A propósito de un croissant

1.

Como vegana una de las cosas que más extraño pero he decidido dejar de comer es el pain au chocolat y los croissants hechos con mucha y buena mantequilla. No me mal interpreten, no soy una de esos “veganos” que solo come plantas por salud o por el medio ambiente y no toma en cuenta el sufrimiento ni el holocausto animal. Sé que la mantequilla, como la leche, es de los productos más terroríficos y crueles que hay en este momento de la humanidad debido a su forma de producción inhumana que inflige excesivo e innecesario sufrimiento a millones de animales cada día. 

Pero los croissants…

Muy de vez en cuando me doy el lujo de comerme uno de estos panes crueles y vanidosos: cuando hay opciones veganas como en Le pain quotidien en el aeropuerto o en Ciudad de México, o cuando la vida es tan cruel que un croissant repleto de mantequilla (o sea crueldad y sufrimiento) se convierte en un gesto reconfortante. 

Hoy fue uno de esos días. Me levanté junto a un hombre que me negó públicamente, rechazando bailar conmigo y comportándose distante durante nuestra primera salida pública en pareja. No sólo eso, también era la última noche que pasaríamos juntos en la misma ciudad, la última noche antes de que él se mudara. 

Hablamos, sí. No fue su intención, sí. Cogimos, sí. ¿Pan? Sí. 

Nos dispusimos a cambiarnos, me prestó un pants para no tener que ponerme el mismo vestido y tacones de la noche anterior y nos subimos al carro. Yo no sentía nada. Ni frío ni tristeza ni las piedras bajo mis pies descalzos ni el sol en mi cara ni su mano en mi pierna.

Dos chai: leche de soya y leche de avena. Y el pain au chocolat.  

Nos despedimos al terminar nuestros tés y respectivos panes. Él pidió una galette de manzana y se fue a Aguascalientes; yo me quedé en Tijuana y sentí las capas vanidosas de la masa perfecta y esponjosa, el sabor egoísta de la mantequilla, el crujiente exterior y el chocolate por dentro. 

2.

Mi relación con los croissants es muy problemática. Son símbolo de rechazo y despedida, de hambre y muerte. Y no sólo por el sufrimiento animal implicado en la elaboración de tan vanidoso, egoísta e indulgente pan, sino también porque ha sido causa de un episodio desafortunado en mi juventud.

A mis 23 fui a visitar a mi padre a París. Todo el viaje sentí desatenciones, tensiones, y hambre. Un día, mareada mientras esperábamos el metro, le pregunté si me podía comprar un croissant. Yo tenía dinero, yo podía comprarlo pero quería y necesitaba que él me lo diera.

Me dijo que no y todo se tornó negro. Lo siguiente que recuerdo es a su esposa, a mi hermana y a una señora desconocida jalándome de las axilas para subirme de nuevo al pasillo. Me lancé a las vías del tren. Nunca volvimos a hablar del tema. Los croissants son mi pan favorito.