A todos nos pasa alguna vez

Te conocí un día de abril, un viernes 27, pero nos habíamos visto desde antes, a lo lejos. Yo te miré con el cabello radiante, tenis gigantes, en un pantalón flojo y una playera tres tallas más grande. Iba flotando en las nubes y como ya sabes, soy de películas y poesía, entonces volteaste y el mundo se puso en pausa, nuestras miradas se cruzaron provocando fuegos artificiales. Todo se detuvo, el tiempo se detuvo y quedamos hipnotizados en tan sólo un segundo con todo y la distancia entre nuestras miradas. Seguimos nuestros pasos de lejos y yo sólo podía pensar que a ti te gustarían otro tipo de chicas. Te hablaron de mí, me hablaron de ti. Nos cruzamos otras cuantas veces y de pronto, un día, sucedió. La sonrisa surgió, se formó la sonrisa entre mis labios y mis ojos buscaban a profundidad hallar la magia en tu mirada. Quizá desde antes ya había empezado todo, pero aquél había sido un cierto tipo de principio. Me culpo, pero me nació. Simplemente me nació. Subiste unas escaleras y entre un extraño laberinto pude ver tu ritmo peculiar al caminar, ese andar tan tuyo, tan propio de ti que me encantaba mirar, tu espalda derechita y esos hombritos dignos de admirar, creo que en realidad no supiste muy bien cómo reaccionar. Al cabo de unos días, sobre el pasillo del encanto en que nos encontramos, escuché tu voz nerviosa, tímida, mágica. Imposible borrar de mi mente la pregunta que ineludiblemente nos cambió la brújula: «¿Alguien te acompaña?»

El último viernes de abril.

Cada día después de aquél esperabas largo tiempo para verme, te hacía compañía con mi mente hasta volver a verte, día tras día te hacías presente y después sucedió lo que acontece con todas las historias que se convierten en historia. Pláticas interminables, intercambio de celulares, eternas caminatas entre nubes y mil conversaciones.

«Me conociste en un momento extraño de mi vida», qué bella coincidencia tu magia convirtiéndose en mi almohada. Alojaste mis días tristes en tus brazos y me impulsaste a salir de un lugar donde no cabía mi magia. Me animaste, me alegraste, ya no me soltaste. Por primera vez intentaste besarme, me acorralaste en una barda y entonces miré de cerca el Universo tan bonito que existía en tus ojitos, en ese momento supe que estaba en peligro, me hundí en la profundidad de tus pupilas y en las estrellas que brotaban de las mismas, me resistí a tus labios y sólo te di un dulce abrazo. Te acercaste por segunda vez a mí, me contaste un cuento en medio de todo, en medio de la nada, te abracé al despedirnos y nuevamente sentí el peligro recorrer las venas de mis brazos.

Y los días continuaron, continuaron, te alejaste una semana, justo una semana. Te extrañé, extrañé las pláticas y tu compañía. Te pensaba, miraba si me encontraba con tu presencia y mil veces me acorralaron las ganas de volver a verte. Me resistí, pero tú no y regresaste a mí, con más fuerza, mucha fuerza. Chocolates, detalles y más chocolates. Me volviste a esperar cada día, por horas y más horas; más pláticas, más amigos y cada día tu bella compañía. Hasta que un día sucedió. El beso sucedió. Con mi mejilla sobre ti, te acercaste, te acercaste hasta confluir en mí. Y otra vez el tiempo se detuvo, el mundo se detuvo, nos transportamos a otra dimensión y mientras te besaba todo mi infinito revolucionaba. Y te quedaste. Te mostré cómo cambiaban mis días tristes a días más felices, te mostré mis gustos, mis ganas, te mostré mi camino, mis sueños, mi casa, te mostré a mi familia, te mostré todo lo que yo tenía. Te enseñé a jalarme el cabello mientras tus besos decoraban el momento. Te enseñé a tomar mi cintura mientras mis brazos se enredaban detrás de tu espalda. Te permití alterar el tiempo, transformarme y elevarme. Te permití desconectarme del entorno, mientras te dejaba esconder entre mis días con todo y tus mentiras.

Me diste el cielo y yo te di todo. Me transformaste la vida, me hiciste querer cosas que nunca había querido, hacer cosas que nunca había creído. Nos fuimos, viajamos, nos besamos, nos tuvimos. Festejamos, bailamos, te mostré mis películas, me dedicaste canciones. Me inspiraste poesías, te convertiste en la fuente de mis alegrías y yo en el origen de tus sonrisas. Te amé, me amaste, me tuviste, te tuve. No me soltaste, no te solté. Vencí una guerra en mi cabeza para mantenerme junto a ti. Luché, luchaste/seguí, seguí, seguí. Pero la gravedad llegó. Se quedó. Se instaló. Te congelaste. Dejaste de palpitar. Me soltaste. Mis abrazos dejaron de entibiarte, mis besos ya no te convertían en fuego y nuestras miradas se perdieron. Te congelaste. Me congelaste. Me invalidaste. Me soltaste. Nos alcanzó la gravedad y aunque nos acercamos al sol, ya no es suficiente el calor. Te convertiste en mis ganas, en mis fragmentos y en la melodía de cada día. Siempre fuiste tú, siempre tú. Pero me cansé de regalarte galaxias y toda mi magia, de mostrarte mi valía, de querer que me vieras como me veías.

Ahora nos toca aceptar que no es nuestro tiempo, no es nuestro momento/estamos a destiempo. Yo que tanto te quise, como nunca, como a nadie. Perdonar/dejar/sobrellevar no es nuestro arte. A veces, el Universo ya no es suficiente cuando uno ya no quiere. No es nuestro tiempo, no es nuestro momento, estamos a destiempo porque de estar a tiempo todo fluiría, florecería, todo sanaría.

Jugaste con las manecillas del tiempo, las brincaste en lado opuesto para convertirte en el amor de mi vida y de mis días, pero ahora, mi vida, la mejor poesía es que tú sigas con tu vida y yo con la mía.

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3 comentarios

  1. Avatar

    Ahí te encontré un héroe de otoño
    Un sañador entre los locos.
    Un paso detras del otro,
    Encuentras el sitio hermoso.
    No he olvidado tus instantes.
    Saltar al vacío parece tu estilo.
    Las olas del mar te muestran el rumbo.

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