxígeno y el plato se resbaló de mis manos produciendo un estallido que silenció hasta el canto de los grillos.
– ¿Ch-ch-ch-Charlie Kaufman? ¿C-co-cómo…?
El hombre soltó una carcajada sonora y jovial y se acercó tendiéndome una mano a modo de saludo.
– El mismo. Un placer. Lamento haberte asustado.
Seguí sin moverme de mi sitio. La cabeza me daba vueltas y sentí como las rodillas me fallaban. Tuve que agarrarme al borde del fregadero y hacer un esfuerzo sobrehumano por no desplomarme. Sentí el sudor frío resbalar por la nuca y por la sien.
Con movimientos rápidos me acercó una de las sillas, yo todavía seguía sin poder articular palabra.
– Parece que te has quedado sin habla. Siéntate, vamos. ¿Quieres un poco de agua?
Asentí con la cabeza mientras alcanzaba a sentarme en la silla. Tomé el vaso de agua de un solo trago y cerré los ojos.
– Estoy alucinando – alcancé a titubear aún con los ojos cerrados – Esto es solo un juego, una ilusión de mi cerebro. En realidad no estás aquí.
Kaufman volvió a reír. Abrí los ojos y vi cómo se dirigía a la radio antigua situada al otro lado de la cocina. Intentó sintonizarla.
– No tengo mucho tiempo – dijo – Lamentablemente nuestro encuentro será breve. ¿Cómo va tu novela?
Continuó buscando una emisora, la radio crujía con los cambios, normalmente no sintonizaba y cuando lo hacía no era por mucho tiempo. Consiguió dar con una estación de radio y de los altavoces brotó la música: And here’s to you Mrs. Robinson, Jesus loves you more than you will know
– Ah, buenos recuerdos del 1968. Imagino que la conoces.
Escuché un zumbido fuerte a mi espalda, giré la cabeza y alcancé a ver un dron espiándonos por la ventana. Cuando volví la vista a la cocina, completamente desorientado y confundido, Kaufman había desaparecido. La radio seguía sonando.
(…) Heaven holds a place for those who pray, hey, hey, hey.

Fotografía por Fernando Sarano

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