Me siento vieja,
con los años me voy haciendo
de letras en papel
y memorias inlavables.
Ciento por ciento flamables.
Yo,
como los de la vieja guardia,
estoy condenada a amarte
por el resto de tus días,
y a escribirte
el resto de los míos.
Te miro,
y descubro el por qué
de mi vejez.
Recuerdo los reproches
que surcaron mi alma,
los “no” y los “tampoco”.
Pero eres tú
mi meta.
Es a ti
hacia donde
siempre
querré
correr.
Me siento enferma,
mis malestares se interpretan
como enturbiamiento crónico,
y apendejamiento creciente.
Totalmente voluntario.
Yo,
como Piñon, Castellanos, Pizarnik,
-o cualquier otra-
estoy condenada a amar
por lo que queda de mis días,
y que sea por ti
si perezco.
Este poema es una señal de humo,
un epitafio,
cualquier verso de amor
que duele.
Ven,
que podría
morir
sin volver
a verte.
Fotografía por Denis Ryabov
Ciudad de México, 1994. Ha sido reportera de temas políticos, sociales y anticorrupción en El Universal y en La Silla Rota. Estudia lingüística en la UNAM. Escribe, escribe y escribe.